Octubre, el camino más corto al silencio

Por: Carlos Martínez Loza

El otoño apresura sus pasos en las orillas de las nubes derramando destellos de luz apagada. La crónica del reloj no debe anotar más de las cuatro de la tarde con cuarenta minutos; la noche platónica, que anuncia su llegada con varia anticipación desde los altos cielos, nos asegura como una novia nupcial cuentos de soledad poblados de pianos errantes y grises, reinos, castillos, mares y decorativos campos de hortaliza.


Andando el tiempo, en el párrafo en donde no se sabe si la tarde es noche o la noche es tarde, algunas gotas de lluvia caen jubilosas para morir heroicamente contra el violento suelo, esa micro explosión con reminiscencias al principio del universo exhala aromas y perfumes que nos devuelven a la infancia o a la vejez. Eucarísticamente contemplo las avenidas y calles, los escaparates de las tiendas tímidamente comienzan a anunciar la proximidad de la navidad y el fin del año, una madre toma a un niño de la mano mientras corren por la húmeda acera y se escucha decir al infante: ¿Volveremos mañana, mamá? El frenético paso los difumina en medio de la oscuridad colorida de frutas y esferas de oro.


Quiero pensar como filósofo antiguo, pero me engaño en la verdad. Finjo habilidad en la melancolía, pero es la melancolía la que es siniestramente hábil en mi. Octubre se me aparece en una palabra, en el deshoje de una lavanda, en el olor del café matinal, en la forma de un pensamiento, en el acorde de tal o cual música que ornamenta mi espíritu, silenciosamente.