Opinión


Por: José I. Delgado Bahena

Retratar la vida

Sector 7


Fecha Publicacion:  sábado, 14 de mayo de 2022 - 02:40:00 -- Fecha Actualizacion sábado, 14 de mayo de 2022 - 02:53:11

Cuando en alguna de mis presentaciones como escritor, alguien me pregunta sobre el proceso de escritura que utilizo y sobre el propósito que persigo, al escribir, mis respuestas son, además de sinceras, propias y sencillas, directas. Respondo: el primer paso que doy para escribir, es la observación; en cuanto a mi propósito, digo que, desde mi perspectiva, intento retratar la vida.

Es que, mire: el ser humano es sociable por naturaleza; entonces, cuando las oportunidades de socializar escasean, las necesidades comunicativas aumentan. Todos deseamos estar en contacto con alguien, incluso con nosotros mismos. Quienes escribimos plasmamos en el papel nuestras inquietudes, nuestras angustias, temores y alegrías; pero siempre con la finalidad de contarle a alguien sobre nuestra visión del mundo y de la vida. Es decir: escribimos por necesidad.

Reitero que mis respuestas son personales, y si hablo en plural es porque me considero inmerso en un grupo social con quienes me interrelaciono y comparto lo que escribo; mas no espero que piensen como yo; si hay coincidencias y, de pronto, quien me lee, se siente como ante un espejo, es por las similitudes de pensamiento y de esa misma visión del mundo que se tiene.

Escribo poesía desde la adolescencia, y mi interés ha sido el desahogar mis emociones, registrar mis estados de ánimo, que mi sitúan en condiciones de desequilibrio interno, y compartir mis sentimientos con la esperanza de encontrar empatía en los demás, y/o reencontrarme conmigo mismo en los momentos en que me siento perdido en el vacío de las abstracciones.

La palabra escrita, o la palabra, en general, me ha servido para sobrevivir en la desolación de mis pensamientos y en la penuria de mi alma cuando mi corazón se niega, descaradamente, a resistir los embates de la vida.

Escribo cuentos para refugiarme en la inventiva, en el ensueño, en la imaginación, en la vida fantasiosa que mis personajes construyen con las pocas, o muchas, oportunidades que mi mente les regala.

Me es más complicado escribir cuentos, sin duda. Tal vez por la brevedad del texto, quizá porque hay veces en que mis personajes toman decisiones imprevistas en el planteamiento que les hago para desarrollar la historia; entonces, tengo que modificar el argumento para cumplirles sus “caprichos” que se crean al dar sus primeros pasos. Pero me digo que está bien. Todo fluye en mi mente y son producto de mi visión del cuento, les “autorizo” pequeños deslices porque, al fin de cuentas, representan a seres humanos, y para nadie es un secreto de que los humanos cometemos errores y somos imperfectos.

Escribo novelas porque me permite involucrar varios temas; aunque, por supuesto, elijo uno como el eje central al empezar a escribir. Pero también porque incorporo a diferentes seres humanos con su propia personalidad, con sus intereses y necesidades, sus aficiones, sus desastres emocionales y sus triunfos; pero, sobre todo, escribo novelas porque me permiten retratar la vida tal cual, con sus llagas, sus sobresaltos, sus luces y sus tinieblas. Pero confieso que, además, escribir novelas, me permite ofrecer un rayo de esperanza en la búsqueda de la sobrevivencia del amor.

He escrito algunas obras de teatro; porque estudié teatro, y en mi trabajo, como maestro de secundaria, montamos algunas obras con los alumnos; además de que me fascina asistir a representaciones teatrales y creerles a los actores la escenificación que hacen de la vida.

Pero pienso que cumplo más con mi objetivo de RETRATAR LA VIDA al escribir el Manual para Perversos. Definitivamente, las historias, a las que les he denominado: “Textos perversos para canallas tristes”, cumplen mejor su cometido. No hay ficción sin realidad, no hay personajes inventados; todo está ahí: en la vida. Por eso dije, al principio, que el primer paso que doy es LA OBSERVACIÓN. Efectivamente: voy por la vida mirando fijamente a las personas, las cosas y los acontecimientos; todos me aportan elementos para escribir y, aunque no hago anotaciones, seguramente mi mente registra lo que mis ojos ven y mis oídos oyen, y lo guardan. Tal vez por eso, con frecuencia me hago la pregunta que una vez mi madre me hiciera, al terminar de leer mi novela “Cuacuana”: ¿Cómo se te ocurre todo esto?

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