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Por: José I. Delgado Bahena

En su propio surco

Sector 7


Fecha Publicacion:  sábado, 1 de agosto de 2020 - 02:33:00 -- Fecha Actualizacion viernes, 31 de julio de 2020 - 22:43:15

Lo conocí hace aproximadamente siete años, en una presentación que hizo de uno de sus libros en el Museo de la Bandera, en Iguala, y jamás me imaginé que llegaríamos a ser amigos.

Estoy hablando del autor del libro “Un mexicano más” que ha sido editado en casi cien ocasiones, sin tomar en cuenta la piratería, y ha sido llevado a la pantalla grande: Juan Sánchez Andraka.

Él es originario de Chilapa, Gro., pero podríamos ubicarlo como vecino de cualquier lugar del estado de Guerrero, donde ha vivido y ha aprendido lo que le ha nutrido para sus libros.

Antes de conocerlo, supe de su talento por medio de “Un mexicano más”, ya que, como maestro de español en educación secundaria, en el Estado de México, les pedía a mis alumnos que lo adquirieran, lo leyeran y participaran en un debate que organizábamos en clase, como parte de los objetivos del programa de estudios.

En las páginas de “Un mexicano más” encontramos la rebeldía de un joven adolescente que muestra su postura hacia los vicios de la sociedad en la que se desenvuelve; la religión, la educación, la convivencia familiar, los valores, son temas que le importan a Juan; y los muestra desnudos para que los lectores normen sus criterios y hagan sus juicios sobre lo que está bien, y lo que está mal.

Pero dije, al principio, que jamás imaginé que nos haríamos amigos. Sí, porque un autor se hace tu amigo cuando sientes empatía por lo que dice y por cómo lo dice; así, he sentido afecto por grandes autores, por alguna o varias de sus obras. Sentí amistad por José Saramago cuando leí “Ensayo sobre la ceguera”; de igual manera, por García Márquez al leer “Cien años de soledad” y “El amor en los tiempos del cólera”; me hice amigo de Neruda, de Benedetti, de Alfonsina Storni, e Bécquer y de muchos otros poetas que sentí que me entendían, porque hablaban de lo que quería oír o decir. Entonces, cómo no sentir afecto por Juan Sánchez Andraka, quien protestaba por lo que yo quería protestar; pero, además, porque, a través de sus letras, reconocí al ser humano preocupado por tener una mejor sociedad.

Por eso, cuando conocí a Juan y vi a un hombre bajo de estatura, físicamente un tanto disminuido, pero con una gran sonrisa que le da fortaleza para todo, acepté que la grandeza del hombre está en sus hechos, en su talento, en sus acciones en beneficio de los demás. Definitivamente, Juan, tiene todo esto. Desde que me presenté con él me tendió la mano, me dio consejos y me ofreció sus apoyo para promover mi obra a nivel nacional. Luego, cuando leyó “Cuacuana” y “La noche de las cabras”, me regaló unas palabras que tienen que ver con el reconocimiento, la admiración y respeto por mis obras y por el oficio al que ambos nos dedicamos.

De sus libros he leído la mayor parte. Ha publicado, entre otros: Un mexicano más, Los domados, Debe amanecer, A pesar de todo, Allá en el río, Ahora que me acuerdo, A la sombra del mezcal, y el que le da título a este texto: “En mi propio surco”. De todos los que he leído, recuerdo con cariño “Un mexicano más” y me siento impactado con el más reciente: En mi propio surco. Bueno, lo publicó en 2016, lo adquirí un año después, y recién terminé de leerlo.

En este libro nos cuenta su vida. Desde que su padre lo llevó al seminario, para que se hiciera sacerdote, donde conoció al contador Rafael Domínguez Rueda, y vive, con él, grandes experiencias, siendo adolescentes, con el teatro.

Además de ser la vida “novelada y no velada” de Juan, es un excelente documento que registra los cambios que ha tenido nuestro estado de Guerrero, sus luchas, sus transformaciones ideológicas, políticas y sociales que han servido de sustento para la conformación de la sociedad actual.

Leer, y escuchar de viva voz de parte Juan, en las incontables pláticas que tenemos por teléfono, sus narraciones, sus vivencias, sus frustraciones y experiencias que le fueron forjando para dedicarse a esto de ser escritor, que lo apasiona y le da vitalidad interminable, es como tener en su voz, en sus gestos, en su mirada, un espejo en el que vemos reflejada nuestra vida misma.


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