Opinión


Por: Rafael Domínguez Rueda

-Política y politiquería

Revista de la Semana


Fecha Publicacion:  miércoles, 19 de enero de 2022 - 02:15:00 -- Fecha Actualizacion miércoles, 19 de enero de 2022 - 02:16:51

Hace ocho días adelanté que, en esta ocasión, hablaría en un tono filosófico. Y dirán ustedes ¿por qué en ese tono? Porque no es fácil hablar de religión y de política, ya que casi siempre termina uno confrontado. Para evitar eso, acudo a este sistema, ya que la función de la filosofía es aclararnos sobre lo que es el mundo en su integridad y el hombre en su integridad vital; en otras palabras, su función es pedagógica, tiene la tarea de orientar a los hombres con argumentos, con evidencias, con la verdad.

Cuando yo estudié filosofía a mediados del siglo pasado me formé el concepto de que la política “es el bien de la comunidad y éste es superior al bien del individuo”, es decir, es una actividad orientada al bien común.

Para lograr sus objetivos, tiene que estar inspirada en principios, normas e ideales sólidos. La aspiración de la política es ser universal, no sólo en el sentido de tener fundamentos que valgan para todos los seres humanos, sino también en otro sentido más reducido -más no por eso menos sublime-, de valer para todos por igual, dentro de una comunidad cualquiera.

De ahí que resulta radicalmente pervertida cuando se pone al servicio de intereses particulares o partidistas.

La política, concebida de aquella manera, murió cuando llegó al poder Luis Echeverría Álvarez. Ahora la política ha sido sustituida por otra cosa. Lo que hoy impera es el mercado de los intereses, la farsa de los discursos, la miseria de las ambiciones, mentir sin el menor escrúpulo o el espectáculo de las pasiones.

Si la política ya no existe ¿qué es lo que tenemos? Mi respuesta es clara: lo que hay es politiquería, una versión decadente de la política que ha engendrado politicastros.

La politiquería no descansa. Todos los días la verborrea de los maniacos, el movimiento incesante en los congresos, los jaloneos y golpes bajos de los militantes de todos los partidos políticos, las asociaciones, los grupos de presión y ahora los grupos que se imponen sobre la autoridad.

La politiquería es una actividad incesante, es decir, constante, porque genera la energía que mueve al aparato que lo conforma. Sin embargo, lo que sabemos es que ese mecanismo no existe para el beneficio de la sociedad en su conjunto, sino para el de sus dueños y sus usufructuarios.

Por su parte, la democracia tendría que ser el encuentro de la autoridad con la colectividad para solucionar sus problemas comunes. Un encuentro virtuoso, razonable, generoso. Pero si no hay lugar para la política, tampoco puede haberlo para la democracia, entendida de esa manera. Por lo mismo no puede haber democracia genuina dentro de la politiquería.

Dice el dicho: “No se puede tapar el sol con un dedo”. La democracia en América pasa por una crisis alarmante de legitimidad, operatividad y confiabilidad. Por un lado, la democracia liberal ha reducido los elementos de la política al mínimo. El ciudadano queda desactivado y su participación se limita al sufragio, un voto a favor del Mesías o del menos peor.

Los partidos políticos se han despojado de su ideología y tienden hacia una izquierda inane. Si todo va bien, la politiquería se reduce a la gobernabilidad, si va mal, se cae en el desorden y en la corrupción. Por otro lado, el populismo se pone la brillante armadura de la política de la charlatanería para combatir a la politiquería neoliberal, pero no hace política genuina, sino una ficción de la política, lo que es una politiquería acaso más dañina. El populismo es la enfermedad degenerativa de la democracia liberal.

Conozco a un contador que vive amargado; un licenciado despechado y un maestro resentido. Esa intoxicación del alma los ciega y los hace adoradores de un Pastor.

¿Cómo renovar la política? ¿Cómo rescatar el ideal democrático? Mi respuesta es contundente: con educación, educación y educación. Y es que, por ejemplo, los tres profesionistas tienen una amplia preparación, lamentablemente carecen de cultura.

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