opinion


Por: Rafael Domínguez Rueda

-Así somos…

Revista de la Semana


Fecha Publicacion:  miércoles, 7 de abril de 2021 - 01:16:00 -- Fecha Actualizacion miércoles, 7 de abril de 2021 - 00:35:56

¡No podía dar crédito! Ya antes lo he comentado. El 27 de marzo del año pasado me uní a la familia que había decidido recluirse durante la pandemia en Cuernavaca. Pues bien, casi justo al año, el 26 de marzo, con mi esposa y uno de mis hijos, después de comer, acordamos viajar a Iguala para recibir la vacuna  contra el Covid, al día siguiente.

Resulta que la ciudad estaba congestionada por el tráfico y después de una hora de que habíamos salido de casa, al tratar de incorporarnos al libramiento nos quedamos sorprendidos. Era un gigantesco estacionamiento, pues los vehículos avanzaban lentamente. Ese día empezaba el período de vacaciones de primavera y los chilangos se dirigían a Acapulco a pasear. Nos tuvimos que regresar.

No exagero, basta ver los periódicos donde aparecen miles de turistas disfrutando de las playas.

Y es que así somos los mexicanos, aprovechamos desde el primero hasta el último momento los días de asueto. Después de un año de encierro el coronavirus nos vale madre. Quiero decir que, hartos de encierro, cansados o desesperados del confinamiento y de los muchos y variados inconvenientes que ha traído consigo la pandemia echamos a rodar todas las recomendaciones; nos olvidamos del encierro, del cubrebocas y de la sana distancia y volvemos a nuestra rutina, a nuestra vida diaria, a nuestras cosas cotidianas, a hacer lo que hacíamos siempre, como si ya no existiera la epidemia y nos olvidamos de que la amenaza está ahí.

Los jóvenes desdeñan el peligro del Covid y son los más reacios a acatar las medidas de prevención, pues la rebeldía es una característica de esta etapa de la vida. Lo que me extraña es que también en los adultos, que se supone son personas ecuánimes, se haya apoderado la ansiedad de retomar lo más rápido posible la vida que llevaban hasta antes del inicio de la contingencia.

Y ello incluye la vida social y también de esparcimiento, es decir, de diversión o distracción, en especial para descansar o para alejarse por unos días del trabajo y del encierro para olvidar las preocupaciones, incluida la del virus.

Y es que inconscientemente, como dice la canción: “nos sentimos superiores a cualquiera”. El deseo de vivir, de gozar, de disfrutar, prevalece sobre el miedo a la enfermedad y a la muerte.

Y, “como no vale nada la vida”, otra vez nos vamos a la playa, nos vamos al restorán con la familia, al café con los amigos, al bar con los compadres, al centro comercial, a celebrar el cumpleaños.

Unos se justifican: ya el Dr. López Gatell nos dio los mandamientos para salir de vacaciones. No importa que sean criminales.

Pese a las recomendaciones de Salud, salimos del encierro y hacemos como que ya no existe el riesgo. Lo malo es que el peligro ahí está y ahí seguirá estando mientras no se vacune, por lo menos, el setenta por ciento de los mexicanos.

No sirve de nada que la prudencia, el sano juicio, el sentido común y el instinto de conservación nos aconsejen prolongar la cuarentena un poco más, a cuidarnos unos meses más.

Muy a la mexicana, se oye repetir los viejos dichos: a mí el Covid me hace los mandados, o aquel otro, el virus me hace lo que el viento a Juárez, aunque nadie puede precisar realmente el origen de la frase, pero dan a entender que no les hace nada o no les afecta. Lo mismo decía López Obrador.

Y es que ya estamos cansados de cautiverio, por eso muchos salen a la calle, otros tantos abarrotan las playas y los balnearios, aunque la curva aplanada por usted ya sabe quién, los aplane.

Jugamos nuestra vida en un albur o a la ruleta. Así somos, decimos para explicar nuestra conducta. Y es verdad: así somos. Y así seguiremos siendo hasta que…

FRASE DE LA SEMANA: “Estoy harto de tanto pendejo que gobierna y México se merece algo mejor”.


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