Los acólitos de Andrés Manuel

Por: Moisés Sánchez Limón

¿Y qué fue de la honestidad valiente?

El desprecio que Su Alteza Serenísima tiene por la prensa mexicana, es reflejo de la molestia que le provoca saberse observado y denunciado en esa pueril estrategia de victimizarse cuando es evidente que su administración galopa en lomos de la corrupción.

Por eso, las posturas de las periodistas Reyna Haydé Ramírez y Dalila Escobar no pueden quedar en el anecdotario presidencial ni soslayadas por la opinión pública que ha sido testigo de la estigmatización y descalificación del gremio periodístico, en esa mecánica de restar credibilidad a la prensa para operar impunemente en la opacidad corrupta.

Porque el licenciado presidente recurre al discurso de respeto a la libertad de expresión, asumiéndose como el presidente más atacado por la prensa en la historia patria, comparándose con Francisco I Madero, pero en los hechos desprecia a los reporteros, a los periodistas en general.

La fuente informativa de la Presidencia de la República es ejemplo de cómo ha transitado la relación prensa-poder en el México contemporáneo y que hoy, con ausencia de una política de comunicación, tiene una estrategia basada en el uso de sedicentes periodistas y otros de probada militancia que, por tanto, pierden objetividad en la empecinada tarea de cuestionar el pasado y aplaudir al presente.

Y nadie, en los medios de comunicación del país, puede llamarse a sorpresa.

Así, en esa básica estrategia de comunicación, si así puede llamarse a la emprendida desde la oficina de Jesús Ramírez, con la anuencia cuando no complicidad abierta del licenciado presidente, un grupo de acólitos de Su Alteza Serenísima ocupa el sitio de los periodistas profesionales para allanar el camino cotidiano de la conferencia mañanera con preguntas sembradas y discursos más que preguntas para que el jefe, Andrés Manuel I “comunique” lo que quiere comunicar de acuerdo con su personalísimo interés.

El jueves 21 y el lunes 25 de julio de 2022 son fechas que entrañan dos ejemplos de postura profesional que el periodismo mexicano de estos tiempos no puede ni debe olvida.

Reyna Haydé Ramírez y Dalila Escobar, son dos ejemplos del ejercicio periodístico que los llamados líderes de opinión y los defensores del periodismo militante no deben dejar en nivel de anécdota.

Y es que, el licenciado presidente sabe que su tiempo de impunidad verbal y en el ejercicio del poder llegó al límite. Su estrategia de salirse por la tangente y responder con vaguedades o con lecciones de historia patria a preguntas específicas en temas torales para el país, no puede ser más la vía de la comunicación social desde el púlpito del Salón de la Tesorería en Palacio Nacional.

Posiblemente, quien desconoce qué es una fuente informativa como la de la Presidencia de la República, considere como normal que quien pregunta en la conferencia mañanera sea un periodista, cuando se trata de alguien pagado, contratado por el área de comunicación social para dar pie a que el licenciado presidente diga lo que le venga en gana e imponga su agenda por encima de los temas que requieren de atención prioritaria, como es el caso de la economía y el combate a la pobreza, el desabasto de medicamentos y la creciente inseguridad pública en el país que desmiente a la estadísticas y frías cifras oficiales.

El jueves 21 de julio de 2022, es decir, la semana pasada, Su Alteza Serenísima Andrés Manuel I recordaba desde el púlpito “¿Por qué no insistimos en que sólo siendo buenos podemos ser felices? ¿Por qué no insistimos en que el dinero no es la felicidad, ni mucho menos Dios?”, preguntó “¿Quién quedó? (por preguntar en la mañanera)”.

Y Reyna Haydé Ramírez, periodista independiente de Sonora, alzó la voz:

“Presidente, tengo amenazas de muerte. ¿Yo también puedo hablar? ¿Puede escucharme?”

“Sí, te voy a escuchar, pero al rato”, respondió Andrés Manuel con esa displicencia que le caracteriza cuando quien le pregunta no es del grupo privilegiado por el vocero Jesús Ramírez, de entre esa pléyade aplaudidora de acólitos sedicentes periodistas.

Y dio la voz al representante de un grupo editorial tabasqueño que un día sí y otro también quema incienso al Santo Patrono de los otros datos.

Cuando finalmente Reyna Haydé pudo preguntar, el licenciado presidente debió reclamos y denuncias. Lea usted.

“Y sí, como le decía, hay amenazas desde el 2020 y hay unas recientes, y las está atendiendo una fiscalía local (…) Yo casi tengo 30 años de reportera y estas amenazas suponemos que vienen de, o sus seguidores o sus opositores, una de dos. Entonces que lo defina la fiscalía algún día en algún momento. La denuncia está puesta (…)

“(…) Existe el periodismo independiente, yo soy reportera independiente. Entonces usted confunde, presidente, confunde porque la independencia periodística sí existe y hay muchísimos medios en todo el país que se dedican a eso; entre esos, yo”.

Reyna Haydé habló largo y, entre lo que reclamó y denunció, le dijo al licenciado presidente que, “si hubiera democracia, no se reservarían lugares para unos reporteros. Usted le daría— todos aquí, son 20 espacios— usted le daría la palabra, todos tendríamos derecho una vez a la semana de hablar; pero no, porque usted prefiere que las alabanzas, presidente, y discúlpeme que se lo diga.

“Si a cuántas personas que actúan como por sumisión, por silenciosos, por guardar silencio o porque están con usted, lo han dicho abiertamente, que vienen aquí y le dan por el lado, le ponen las ‘pechitas’ para que batee jonrones. Yo no soy así, presidente, yo soy reportera.

“Entonces, si por hacer mi trabajo, no me deja entrar este muchacho (Jesús Ramírez), usted no me da la palabra (…) Bueno, a mí no se me ha permitido ni la entrada a Palacio sólo porque vengo y le digo lo que interesa, presidente, lo que interesa”, refirió Reyna Haydé.

Incómodo, Su Alteza Serenísima, dijo a la colega:

“No me estoy molestando, ¿eh?, y no me voy a molestar. Nada más, ¿ya terminaste?”

Reyna Haydé prosiguió y, entonces, Andrés Manuel I quiso cortar.

–Bueno, ¿ya?—urgió a Reyna.

–Pues ya. Pero no se enoje, porque yo no soy su enemiga—respondió la colega.

–No, tú sigue, nada más me dices, para que yo te conteste—dijo el licenciado presidente.

Peero. Por ahí apareció uno de los acólitos que buscó interrumpir a Reyna Haydé, quien le respondió sin medias tintas:

–Tu cállate, palero (…). No, disculpa, pero tú tienes tu momento y yo no meto contigo. Usted es un palero”.

–No, pero, miren, tranquilos—intervino Su Alteza Serenísima en defensa de quien se sabe es Hans Salazar, conocido integrante de la barra mercenaria que ha devenido en una especia de acólitos que queman incienso al licenciado López Obrador.

Lo ocurrido ese jueves en la mañanera generó opiniones, en su mayoría de apoyo y reconocimiento a la valiente actitud de Reyna Haydé. Pero nada más, nada más. ¿Y qué de los opinadores profesionales? ¿Y qué de los que se dicen defensores de la libertad de expresión? ¡Bah!

Por eso, por eso, a los periodistas Su Alteza Serenísima nos trata con el desprecio presidencial que divide y estigmatiza.

No obstante, el lunes 25 de julio de 2022, Dalila Escobar, reportera de la revista Proceso, enfrentó nuevamente al dueño del poder en México y le preguntó si hay esta incertidumbre de que pueda ser llamado a la justicia en Estados Unidos Manuel Bartlett, por el caso de Kiki Camarena, presuntamente asesinado por Rafael Caro Quintero.

“Es que es adelantar vísperas, es que tengan notas ustedes en el Proceso, que es un periódico, una revista muy sensacionalista. No nos adelantemos, vamos a esperar”, respondió airado el licenciado presidente y, dijo, “aprovecho para transmitir mi solidaridad a Hans —¿no está aquí?— y a otros periodistas que son tratados como paleros por los conservadores. No debe de preocuparles eso, para nada”.

–Siempre y cuando sea periodista, presidente—le dijo Dalila.

–No—atajó Andrés Manuel.

–Porque el asunto es que es muy sencillo levantarse y aplaudir—le sostuvo la colega.

–Esa, esa, esa es la visión de Proceso, y fíjate que ni siquiera de ahora, ¿eh? de siempre.

–El periodismo no debe ser afín al poder—le puntualizó la reportera de Proceso.

Por supuesto, Su Alteza Serenísima apoya al periodismo militante, porque no le conviene el que practican reporteros y reporteras como Reyna Haydé y Dalila.

¿Sabe usted cuál es la conclusión del licenciado presidente? Que es víctima de una campaña que, incluso, es pagada por Estados Unidos.

No se ría, por favor, el licenciado habló en serio, tanto que hasta llamó mafiosos a quienes se oponen a la construcción del Tramo 5 del Tren Maya.

Caray, caray, caray. A Su Alteza Serenísima se le diluye la paciencia y se le acorta el tiempo de la impunidad.

La prensa que no le gusta, como las colegas Reyna y Dalila, es el contrapeso a los excesos del poder, a la galopante corrupción e impunidad en el gobierno federal, en espacios próximos a Palacio Nacional, a los acólitos que aplauden barbaridades. ¿Y la honestidad valiente? Digo.

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