Respeto, aprecio y valoración de la diversidad

Por: Alejandra Salgado Romero

“La diversidad es una riqueza, algo muy positivo, no algo a lo que tenemos que tener miedo”

Danilo Manzano

La diversidad ha sido definida como la expresión plural de las diferencias, puntualizando que las diferencias no traducidas en negación, discriminación o exclusión, sino en reconocimiento de los otros/as-distintos/as- a-mi como partes de una misma entidad colectiva que nos incluye. Por tanto, se trata de la aceptación del otro/a, mediante vínculos de reciprocidad, complementariedad, corresponsabilidad e integración. Sin duda, la diversidad es aceptar el derecho de cada quien a ser distinto/a y a ejercer ese derecho a ser distinto/a. Ahora bien, el respeto a la diversidad es una habilidad profundamente interpersonal y se puede definir como el entendimiento de que las personas participan paritariamente en un mundo ético común, -en virtud de su condición humana-, al tiempo que se reconoce la singularidad y diferencias de cada ser humano. El respeto por la diversidad va más allá de la tolerancia y la comprensión, pues implica reconocer y promover activamente el valor igualitario de todas las personas.

En nuestro contexto, debemos aceptar que si no existieran las diferencias ni siquiera podríamos saber quiénes somos, tampoco podríamos identificar al otro/a, ni saber por qué yo no soy igual que el otro/a, por ende, es necesario aceptar, apreciar y valorar que cada quien tiene su propia historia y actúa a partir de su particular visión. La diversidad tiene su origen en lo biológico, étnico, cultural, intelectual, vocacional, emocional… en fin, en todas las naturalezas que conforman la naturaleza humana. En nuestra sociedad, las integraciones, interacciones, asociaciones, alianzas, acuerdos, concertaciones y hasta el diálogo y la comunicación se generan a partir de las diferencias. El verdadero problema nunca ha sido la diferencia, sino nuestra actitud ante ella, así como la pretensión de la unidad impuesta. Las verdaderas dificultades comienzan cuando se pretende la unidad en función del punto de vista que se asume con poder coercitivo. El respeto y adecuada valoración de la diversidad de género, cultural, étnica, ideológica, psicosocial, urbana y territorial es una oportunidad de enriquecimiento de talentos que poseen las comunidades, fundamental para avanzar como sociedades inclusivas. Dichas diferencias se transforman en una fuente inagotable de riquezas de atributos diferentes, con las cuales cada persona genera grandes aportaciones.

La diversidad implica también una invitación al dialogo honesto, respetuoso, el querer descubrir esta riqueza que nos complementa y poder colaborar en la búsqueda de nuevos conocimientos de manera integrada. Para ello, aprender a escucharnos es el gran desafío de estos tiempos, pues se demanda establecer diálogos que establecen la posibilidad de crecimiento y madurez en y de los grupos humanos. Lo anterior, sólo es posible cuando dichos intercambios de ideas se caracterizan por el respeto a las personas, empatía y convicción. La pandemia generada por el COVID19 presentó nuevos y muy diversos desafíos, por lo que debemos aprovechar esta oportunidad para contribuir hacia una sociedad más justa y equitativa, que genere soluciones que beneficien no sólo a cada individuo, sino al medio ambiente y abonen a lograr el buen vivir de la humanidad. Respetar y valorar la diversidad presupone un cambio de paradigma, es albergar al otro/a, a las y los demás, sin prejuicios ni cuestionamientos.

En la actualidad debemos entender que, si algo tiene el ser humano que nos hace valiosos y maravillosos/as, es que somos diferentes, y que la diversidad nos enriquece. En este contexto, se entiende que el conflicto comienza con el mal manejo de la diferencia. Lo verdaderamente malo y dañino no es la diversidad, sino la unidad empujada, presionada, intimada e intimidada. Es importante precisar que la diversidad y la desigualdad son dos términos asociados, pero diferentes: hay que cultivar la diversidad y reducir la desigualdad. Según especialistas, la primera fomenta el sentido de equidad, mientras que la segunda conlleva al riesgo de la injusticia.

La diversidad tiene sus límites en tanto que no se trata de dividir, sino de armonizar y estructurar. La desigualdad, por su parte, es algo que no se elimina totalmente porque somos desiguales… se trata entonces de erradicar todas aquellas diferencias injustas. Con la aceptación de estas diferencias, pero también con la claridad del derecho a la igualdad, debemos formar a las nuevas generaciones; por tanto, debe precisarse que la desigualdad sólo debe aceptarse por razones de naturaleza, por motivos meritocráticos y para ayudar siempre a las y los que menos tienen. Como padres, madres, docentes… en fin, como ciudadanos y ciudadanas, debemos fomentar en niñas, niños y adolescentes el valor del respeto y aprecio a la diversidad como un principio ético fundamental, y seamos determinantes: más allá de las diferencias (de todo tipo), están las personas. Es decir, lo verdaderamente determinante siempre será la igualdad de cada ser humano y cómo dicha igualdad se convierte en una enriquecedora e inspiradora diferencia.

Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alexaig1701@live.com.mx.

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