Por: Brian Vicario Figueroa


Ciudad de México, Julio 2.- México, el país donde la delincuencia y la violencia se encuentran desbordadas: no hay lugar en nuestro territorio donde no exista la comisión de algún delito, desde Tijuana, Baja California hasta Mérida, Yucatán; los criminales se encuentran haciendo de la suyas a diestra y siniestra; no existe autoridad de ningún orden de gobierno que sea capaz de contrarrestar al crimen organizado o probablemente no existe la voluntad por parte del Estado de poner puntual atención y solución en este tema. Sin duda alguna vivimos hechos que recientemente cimbraron a todo un país, me refiero al triste asesinato en Chihuahua de los dos sacerdotes jesuitas: es indignante lo que está sucediendo en nuestra patria mexicana; este caso en específico ha sido mediático por lo que implica la posición que pondera una autoridad religiosa en nuestra sociedad, pero ¿qué hay de aquellos casos dónde el que asesinaron es un ciudadano promedio? Probablemente si es un campesino, un ganadero o un comerciante, pasen desapercibidos: son muertes silenciosas que día a día ocurren en nuestro país y que lamentablemente van en aumento semana tras semana. En lo que va del sexenio de Andrés Manuel López Obrador suman 121,655 homicidios dolosos y esto es superior a la cifra de Felipe Calderón en todo su sexenio pues las muertes violentas alcanzaron 120,463. Estas cifras en cualquier otro país mundo, donde no estuviésemos acostumbrados a la inseguridad, serían un escándalo, pero en México decimos ahí va uno más, seguramente “andaba en malos pasos”, porque ya no existe la empatía, hemos perdido la sensibilidad como seres humanos. ¿En qué país enseñan a los niños de primaria a cómo reaccionar ante un tiroteo? ¿En qué lugar del mundo los infantes juegan a ser narcotraficantes, en qué región hemos observado fotos de niños cargando un rifle en vez de un juguete? Estas son escenas que ya observamos con una total cotidianeidad que ya no asusta ni a los más pequeños. Las autoridades de todos los colores son cómplices, pues ¿qué nos dice un país en donde su ex secretario de seguridad pública está siendo juzgado en Estados Unidos de América por vínculos con el narcotráfico, o qué podemos esperar de un presidente donde menciona que él dio la orden de liberar a un criminal porque el Estado se vio rebasado por los grupos delictivos en cierta región? En nuestra nación no se encuentra la solución a este problema, pues gobiernos van y vienen y los criminales cada vez se apoderan de más territorios y diversifican sus actividades en distintos sectores económicos y el ciudadano no tiene la confianza en las autoridades; pero seamos realistas, todos hemos sido cómplices de que este mal que aqueja a nuestra comunidad crezca día con día, no se puede culpar a un solo hombre, pues la corrupción está presente en todos, desde el personaje que trabaja de policía y recibe sobornos de parte de los delincuentes, hasta aquel vecino que sabemos que vende droga y no somos capaces de denunciarlo porque tenemos miedo a represalias, o qué hay de nuestros amigos o nosotros mismos que de vez en cuando vamos de fiesta o a un antro, y por experimentar una sensación distinta o simplemente para adaptarnos a un círculo social, consumimos droga de algún tipo. Es cierto que todos hemos sido cómplices, el país en el que vivimos muchas veces se siente superior a una escena de ficción, pero únicamente el Estado es quien tiene la facultad exclusiva de la fuerza pública y quien a través de sus instituciones por medio de la coerción puede “intentar” poner un freno al abismo que está viviendo México.

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