El riesgo para México es quedar aislado no solo en términos discursivos, sino en algo más relevante: su capacidad real de construir consensos y respaldos.

Por: Enrique Quintana

Una marea conservadora avanza en América Latina y, de consolidarse en el transcurso de este año, podría dejar a México en una posición incómoda: más aislado políticamente en la región y, por lo mismo, más vulnerable frente a su socio más complejo e impredecible, Estados Unidos.


No se trata solo de un cambio ideológico, sino de una modificación en la correlación de fuerzas del continente.


Los resultados electorales recientes en Chile, Honduras y Ecuador, junto con el fortalecimiento del proyecto de Javier Milei en Argentina —ratificado en las elecciones legislativas— no son episodios inconexos. Reflejan el desgaste de proyectos progresistas que no lograron responder con eficacia a problemas persistentes como la inseguridad, el bajo crecimiento económico y la fragilidad fiscal.


El mensaje de las urnas ha sido menos doctrinario y más pragmático: orden, estabilidad macroeconómica y una relación funcional con los grandes centros de poder pesan hoy más que las afinidades ideológicas.


No todos los países pesan igual, desde luego. Pero cuando el péndulo se mueve en economías grandes o políticamente influyentes, el equilibrio regional cambia.


Y ahí es donde entra el calendario electoral de 2026. Brasil y Colombia, los dos países que junto con México han sido los principales referentes de la izquierda latinoamericana reciente, definirán su rumbo este mismo año. Un viraje hacia la derecha en cualquiera de los dos —y más aún en ambos— reduciría de forma significativa la capacidad de México para articular posiciones comunes en la región.


Hoy las encuestas favorecen al oficialismo tanto en Brasil como en Colombia. Pero el entorno geopolítico importa tanto como las preferencias electorales. Estados Unidos ha dejado claro que actuará cuando no existan contrapesos regionales efectivos. La pasividad o fragmentación latinoamericana amplía su margen de maniobra. Pensar que Washington se mantendrá al margen de los procesos políticos clave de su hemisferio inmediato es ignorar la lógica del poder.

Las definiciones llegarán pronto: Colombia resolverá su elección a mediados de año y Brasil lo hará en el último trimestre. Todo ello ocurrirá en coincidencia con la negociaciones de México con Estados Unidos en materia migratoria, comercial, energética y en la revisión del T-MEC. El contexto regional en el que se den esas conversaciones no será un detalle menor.


El riesgo para México es quedar aislado no solo en términos discursivos, sino en algo más relevante: su capacidad real de construir consensos y respaldos.
La política exterior mexicana ha apostado históricamente por la no intervención y el respeto a la soberanía. Son principios valiosos, pero pierden fuerza cuando el entorno se inclina hacia gobiernos que privilegian una cooperación estrecha con Washington, incluso a costa de tensiones con vecinos ideológicamente distintos.


El caso de Venezuela es ilustrativo. La intervención directa de Estados Unidos marcó un punto de inflexión en la región.


No solo por la acción en sí, sino por la respuesta regional: dispersa, débil y sin capacidad de articular una posición común.


México sostuvo una postura jurídica consistente, pero lo hizo sin generar consensos. El mensaje fue inequívoco: cuando no hay bloque regional, el costo político de decisiones unilaterales de Washington disminuye.


Un México aislado es un México más expuesto. Migración, seguridad, comercio y energía son frentes abiertos en los que la correlación de fuerzas importa tanto como los principios. Sin respaldo regional, la negociación se vuelve más asimétrica.


A ello se suma un ángulo económico relevante: si las principales economías latinoamericanas avanzan hacia políticas más promercado, con reglas más previsibles, la competencia por atraer inversión se intensificará. México podría perder atractivo relativo frente a países que hoy ofrecen señales de mayor certidumbre.


El dilema para el gobierno de Claudia Sheinbaum es claro. Persistir en una narrativa que encuentra cada vez menos eco en la región implica asumir mayores costos externos. Ajustar el tono y privilegiar el pragmatismo puede ser políticamente incómodo hacia adentro y generar tensiones con los sectores más duros de Morena, incluido el expresidente López Obrador.


Venezuela será la primera prueba de ese equilibrio.


Hasta dónde sostener afinidades ideológicas y hasta dónde evitar choques innecesarios con Estados Unidos que terminen encareciendo la relación con nuestro principal socio.


En un entorno regional que se mueve hacia la derecha, quedarse solo no es una postura de principios. Es una señal de fragilidad estratégica. Y en 2026, un año que ya se perfila complejo para México, esa fragilidad puede salir muy cara.