Por: José I. Delgado Bahena

Aquellos días fueron determinantes en el cauce que tomaría la vida de Lulú. Ella estudiaba en el Centro Regional de Educación Normal, de esta ciudad, donde los alumnos estaban en huelga con la finalidad de lograr tres de los más importantes puntos enlistados en el pliego petitorio entregado a las autoridades: aumento en el apoyo económico, mejor conocido como beca; la salida del director, por llevar a cabo prácticas dictatoriales con las que había conseguido dividir al personal docente y a quien los estudiantes le repudiaban abiertamente muchas de las decisiones que tomaba; así como el aseguramiento de plazas para todos los egresados, sin tener que participar en un examen de oposición, el cual era considerado denigrante para quienes, con esfuerzos y sacrificios, propios y de sus padres, conseguían aprobar sus materias y el examen profesional que, en esa época, les otorgaba el título de profesor, o profesora, de educación básica.

Era el mes de mayo. Lulú cursaba el octavo semestre de la carrera; por eso, a punto de terminar y recibirse como maestra, decidió integrarse a la lucha dejando que Roberto, su novio, siguiera al grupo de esquiroles, traidores al movimiento, que aceptaron tomar clases en casas particulares con los maestros que se habían puesto del lado del director, rechazado por la mayoría de los estudiantes.


La consigna de las autoridades era clara: no dar un paso atrás y debilitar al movimiento estudiantil como fuera necesario. Los rumores que llegaban al interior del edificio, tomado por los muchachos, quienes habían puesto en la reja de la fachada una enorme bandera rojiblanca, siempre eran de alarma; por lo que, sabiendo el riesgo que corrían, el líder convocó a una asamblea extraordinaria en el auditorio de la escuela para tomar decisiones y reforzar las guardias nocturnas que se colocaban junto a las bardas y rejas de las instalaciones.

“Compañeros…” los invitó Yuroam, tomando el micrófono del aparato de sonido: “…les pido que guarden silencio, pongan mucha atención y conserven la calma. Nos han informado que, por órdenes del gobernador, esta noche entrará el ejército para desalojarnos, y se espera que lo hagan por medio de helicópteros; la propuesta del Consejo es que esta información la consideremos como un rumor, pero que estemos alertas y, además de que aumentemos el número de elementos en las guardias, procuremos no dormir, como sabemos que muchos lo hacen en los sitios que les corresponde cuidar. Los compañeros del Consejo de Orden y Vigilancia han organizado un grupo de choque para proteger a las mujeres, pero la primera recomendación es, si llegara el caso, no oponer resistencia y procurar mantenernos todos juntos.

“¿Por qué no mejor dejamos a las mujeres en los salones?”, sugirió un jovencito de tercer semestre.


“¡No nos hagas menos, cocho!”, reclamó, levantándose de entre las gradas una voz femenina que brotó de una alumna del sexto semestre que había venido a estudiar desde la ciudad de Arcelia. “Mejor nos ubicamos en los jardines y en el estacionamiento; ustedes cuidan los alrededores y, sobre todo, la barda frente al cuartel militar.”


La propuesta fue aplaudida y aceptada por la mayoría de los alumnos congregados en la asamblea y fue notificada a quienes se encontraban instalados en los puntos de guardia.


Durante las primeras horas de la noche se dejó sentir un aire tan fuerte que sacudía las ramas de un gran amate que había crecido cerca de la cancha de futbol.


Lulú, junto con otras dos compañeras, se sentaron debajo de un ciprés que, por el fuerte viento que soplaba, se inclinaba sobre el techo de la biblioteca. Los temores eran muchos y las amigas se tomaban de las manos para compartirse fortaleza en estas horas de mayor debilidad.


En ese momento se acercó Felipe, su compañero de grupo que pertenecía al Comité de Vigilancia, quien, llevando una linterna en su mano izquierda, le saludó con la derecha y la invitó a levantarse para que la acompañara a caminar por los pasillos de los salones.


“¿Sabes?”, le dijo, “siempre me has gustado, pero no te decía nada porque te veía muy enamorada de Roberto.”


Lulú no respondió a la confesión de su compañero. En un impulso cálido, le tomó del brazo y se recargó sobre su hombro. Con decisión y, tal vez, motivada por el nerviosismo que se percibía esa noche en el CREN, le quitó la linterna de sus manos, la apagó y lo atrajo hacia ella. Él entendió el mensaje, la abrazó y se besaron apasionadamente. Sin despegar sus labios, buscaron acomodo sobre el pasto del pequeño jardín, a un lado de la dirección, y se entregaron sin reservas al desahogo de los cuerpos que se incendiaron, entre las inestables sombras de las ramas de los árboles, en esa noche de alarma.

Así estuvieron hasta la madrugada: en vela, por la expectativa que les habían provocado los rumores y por el descubrimiento de la mutua atracción.
Por la mañana de ese día, llegaron representantes de la SEP y del gobierno estatal para ofrecerles, a los huelguistas, algunos convenios para resolver el conflicto. Los muchachos, en asamblea, resolvieron aceptar las propuestas y las actividades volvieron a la normalidad.


Lulú terminó su relación con Roberto y decidió concluir su preparación profesional sin pareja alguna. La vida no fue la misma para ella, ni para el bebé que, sin que Felipe se enterara, le quedó como recuerdo de aquella noche que en el CREN fue, para todos, de alta tensión.