Por: José I. Delgado Bahena

Bueno, ya sé que todos esperarán que les cuente una historia llena de romance, flores y poesía. No es mi caso, desgraciadamente. Aunque, a decir verdad, también me levanté ilusionado por las atenciones de mi flaquita. Hace dos años que nos casamos y pues, cada vez nos queremos más. Pero este día no iba a ser igual que el del año pasado…


Hace un año celebramos muy padre el 14 de febrero. Fuimos a comer, le compré un globo, sus flores y un perfume, como regalo. Ella me obsequió una playera y me invitó al cine; pero esta vez, como tenía que trabajar, solo desayunamos juntos y me fui a prestar mis servicios de taxista por el centro de la ciudad; después, en la tarde, hice mis recorridos por los terrenos de la Feria.

Tenía la intención de trabajar solo hasta ocho de la noche, pero me ganó la ambición porque había mucha gente y me estaba yendo bien. Así que seguí en la chamba por más horas, hasta que llegó mi último cliente.


Eran como las once de la noche. Entonces, un individuo de, aproximadamente, veinte años de edad, que vestía pantalón vaquero y una playera del América, me pidió el servicio. Abrí la puerta y subió al asiento delantero; me indicó que iba a Tuxpan y hacia allá me dirigí.


Por el camino comenzó a hacerme plática y a quejarse de su novia, que justo en esa fecha le había pedido que terminaran. Me di cuenta de que iba borracho y solo le daba “el avión”, para que no pensara que le hacía menos en su conversación. Sin embargo, al llegar al vado que estaban arreglando, en el puente de la autopista, tuve que aminorar la velocidad y fue en ese momento en que el tipo sacó un cuchillo y me amenazó con él, al mismo tiempo que me pedía el dinero de la cuenta.

Como había trabajado todo el día y me había ido muy bien, tenía una buena cantidad que decidí esconder debajo de mi asiento, donde también llevaba un martillo.


Detuve el automóvil en la desviación para la Quinta Happy; luego puse mis manos sobre el volante, para que viera que no tenía intenciones de defenderme. Le pedí que se calmara y le dije que apenas había iniciado mi turno, por lo que el dinero lo podía tomar de la cajuelita, a un lado de la palanca de velocidades.


“¿Crees que soy pendejo?”, me dijo, dándome un piquetito en las costillas al ver que solo traía unas monedas.


“Claro que no”, le respondí. “Pero, si gustas, sácalo debajo de mi asiento; ahí traigo lo que he ganado en todo el día”.


“¡Sácalo tú!”, me ordenó.


Para obedecerlo, me incliné y, a tientas, busqué debajo de mi asiento. Lo que encontré fue el mango del martillo, lo tomé con fuerzas y, al enderezarme, le di un golpe en su brazo derecho, con lo que provoqué que soltara el cuchillo.

Al verse desarmado, se me fue a golpes con sus puños, pero la furia me dio valor para responder y le di dos martillazos en la cara; con uno de ellos le rompí la nariz y comenzó a sangrar, por lo que dejó de agredirme y solo se enconchó sobre el asiento en señal de rendición.


Yo estaba ciego de ira, por lo que seguí golpeándolo en el cuerpo, abrí la puerta y lo empujé hacia afuera.


Me bajé y le di vuelta al carro. Al llegar junto a él comenzó a implorarme que ya no lo golpeara. En eso, otro compañero taxista se detuvo, bajó del auto y me contuvo; me convenció de que era mejor poner la denuncia y él mismo llamó a la base para que reportaran el hecho a la policía.


Al poco rato llegó una patrulla y los polis nos llevaron, al asaltante y a mí, al Ministerio Público.


Ya en el MP, le llamé a mi flaquita para que fueran a verme, ella y mi hermano, que vive a un lado nuestro.


A llegar, se encontraron con la gran sorpresa de que yo también me encontraba detenido. Resulta que el sujeto tuvo que responder por su intento de asalto; pero yo, que soy el agraviado, y a pesar de que actué en defensa propia, ¡también estuve acusado, por el delito de lesiones!