Por: José I. Delgado Bahena
Se conocieron en el Facebook. Ella con el nombre falso de “Carita feliz” y él con el de “Ventrílocuo”. Al comunicarse por Messenger, se dijeron sus verdaderos nombres y sus números de teléfono celular, para seguir en contacto por este medio.
Después de los versos, las canciones y las fotos que intercambiaron, a los pocos días comenzaron a sentirse atraídos e identificados en sus emociones, lo que les llevó a darle forma a un sentimiento que se fue materializando con cada mensaje y cada palabra que se dedicaban en las conversaciones que mantenían todas las noches a través del Whatsapp.
“No sé qué me pasa”, le dijo Omar en una ocasión, “durante el día siento las horas largas y espero que llegue este momento con ansiedad por hablar contigo”.
“Me ocurre lo mismo”, respondió Yuridia−, “pero todavía más: me muero de ganas por conocerte en persona. Las fotos que me has enviado no me bastan. Tengo la impresión de que el hecho de que nos encontráramos en el feis no fue casualidad, sino que alguien nos tendió una trampa para hacernos vivir esta experiencia.
“¿Te arrepientes?”, preguntó angustiado Omar.
“Claro que no. Pero lo que siento por ti ya no es solo amistad, creo que ya te amo”.
“También yo. No tengo dudas. También me gustaría conocerte. Pediré dos días de permiso en mi trabajo e iré a Iguala para verte. Espero no defraudarte”.
“¡Cómo crees!”, protestó Yuridia, “lo que importan son los sentimientos, no el físico. Pero, ¿qué te parece si mejor yo hago el viaje y voy a Acapulco? Así, además, iríamos al mar y conviviríamos allá, si te parece bien”.
Fijaron la fecha, el lugar y el momento en que se encontrarían para conocerse. Y como no hay plazo que no se cumpla…, el día esperado llegó y Yuridia se trasladó al puerto en una mañana de un sábado bañado por una ligera llovizna.
Llegó a la playa de Caleta, donde habían quedado, se sentó sobre una toalla que llevaba en su pequeña maleta de viaje. Le emocionaba el pensar que conocería a Omar, su novio por Internet, la persona virtual que le había hecho despertar a ese sentimiento que se le había negado en los últimos meses. Esperó cerca de veinte minutos observando el vaivén de las olas que le provocaban una placentera sensación de paz, de esperanzas y alegrías. ¿Cuántas veces había estado ahí en compañía de sus hermanos y sus primos? No sabía, pero lo que sí sabía era que la emoción no era la misma.
“¡Buenos días!”, le susurró Omar en su oído derecho.
Sorprendida, volteó en busca del dueño de esa voz que le había provocado sobresalto en su corazón. Junto a ella se encontraba un hombre diferente al que había conocido a través del Whats, muy diferente al de las fotos. Definitivamente ese hombre no era Omar, se dijo.
“¿Quién es usted? ¿Qué quiere?”, preguntó con gran perturbación, poniéndose de pie y buscando un punto de apoyo entre la gente que con su algarabía aguijoneaban su mirada en esa tarde nublada del puerto.
“Soy Omar”, le dijo él, “y te quiero a ti”.
“Eso no es cierto. A Omar lo conozco. Traigo sus fotos”, dijo con angustia mientras buscaba en su bolso las impresiones de dos fotos de él que había mandado hacer.
“Sí, mira: la verdad es que esas fotos son de hace quince años, pero soy yo. Recuerda que me dijiste que lo más importante eran los sentimientos”.
“Sí”, dijo ella con rencor, “pero la mentira es lo peor. Pudiste haberme dicho la verdad y no fingir lo que ya no eres”.
“Sigo siendo el mismo… ¿Acaso ya te olvidaste de todo lo que nos dijimos por Whats?
“Olvídalo”, dijo Yuridia, dándole la espalda, tirando las fotos en la arena y tomado su bolso para dirigirse a la avenida en busca de un taxi.
Él la siguió, le rogó que le dejara explicarle, se subió al taxi con ella e insistió. Al no obtener respuesta a sus súplicas, más que un obstinado silencio de Yuridia, sacó una pequeña pistola que llevaba entre sus ropas y le disparó en el pecho, a ella, y en la cabeza al asustado taxista que no tuvo tiempo, al menos, de detener el automóvil que se estrelló contra una palmera de las tantas que hay en la costera Miguel Alemán, de este puerto.
Omar bajó del taxi y corrió entre los curiosos que se habían acercado al auto accidentado. Al llegar al zócalo, vio un cyber, entró, pidió una máquina, abrió su Facebook y envió un mensaje.
“Hola”, dijo Ventrílocuo.
“Hola”, le respondió Estrellita.
