Por: José I. Delgado Bahena

“No sabes cómo me duele hacerle esto”, le dije al tiempo que él cerraba la puerta de la habitación.


“Lo hecho, hecho está”, me contestó mientras se sentaba en el taburete para quitarse los zapatos y los calcetines y dejarlos a un lado de mi vestido de novia.
En un acto involuntario, rasgué el vestido hasta dejarlo hecho jirones; solo para distraer mi desconcierto por lo que acababa de hacer.


Fueron breves segundos los que, al observar a Enrique, quitándose la ropa, me permití recuperar de golpe la ruta de los recientes acontecimientos que se convirtieron en la página más negra de mi vida.


Él había sido el único novio que yo había tenido desde que terminé la preparatoria y me fui a estudiar a la ciudad de México en una escuela de periodismo. Cada fin de semana que regresaba nos veíamos, convivíamos y recuperábamos los días en que vivíamos distanciados al tener, él, que atender una refaccionaria ubicada por el periférico, y yo: regresarme a la capital para continuar con mis estudios.

Con Enrique supe de caricias plenas. Sus manos, como tentáculos, recorrían cada rincón de mi cuerpo con la sabiduría del que goza con el descubrimiento de nuevas sendas y con el asombro de encontrar cavernas inexploradas. Sus palabras, tan precisas, para acompañar cada respiración y cada suspiro, me enchinaban la piel cuando me las decía al oído.


Desde la primera vez que tuvimos relaciones sexuales dije que sería el único, y pensé que terminaríamos casándonos. No necesitaba buscar más. En la escuela conocí a un chico que me movía el tapete, pero pensaba en Enrique y lo mandaba por los jitomates a la zapatería.


Lo malo fue que no se decidía a pedirme que me casara con él. Por eso, cuando terminé mi carrera y me vine a trabajar como reportera independiente, en esta, mi ciudad natal, tomé la iniciativa y, una tarde que estábamos en el zócalo y pasaron dos niños jugando, le dije: “Cuando nos casemos tendremos tres hijos, porque es muy feo ser hija única, como yo”.


“¿Cuándo te prometí que me casaría contigo?”, me contestó con un tono de broma pero que mi sensibilidad de mujer me hizo tomarlo en serio y lastimó mis sentimientos.


Desde entonces, nuestra relación se fue enfriando, y cada vez que a mi mente volvía el eco de su respuesta de aquel día, un nudo en la garganta amenazaba con asfixiarme hasta que cuatro lágrimas rodaban por mis mejillas.


La verdad, yo lo quería mucho, era lo máximo para mí; solo que, para desgracia de los dos, por esa época regresó Pablo de los Estados Unidos.


Pablo había sido mi novio en la adolescencia. Íbamos los dos en la secundaria y vivíamos en la misma colonia. Con él supe del primer beso y las primeras caricias. Cuando terminamos la secundaria, a él se lo llevaron sus padres al país vecino, y nosotros: mis padres y yo, nos cambiamos de domicilio porque mi papá compró un terreno en Tomatal.


Pablo supo a dónde nos fuimos a vivir, porque siempre estuvimos en comunicación a través del Messenger, de manera que no le costó trabajo encontrarme e insistirme para que volviéramos a ser novios. Tampoco se me dificultó aceptarlo, y corté con Enrique, a pesar de lo mucho que lo quería, porque me di cuenta que, con él: ni para atrás ni para adelante.
Pablo era un muchacho muy decente, había vuelto con recursos económicos para poner una papelería y quedarse definitivamente en México; por lo que, a los pocos días me pidió que nos casáramos, y pues… acepté.


Lo que yo no sabía era que Pablo y Enrique eran amigos, porque se habían conocido por el Facebook, ya que Enrique le envió invitación a muchos de los contactos que yo tenía, entre ellos a Pablo. Eso me lo explicó Pablo mientras bailábamos el vals, en la fiesta de la boda, y vimos entrar a Enrique por la puerta del salón, en compañía de uno de sus amigos.


Cuando estaba avanzada la fiesta, y con unos tragos de más, Enrique se acercó a nosotros y le pidió permiso a Pablo para bailar conmigo. Él aceptó y Enrique me condujo a la pista.


Al sentir una de sus manos en mi cintura y la otra apretando mis dedos, me hizo regresar a las tardes intensas que disfrutábamos cuando venía yo de la Cd. de México, buscando sus besos y sus abrazos.


“Te espero en el estacionamiento”, me dijo al oído, “entras al asiento trasero de una camioneta negra que está junto a la puerta, tiene vidrios polarizados, no te verán”, agregó.


No me dio tiempo de protestar ni de responder nada. Sabía que no me negaría. Pretexté que quería ir al sanitario para alejarme de Pablo y me dirigí al estacionamiento.


Quien manejaba era su amigo. Él y yo íbamos en el asiento trasero. Nos abrazamos y nos besamos con pasión. Ahí mismo me quitó el vestido de novia. Su amigo condujo hasta Cuernavaca, buscó un hotel y rentó una habitación. Bajamos de la camioneta, casi desnudos, entramos abrazados. Su amigo se fue. Con el vestido de novia en las manos, me tiré sobre el piso, como una perra, porque eso era.

“¿Qué piensas?”, me preguntó Enrique, completamente desnudo y dirigiéndose hacia mí.


“No pienso nada. Que sea lo que Dios quiera”, le contesté, poniéndome de pie, abrazándolo y llevándolo hacia la cama.