Por: José I. Delgado Bahena
Él era un muchacho de, aproximadamente, diecinueve años, que me contactó a través de mi correo electrónico con la intención de compartirme lo que, para él, había sido una experiencia muy traumatizante.
Cuando nos vimos en persona, me encontré con un joven serio, amable, de piel morena y facciones serenas que lo proyectaban con ansias de desahogar un dolor que le apretaba el pecho.
“Mira: yo sé que, hasta cierto punto, cada quien es libre de vivir su vida como quiera, y de divertirse con quien pueda y como pueda, ¿verdad?”
“Sí, estoy de acuerdo”, consentí, “siempre y cuando no se afecte a terceros”.
“¡Ándale!”, exclamó, “ese es el punto. Mira, te cuento”:
“Hace como cuatro años, cuando yo tenía quince de edad, y estaba por terminar la secundaria, me ocurrió algo que a la vez fue desagradable, pero también placentero. Para ese entonces yo vivía en el Estado de México, en Ecatepec, por el centro de San Cristóbal, con mi tío Arturo, hermano de mi papá, y Francisca, su esposa, ya que mis padres habían comprado un terreno aquí, en Iguala, y se vinieron para acá. Yo me quedé a terminar la secundaria. Mis dos tíos trabajaban, así es que casi siempre estaba solo en casa.”
“¿En qué trabajaban tus tíos?” Le pregunté con el afán de completar la información para una posible historia.
“Ah, según eran agentes de ventas. O sea: salían a los pueblos a vender muebles y otras cosas. A veces se iban juntos y a veces con otras personas. Pero bueno, el caso es que, como a dos cuadras de su casa, también vivía una hermana de mi mamá que tiene una hija como de mi edad. La verdad no me gusta convivir con ellos y casi no los visito; pero por esas fechas, mi prima me iba a buscar para salir a dar la vuelta, o solo para platicar. Con Dalia, que así se llama mi prima, congeniamos mucho y hasta pensé: si no fuera de mi familia, le hablaría para novia.
Todo era, digamos, normal; hasta que, una vez, al regresar de la escuela, abrí la puerta y encontré a mi prima y a mi tía Francisca, en la sala, muy platicadoras y tomando la copa. La neta, no sabía que fueran tan amigas. Mi tía tenía treinta y dos años y mi prima dieciséis, ¡imagínate! Bueno, me metí a mi cuarto a hacer tareas y a estudiar, porque ya se acercaban los exámenes. Me concentré tanto, que se me pasó el tiempo, hasta que me di cuenta que ya no se oían sus voces; entonces, pensando que se habían ido, abrí la puerta y me asomé; cuál no sería mi sorpresa de que estaban las dos muy metidas en caricias y teniendo sexo entre ellas mismas. La verdad, me sorprendí, pero no dije nada. Cerré la puerta y prendí la tele de mi cuarto, para que no sospecharan que las había visto. Más tarde me asomé otra vez y ya no estaban.
Así siguieron los días. Yo me daba cuenta que entre mis tíos había muchos problemas y ya no se llevaban bien; entonces, mi tía se iba a trabajar por su lado. Pero Dalia llegaba por ella y se iban quién sabe a dónde. Ellas no sabían que yo me había dado cuenta de lo que hacían, y aparentaban solo amistad. Como te dije: esa era su bronca, ¿no? Pero una tarde, cuando regresé de la escuela, las encontré en la sala, desnudas y besándose; entonces, mi tía me vio y me dijo: “Vente, te invitamos”.
“¿Qué hiciste?”, le pregunté al ver que sus manos temblaban.
“Pues… la verdad: acepté. Sé que estuvo mal; pero, piénsale: yo estaba muy chavo y con las hormonas desatadas. Así que me dije: bueno… a ver qué pasa. No te voy a dar detalles, ¿verdad? Y pues… la pasé bien. Me hacían muchas cosas muy ricas y nos divertíamos. La que llevaba la iniciativa era mi tía y casi siempre me acaparaba para ella, pero pues… creo que a Dalia no le importaba.
A partir de entonces, mi tía se volvió muy amable conmigo y hasta me daba dinero. Cada que mi tío se iba a trabajar, le llamaba a Dalia, y ahí, en la casa, hacíamos nuestras cosas. Lo curioso es que, cuando estábamos solos no se le ocurría hacer nada; y qué bueno, porque yo acepté por mi prima, que de por sí me gustaba.
Así pasaron los meses que faltaban para que yo terminara la secu, y cuando les dije que me vendría a Iguala, con mis papás, se molestaron y me convencieron de que buscara un lugar en la escuela del Colegio de Bachilleres, que hay allá.
Entré a estudiar la prepa y ahí conocí a una chavita que se llama Gloria. Convivimos y nos hicimos novios. Por ese motivo dejé de participar en el trío con mi tía y mi prima. Entonces, ¿qué crees?, mi tía me iba a esperar a la salida de la escuela y me obligaba a irme con ella, de manera que no aceptaba que Gloria fuera mi novia. Yo le decía a Gloria que no le hiciera caso, que como mi mamá me había encargado con mis tíos, pues, solo me cuidaba. Ella me creyó y, a escondidas, buscábamos la forma de vernos; hasta que una vez, entre Dalia y mi tía le pusieron una golpiza de las buenas, y pues, ya no aguanté; les pedí a mis padres que me trajeran a Iguala, por un motivo que les inventé, aceptaron y aquí estoy”.
“¿Y qué pasó con tu tía y tu prima?”
“Nada. Bueno, me dejaron en paz; pero mis tíos se separaron. Dalia y mi tía Francisca pusieron un negocio, un bar y, según supe, viven juntas”.
