Carlos Martínez Loza
Iguala, Guerrero, Noviembre 29.- «Alma mater». Dos palabras, nueve letras y un valor íntimo del espacio interior. Detrás de esos símbolos rotundos se nos develan la Madre y el Alimento, la «Madre Nutricia». Para considerar su unidad y complejidad fenomenológica se le debe aparejar otra imagen: «La Máxima Casa de Estudios».
Esas dos famosas expresiones, Alma Mater y Máxima Casa de Estudios, quieren expresar la función primera de habitar: casa, madre y alimento intelectual. Así, el espacio universitario se convierte en nuestro espacio vital, en nuestro rincón del mundo cotidiano.
Observa Gastón Bachelard que “todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa”. La Casa Máxima, su idea, nos vuelve a las antiguas moradas que fatigamos en la infancia, esa infancia inmóvil donde la libertad y curiosidad adquiere un valor excepcional. Cuando un recién nacido es arrojado al mundo tiernamente y con dolor, es depositado en la cuna de la casa. La casa siempre es una gran cuna, la vida empieza bien: encerrada, protegida, abrazada por las manos incunables de todos los padres y todas las madres del mundo. Por ello, las grandes e históricas universidades se erigieron como grandes catedrales, fastuosos templos del conocimiento labradas en piedra (una reminiscencia a la cueva, nuestra primera casa) que van de la tierra al cielo, donde los salones son las habitaciones que nos abrazan.
Fray Luis de León, después de regresar a su cátedra salmantina, que había dejado durante años, expresó «Decíamos ayer». Nunca esa frase tuvo mayor sentido, el tiempo en el hogar no transcurre. La historia registra profesores excepcionales que mueren dando clase o yendo a la universidad en tren como Pedro Henríquez Ureña. La casa- universidad tiene valores de refugio.
Para que el ser humano pueda aspirar a la felicidad, según Cicerón, necesita de un jardín y una biblioteca. Puede ser una rosa y un libro. La Universidad lo magnifica con sus amplios jardines, sus pisos empedrados de pasto y sus acervos de libros apilados piso tras piso. La biblioteca es la casa de los libros.
Cristo promete a sus discípulos ir al Padre celestial para prepararles una casa incorruptible. Aún el pesebre en el establo figuró como la casa de nuestras ensoñaciones poéticas: el humilde hogar pero tibio y acolchado de paja. En los inviernos, colocar un árbol de Navidad, un nacimiento con figurillas, se nos presenta como una constelación de los valores más íntimos del espacio interior. Como en el poema de Jean Wahl:
“Y la casa antigua/ Siento su roja tibieza/ Viene de los sentidos al espíritu.”
