Carolina de la Torre
Iguala, Guerrero, Agosto 30.- En el antiguo barrio universitario del Centro Histórico, allá por los años 40 del siglo pasado, un estudioso de leyes y filosofía se personificaba en el nombre de Jorge Portilla. Su breve obra escrita incluye un ensayo cuyo título suele aparejarse inmediatamente a su figura: fenomenología del relajo.
Poseo un ejemplar entre mis libros. Su hechura pensante es única y original. Una de sus primeras afirmaciones es que el relajo es un verbo más que otra cosa y su significación o sentido es suspender la seriedad, ese valor adherido a la libertad. En otras palabras: el sentido del relajo es frustrar la eficacia de la seriedad.
En tanto comportamiento, el relajo consta de tres momentos:
1) Un desplazamiento de la atención
2) la desolidarización del valor y
3) la acción de manifestaciones exteriores como el gesto o la palabra, “que constituyen una invitación a otros para que participen conmigo en esa desolidarización.”
El espacio existencial del relajo es necesariamente una comunidad de más de dos personas. El relajo en soledad, o aún entre dos personas, es impensable e impracticable. Uno puede reírse solo o con otro, pero el relajo demanda muchas veces contagiarse del vértigo de la complicidad y de una acción reiterada: un solo chiste que interrumpe, ejemplifica Portilla, el discurso de un orador no basta para convertir la interrupción en relajo, es necesario que la interrupción de la seriedad se reitere indefinidamente.
El relajo crea un vacío al valor seriedad. Esta quizá es la tesis más importante de Jorge Portilla y que le sirve de puntal para razonar en contra de la irresponsabilidad que un relajo ad infinitum puede provocar en la vida de las personas, vaciando de seriedad las dimensiones más fontales del ser humano:
Educación- valor de verdad
Religión- valores espirituales
Política- valores civiles
Nadie negará, y como inmejorablemente lo dijo Kant, que la risa es una emoción placentera y naturalmente saludable. Pero vaciar de seriedad la educación, la religión y la política puede devenir en ideologías sofistas, profanaciones o golpes y riñas entre políticos que deviene en una especie de nihilismo tragicómico.