Carlos Andrés Mendiola

carlos.mendiola@itesm.mx

En tiempos de “Mirreyes contra Godinez”, podría parecer que “Las niñas bien” continúa la tendencia de divertir a costillas de un grupo social… y sí, quizás lo hace en tanto el cine provee de entretenimiento al buscar satisfacer las expectativas emocionales del público, pero, como las verdaderas niñas bien, hay más atrás de esa apariencia de ligereza y recatada sofisticación.

Dirigida por Alejandra Márquez Abella, quien también es responsable del guion, la película recupera el texto homónimo de Guadalupe Loaeza que viera la luz en 1985. En él, Loaeza construye, a través de textos cortos, un retrato de las denominadas “niñas bien” y como resultado de un sector de la sociedad para el que las apariencias parecían serlo todo y al que irónicamente las apariencias también “encarcelaban”, limitando aquello que podían ser y hacer.

La propia Loaeza pregunta al inicio de su libro, ¿qué es una “niña bien”? Y la respuesta parecería sencilla, pues todos conocemos a una “niña bien” … a una de esas mujeres que, protegidas por un estrato social privilegiado, parecen, precisamente, destinadas a un escaparate donde pueden lucir y ocuparse de aquellas cuestiones mundanas que perpetúan su estereotipo, manteniéndolas como “niñas” a pesar del paso de los años. La película recupera esa esencia del texto de Loaeza y presenta una ficción que se desarrolla en la década de los 80’ pues, hay que decirlo, la obra de Loaeza no es una novela ni sigue el desarrollo de un personaje. He ahí también parte del gran mérito de Márquez Abella.

En “Las niñas bien”, Ilse Salas es Sofía, una elegante y encantadora dama de sociedad que lidera a su grupo de amigas. Cuando la crisis alcanza a su matrimonio, Sofía se enfrenta a lo inimaginable, a aquello que a ella “no le pasa”, aquello que parece una broma o un mal sueño. Aquello que, de nuevo, podría o debería ser una apariencia. Y ahí está la cuestión, no lo es. Entonces, Sofía buscará mantener a como dé lugar las apariencias y en el camino descubrirá los distintos valores del dinero, la falta de él y quién es ella más allá de lo que tiene o que ha creído tener por asociación con la familia de la que proviene o de la que ha consentido crear “hasta que la muerte la separe” para cumplir con las expectativas sociales.

Aunque despierta una que otra sonrisa, “Las niñas bien” no es una comedia. Sí, juega con la ingenuidad de su protagonista y juega con su narcisismo, pero más allá de ello, recupera, pero en nuestro contexto y en los niveles que Loaeza escribe tan rico, a historias como “La edad de la inocencia” de Martin Scorsese o “Las secretas intenciones” de Stephen Frears. Más aún, pareciera hacer eco, pareciera traer al presente a “La Señora Dalloway” de Virginia Woolf, desdoblando las capas que integran a esa mujer que parece únicamente preocupada por “las flores” y “las fiestas” y que ahora tendrá que enfrentarse a ver más allá de la vitrina donde ha vivido.

“Las niñas bien” llega a las salas ya con tres premios en su haber: Mejor Actriz para Ilse Salas en el Festival de Cine de la Havana, el premio de la Audiencia del Festival Internacional de Cine de Macao y el premio como Director to Watch del Festival Internacional de Cine de Palm Springs, sin mencionar que el filme estuvo nominado en el Festival Internacional de Cine de Toronto… nada mal para una “niña bien”. Y eso porque, aunque esta “niña bien” se desarrolla en los 80’s, en realidad es un espejo de las “niñas bien” de hoy, de su evolución y en cierta forma también de cómo el entramado social y mediático actual nos ha convertido en distintos grados o niveles en “niños bien”, mirando al mundo a través de una cierta distancia, de las ilusiones y “privilegios” que construyen las redes sociales, en una paradoja tragicómica del confort que significa tener la “suerte” de ser, nada más y nada menos, “una niña bien”.

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