«La escuela: El corazón que late en la comunidad»
Por: Alejandra Salgado Romero
“La escuela es el lugar donde la sociedad decide qué tipo de futuro quiere construir”
Hannah Arendt
En México, hablar de la escuela suele remitirnos de inmediato a planes de estudio, evaluaciones o aprendizajes medibles. Sin embargo, reducir la función de una escuela, a la transmisión de conocimientos es no sólo insuficiente, sino profundamente equivocado. La escuela es, ante todo, uno de los espacios sociales más relevantes en la vida de las personas: un lugar donde se construyen identidades, se tejen relaciones y se reproducen, -o transforman-, las dinámicas comunitarias.
Las cifras oficiales dimensionan su alcance. De acuerdo con la Secretaría de Educación Pública (SEP), el Sistema Educativo Nacional integra información de millones de estudiantes, docentes y centros escolares a través del denominado Formato 911, que constituye la base de la estadística educativa del país. Este universo no es menor: implica que la escuela es uno de los sistemas institucionales con mayor presencia territorial y contacto cotidiano con la población.
El sociólogo Émile Durkheim lo expresó con claridad: “La educación es la acción ejercida por las generaciones adultas sobre las que aún no están maduras para la vida social”. En esa lógica, la escuela transmite, además de saberes, normas, valores y formas de convivencia. Es ahí donde se aprende, -muchas veces de manera implícita-, a respetar reglas, dialogar, resolver conflictos y a formar parte de una colectividad.
Pierre Bourdieu advirtió que la escuela también es un espacio donde se reproducen las estructuras sociales, pero al mismo tiempo puede ser un escenario de movilidad y transformación. En palabras del autor: “La escuela contribuye a reproducir la estructura social, pero también puede cuestionarla”. Esta doble condición la convierte en un actor central en el desarrollo de cualquier sociedad. En el caso de nuestro país, esta función social adquiere una relevancia particular. La escuela es, en muchas comunidades, el principal punto de encuentro. Es sede de reuniones, festividades, procesos cívicos y, en ocasiones, incluso de organización comunitaria. Su vida interna, -horarios, actividades, dinámicas-, marca el ritmo de la vida cotidiana de familias enteras. No es casual que el calendario escolar impacte directamente en la economía local, en la movilidad urbana y en la organización familiar.
Además, la escuela funciona como un espacio de contención social. Para millones de niñas, niños y jóvenes, representa un entorno seguro frente a contextos de violencia, pobreza o desintegración familiar. De ahí que fenómenos como el abandono escolar no puedan entenderse únicamente desde lo académico: responden también a factores económicos, emocionales y sociales, como conflictos familiares o falta de recursos. En este sentido, la pedagoga mexicana Sylvia Schmelkes ha señalado que “la educación es el medio privilegiado para construir sociedades más justas”. Pero esa construcción no ocurre únicamente en los contenidos curriculares, sino en la convivencia cotidiana: en el recreo, en el trabajo en equipo, en el diálogo entre docentes y estudiantes.
Desde el punto de vista normativo, el papel de la escuela en México está claramente establecido. El artículo 3º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos reconoce el derecho a la educación y define su carácter obligatorio, inclusivo y equitativo. A su vez, la Ley General de Educación establece que la educación debe contribuir al desarrollo integral de las personas y al fortalecimiento del tejido social. Asimismo, el Sistema de Información y Gestión Educativa (SIGED) articula los datos y procesos que permiten operar, evaluar y mejorar el sistema educativo, integrando información de alumnos, docentes y escuelas. Esto evidencia que la escuela no es una entidad aislada, sino parte de una estructura institucional compleja que incide directamente en el desarrollo nacional.
Reconocer la importancia de la escuela en nuestra sociedad, implica también asumir los retos. Las desigualdades en infraestructura, acceso y calidad educativa reflejan desigualdades sociales más amplias. La falta de condiciones dignas, -como servicios básicos o materiales adecuados-, puede afectar además del aprendizaje, la permanencia en la escuela. Incluso aspectos como la falta de insumos básicos para la higiene impactan la asistencia, particularmente en el caso de las niñas. Por ello, pensar la escuela como núcleo socializador obliga a replantear las políticas públicas. No basta con mejorar indicadores académicos; es necesario fortalecer a la escuela como espacio comunitario, garantizar condiciones dignas y reconocer el papel central de las y los docentes como agentes sociales.
La escuela es uno de los pocos espacios donde la diversidad social convive cotidianamente; es el lugar donde se encuentran distintas realidades y donde, potencialmente, se construyen horizontes comunes. Cuidar la escuela es, entonces, cuidar el presente y el futuro del país. Es apostar por un espacio que genera certidumbre en medio de la incertidumbre, que ofrece esperanza en contextos adversos y que sostiene, muchas veces de manera silenciosa, la cohesión social.
En tiempos donde las fracturas sociales se hacen más visibles, la escuela permanece como uno de los últimos bastiones de lo colectivo. Defenderla, fortalecerla y dignificarla no es sólo una tarea educativa: es una responsabilidad social compartida. Porque en cada aula, en cada patio y en cada comunidad escolar, se está construyendo, -todos los días-, un mejor México.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
