“DÍA INTERNACIONAL DE LA DANZA 2027”
Por: Alejandra Salgado Romero
“La danza es el lenguaje oculto del alma”
Martha Graham
Cada 29 de abril se recuerda la fundamental importancia de mirar al cuerpo como territorio de memoria, resistencia y futuro. El “Día Internacional de la Danza” , instaurado en 1982 por el Comité Internacional de la Danza del Instituto Internacional del Teatro (ITI), se celebra en el natalicio de Jean-Georges Noverre, figura clave en la transformación del ballet moderno. Desde su origen, esta conmemoración no pretende ser un gesto ornamental: busca recordar que la danza es un lenguaje universal capaz de cruzar fronteras políticas, culturales y sociales.
La edición 2027 del Día Internacional de la Danza, -como en años anteriores-, estará marcada por el mensaje oficial de una figura internacional seleccionada por el ITI, traducido a múltiples idiomas y difundido globalmente. Pero más allá de discursos, lo relevante es lo que ocurre en los territorios concretos: en los escenarios, en las calles, en las comunidades donde el cuerpo se convierte en archivo vivo. Y es precisamente en lo local donde la danza revela su verdadera dimensión. Un ejemplo reciente lo encontramos en la tercera edición del evento conmemorativo del Día Internacional de la Danza, celebrado este sábado 25 de abril en Galerías Tamarindos, organizado por la Asociación de Arte, Cultura y Educación Regional (AACER). Este encuentro no solo reunió a agrupaciones y talentos diversos, sino que evidenció, -con claridad contundente-, la fuerza, vigencia y capacidad de convocatoria que tiene la danza en todos los contextos: desde el espacio comercial hasta el ámbito comunitario, desde lo formativo hasta lo escénico.
En México, la danza es mucho más que una disciplina artística: es una práctica social profundamente arraigada. Desde las danzas rituales de los pueblos originarios, hasta las expresiones contemporáneas urbanas, el país configura una cartografía corporal diversa y compleja. De acuerdo con el Sistema de Información Cultural de la Secretaría de Cultura, existen más de 200 recursos institucionales dedicados a la danza en el país, lo que evidencia una infraestructura significativa, aunque todavía insuficiente, frente a la demanda cultural. Desafortunadamente, el dato duro no siempre refleja la realidad profunda. Según el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), si bien una mayoría de la población ha tenido contacto con actividades culturales en años recientes, la danza sigue estando entre las expresiones con menor asistencia en espacios formales. Esto revela una paradoja inquietante: la danza está en todas partes, -en fiestas, rituales, celebraciones-, pero no necesariamente es reconocida como un arte digno de consumo cultural institucional.
La danza, entonces, habita una tensión constante: es omnipresente y, al mismo tiempo, invisible. En Guerrero, esta contradicción se vuelve aún más evidente. El Estado es uno de los territorios con mayor riqueza dancística del país, con expresiones emblemáticas que combinan herencias indígenas, mestizas y afrodescendientes. Pero esa riqueza no sería posible sin el trabajo sostenido de quienes han hecho de la danza un proyecto de vida y un compromiso social. En Iguala de la Independencia, por ejemplo, destacan referentes que han marcado generaciones. La labor de Óscar Viveros García, fundador y Director General del Ballet Folklórico “Zitlalkiáhuitl”, ha sido clave en la preservación y difusión de las tradiciones dancísticas de la región, formando a niños, niñas, adolescentes y jóvenes, -junto con sus hijos/as, quienes han heredado no sólo su talento, sino forjado su propia y muy exitosa trayectoria-, proyectando el talento local más allá del ámbito comunitario. De igual forma, el trabajo de la Arquitecta Raquel Flores, fundadora de Danzaré, Centro de Formación Artística, que se ha consolidado un espacio de formación y expresión que articula disciplina artística con sensibilidad social, que fomenta valores y forja artistas profesionales de la danza, en un espacio que ahora está a cargo de su extraordinaria hija, la Maestra Elena Suárez. Ambos, junto con Carlos Casanni, extraordinario artista, productor y promotor cultural, y a través de AACER, por tercera ocasión, conmemoraron la danza a través de un extraordinario programa en Galerías Tamarindos.
En cuanto a pilares de la danza en nuestro contexto, resalta la figura emblemática de Albino Nava, “El tigre mayor del Estado de Guerrero”, cuya trayectoria encarna la fuerza simbólica de la danza tradicional y su capacidad para mantener viva la identidad colectiva. Su presencia representa, además de la expresión artística, la continuidad cultural que resiste al olvido. La existencia de estos grupos y figuras no es anecdótica: es estructural. Son ellos/as quienes, junto con iniciativas como la impulsada por la AACER, sostienen la danza como práctica viva, como espacio de formación ética, disciplina y pertenencia. En contextos donde las oportunidades son limitadas, estos proyectos se convierten en alternativas reales para la construcción de comunidad, alejando a las nuevas generaciones de entornos de riesgo y acercándoles a procesos creativos que dignifican.
Y ahí radica uno de los puntos centrales de esta reflexión: la danza no puede seguir siendo entendida únicamente como espectáculo. Es, ante todo, una forma de conocimiento. Especialistas en artes escénicas coinciden en que la danza cumple funciones que trascienden lo estético: contribuye al desarrollo cognitivo, fortalece la identidad cultural y genera cohesión social. Es una pedagogía del cuerpo que enseña disciplina, sensibilidad y conciencia colectiva.
En términos más concretos, bailar implica aprender a habitar el cuerpo, a reconocer al otro/a y a situarse en el mundo. En un contexto de fragmentación social, violencia y debilitamiento del tejido comunitario, -realidad que no es ajena a Guerrero-, la danza se convierte en una herramienta de reconstrucción social. Pero hay algo más: la danza también es economía. Festivales, academias, compañías y circuitos culturales generan empleo, turismo y desarrollo local. Sin embargo, continúa siendo una de las disciplinas menos valoradas en términos presupuestales, lo que evidencia una desconexión entre su impacto real y su reconocimiento institucional. La consecuencia es clara: la danza existe, resiste y transforma… pero lo hace, muchas veces, a pesar del sistema.
En este contexto, el Día Internacional de la Danza 2027 no debería limitarse a una efeméride celebratoria. Tendría que ser un punto de inflexión para replantear políticas públicas, modelos educativos y estrategias de difusión cultural. Implica preguntarnos, con honestidad, qué lugar le damos al cuerpo y a su expresión, en nuestras sociedades. Porque en última instancia, la danza no es solo movimiento: es lenguaje, es memoria, es identidad… y sobre todo, es una forma de existencia.
En un mundo cada vez más mediado por la inmediatez y la virtualidad, la danza nos recuerda algo esencial: que seguimos siendo cuerpos. Cuerpos que sienten, que narran, que resisten. Por ello, reconocer y apoyar a quienes sostienen esta práctica, -desde los grandes referentes hasta los espacios colectivos que la impulsan-, no es un acto simbólico: es una inversión en tejido social, en cultura viva y en futuro. Apoyar la danza es, en el fondo, apostar por una sociedad más sensible, más consciente y más humana. Porque la danza, más que una expresión artística, es memoria viva… y también una de las formas más poderosas de construir una mejor sociedad.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
