«Educar para aprender a perder: La lección que México no debe continuar evitando»

“La derrota no es el final; es el inicio de algo mejor”
Avatar: The Last Airbender

Por: Alejandra Salgado Romero

En una sociedad obsesionada con el éxito, enseñar a perder, casi parece un sacrilegio. Desde la infancia, el discurso dominante insiste en que debemos ser “los/as mejores”, “los/as primeros/as”, “los/as ganadores/as”. Sin embargo, esa narrativa, -aparentemente motivadora,- esconde una carencia estructural: no estamos formando individuos capaces de afrontar el fracaso. Y esa omisión, lejos de ser menor, tiene consecuencias profundas en la salud emocional, la convivencia social y el desarrollo profesional de las nuevas generaciones en México.

Saber perder no es resignarse; se trata de una competencia socioemocional compleja que implica tolerancia a la frustración, autorregulación emocional, resiliencia y pensamiento crítico. En términos psicológicos, se trata de una habilidad entrenable, vinculada directamente con la capacidad de enfrentar la realidad cuando esta no coincide con nuestras expectativas. La frustración, entendida como la respuesta emocional ante la no consecución de un objetivo, no es un problema en sí mismo: lo problemático es no saber gestionarla.

Diversas investigaciones en el ámbito educativo han documentado que una proporción significativa de adolescentes presenta niveles medios o bajos de tolerancia a la frustración. La Universidad Nacional Autónoma de México advierte que quienes desarrollan esta capacidad muestran mayor persistencia ante desafíos, -mientras que quienes carecen de ella tienden a desistir rápidamente-; dicho de otro modo: saber perder no sólo es una cuestión emocional, sino también una condición para el éxito académico y profesional.

En México, este fenómeno adquiere matices particulares. Por un lado, existe una cultura profundamente competitiva, donde el valor personal suele medirse en función del rendimiento y el reconocimiento externo. Por otro, se ha instalado una práctica formativa y educativa, -en hogares y en escuelas-, que busca evitar la frustración a toda costa. Madres y padres que no permiten que sus hijos/as pierdan en juegos, docentes que suavizan la evaluación para “no afectar la autoestima”, sistemas que premian la participación, más que el esfuerzo sostenido. El resultado es paradójico: generaciones que crecen con una autoimagen inflada, pero con escasa capacidad para enfrentar la realidad. Como advierten especialistas en desarrollo infantil, cuando los niños/as son constantemente reforzados/as como “los/as mejores”, el primer contacto con el fracaso puede resultar devastador. No saber perder genera inseguridad, miedo al intento y, en muchos casos, evitación del reto.

Esta problemática también se refleja en el ámbito laboral y productivo. Según datos de la Asociación de Emprendedores de México, cerca del 34% de los emprendimientos fracasan por falta de conocimiento del mercado y errores de gestión. Sin embargo, más allá de las causas técnicas, subyace un factor cultural: la incapacidad de asumir el error como parte del proceso. En entornos donde el fracaso se estigmatiza, la innovación se inhibe.

El psiquiatra Viktor Frankl sostenía que, cuando no podemos cambiar una situación, siempre podemos elegir la actitud con la que la enfrentamos. Esta idea resulta central para entender el valor de aprender a perder: no se trata de romantizar la derrota, sino de resignificarla como experiencia formativa. En la misma línea, la psicología contemporánea ha demostrado que la resiliencia, -capacidad de sobreponerse a la adversidad-, se construye precisamente a partir de experiencias de fracaso bien acompañadas. No enseñar a perder implica dejar a millones de jóvenes sin herramientas para enfrentar un entorno incierto. Y eso tiene implicaciones sociales: frustración acumulada, baja tolerancia a la crítica, dificultad para el diálogo y, en casos extremos, conductas agresivas.

Pero el problema no es irreversible. La tolerancia a la frustración puede educarse. De hecho, especialistas coinciden en que es más fácil desarrollarla en la infancia, aunque puede trabajarse en cualquier etapa de la vida. La pregunta entonces, no es si debemos enseñar a perder, sino cómo hacerlo de manera sistemática y consciente. Aquí es donde el debate debe trasladarse del ámbito individual, al estructural. No basta con recomendar a madres y padres que “no sobreprotejan” a sus hijos/as, se requiere una estrategia integral que articule políticas públicas, prácticas pedagógicas y transformaciones culturales. Desde el ámbito normativo, sería pertinente incorporar de manera explícita el desarrollo de habilidades socioemocionales, -incluida la tolerancia a la frustración-, en los planes y programas de estudio de la educación básica. Aunque la llamada “educación socioemocional” ya figura en el discurso oficial, su implementación sigue siendo desigual y, en muchos casos, superficial. Se necesita formación docente especializada y evaluación sistemática de estas competencias.

En el plano pedagógico, es indispensable transformar la lógica de la evaluación. Pasar de un modelo centrado en resultados a uno orientado al proceso permitiría normalizar el error como parte del aprendizaje. Esto implica diseñar actividades donde el fracaso sea posible, incluso esperado, y donde se acompañe al o a la estudiante, en la reflexión sobre sus errores. Ahora bien, desde la política pública, podrían impulsarse campañas nacionales que resignifiquen el fracaso. Así como se promueven hábitos de salud o prevención de riesgos, también es posible fomentar una cultura donde equivocarse no sea motivo de vergüenza, sino de aprendizaje. Países con altos niveles de innovación han logrado avanzar precisamente porque han desestigmatizado el error. En cuanto al ámbito social, es necesario cuestionar los discursos que exaltan el éxito inmediato y desprecian el esfuerzo sostenido. Las redes sociales, los medios y la cultura popular juegan un papel clave en la construcción de expectativas. Mostrar historias de fracaso, procesos largos y trayectorias no lineales, puede contribuir a generar referentes más realistas.

Finalmente, en el entorno familiar, el cambio demanda permitir que niñas y niños enfrenten pequeñas derrotas cotidianas: perder un juego, equivocarse en una tarea, no obtener siempre lo que desean. Lejos de ser experiencias negativas, estos momentos son oportunidades para construir fortaleza emocional. Los beneficios de una sociedad que sabe perder son múltiples: individuos más resilientes, capaces de adaptarse a contextos cambiantes; estudiantes más persistentes, dispuestos/as a aprender del error; profesionales más innovadores, abiertos al riesgo; ciudadanos/as más tolerantes, capaces de dialogar sin colapsar ante la diferencia. Enseñar a perder es enseñar a vivir. Porque la vida, inevitablemente, implica pérdidas: de oportunidades, de certezas, de personas, de expectativas. Preparar a las nuevas generaciones para enfrentar esas experiencias con dignidad, inteligencia emocional y sentido crítico no es un lujo pedagógico, sino una necesidad social urgente.

México no necesita sólo ganadores/as…demanda personas que, cuando pierdan, -porque en la vida siempre sucederá-, sepan levantarse, aprender y volver a intentarlo, asumiendo que ahí es donde inicia el verdadero éxito.

Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.