«Aprender a perder: La tarea pendiente de la salud emocional en México»

Por: Alejandra Salgado Romero

“Las emociones que no encuentran cauce en el espacio público tienden a deformarse en lo privado”
Hannah Arendt

Perder es, quizás, la experiencia más universal de la condición humana; sin embargo, también es una de las menos comprendidas, menos acompañadas y, en muchos casos, menos atendidas desde la vida pública. Perdemos personas, proyectos, etapas, certezas… perdemos vínculos, salud, estabilidad. Y aun así, seguimos viviendo en una cultura que exige fortaleza inmediata, silencio emocional y, con frecuencia, una negación sistemática del dolor. Somos un país que celebra la muerte en el imaginario cultural, -basta pensar en el peso simbólico del Día de Muertos-, pero que, paradójicamente, carece de herramientas generalizadas para acompañar el duelo en la vida cotidiana: la muerte se ritualiza, pero el dolor se privatiza.

Según especialistas, el duelo no es una anomalía, es un proceso. La evidencia académica, -incluida la generada por la Universidad Nacional Autónoma de México-, ha señalado que el duelo es un mecanismo de adaptación ante pérdidas significativas, no limitado a la muerte, sino extendido a rupturas afectivas, pérdidas laborales o cambios vitales profundos; reconocer su universalidad no implica trivializar su impacto. En México, los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) muestran que cada año se registran cientos de miles de defunciones, lo que se traduce en millones de personas atravesando procesos de duelo de manera simultánea. A ello se suma el impacto aún reciente de la pandemia por COVID-19, que dejó una mortalidad excedente superior a las 700 mil personas, generando duelos en condiciones extraordinarias, muchas veces sin despedidas ni acompañamiento.

Pese a todo lo anterior, la atención emocional sigue siendo marginal. Estudios difundidos por instancias de salud y medios especializados coinciden en que apenas entre el 5% y el 10% de quienes atraviesan un duelo buscan apoyo profesional. Esta cifra refleja no sólo una carencia institucional, sino una barrera cultural profundamente arraigada. La psicología contemporánea ha documentado ampliamente que el duelo no elaborado puede derivar en trastornos como depresión, ansiedad o estrés postraumático. Pero más allá del ámbito clínico, existe un deterioro silencioso en la calidad de vida, la capacidad de vinculación y la estabilidad emocional. Elisabeth Kübler-Ross propuso que el duelo atraviesa distintas etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación, no como una secuencia rígida, sino como un mapa posible del tránsito emocional ante la pérdida.

En el contexto mexicano, estas etapas suelen enfrentarse bajo un mandato cultural que privilegia la contención emocional: “hay que ser fuerte”. Pero esta fortaleza, entendida como silencio, puede convertirse en un obstáculo. Frente a este panorama, la tanatología emerge como una disciplina indispensable. Más que una especialidad médica, se trata de un campo interdisciplinario que busca comprender la muerte y acompañar los procesos de duelo desde una perspectiva integral. Instituciones como el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) han iniciado a incorporar servicios de acompañamiento tanatológico, reconociendo su impacto en la salud integral de las personas. No obstante, estos esfuerzos son aún insuficientes frente a la magnitud del fenómeno. La tanatología sigue siendo poco conocida, y su acceso, limitado.

Si aceptamos que la pérdida es inevitable, entonces la pregunta ya no es si debemos afrontarla, sino cómo hacerlo mejor. Y esa respuesta requiere una combinación de políticas públicas, transformación cultural y responsabilidad individual. Primero, es indispensable incorporar la educación emocional en el sistema educativo mexicano. Desde la infancia, niñas, niños y adolescentes deberían contar con herramientas para reconocer, nombrar y gestionar emociones. Aprender a perder también es aprender a vivir. Países que han integrado programas de educación socioemocional muestran mejoras significativas en bienestar psicológico y convivencia social. También resulta urgente fortalecer la atención pública en salud mental y tanatología. Esto implica ampliar la cobertura de servicios psicológicos en instituciones públicas en hospitales de tercer nivel, pero también en centros de salud comunitarios. La pérdida no distingue entre contextos socioeconómicos, pero las herramientas para afrontarla sí lo hacen. Así mismo se requiere una estrategia nacional de sensibilización sobre el duelo. Así como se han impulsado campañas en torno a la salud física, es necesario visibilizar la salud emocional como un componente central del bienestar. Hablar del duelo debe dejar de ser un tabú. También, es fundamental fortalecer las redes comunitarias. En muchas regiones de México, las comunidades han desarrollado formas tradicionales de acompañamiento ante la pérdida. Recuperar y resignificar estas prácticas puede ser clave para construir modelos culturalmente pertinentes de apoyo emocional. Resulta además necesario formar a profesionales no especializados, -docentes, personal de salud, servidores públicos-, en herramientas básicas de contención emocional. En un país donde las pérdidas son frecuentes, el primer contacto puede marcar la diferencia entre un duelo acompañado y uno solitario. Finalmente, a nivel individual, es indispensable promover una ética del cuidado emocional, lo que implica reconocer que el dolor no debe ser evitado ni minimizado, sino comprendido. Implica también aprender a pedir ayuda y a ofrecerla.

Diversos estudios en psicología han identificado lo que se conoce como “crecimiento postraumático”: la capacidad de algunas personas para encontrar sentido, fortaleza y transformación a partir de experiencias de pérdida. Esto no ocurre de manera automática, pero sí es posible cuando existen las condiciones adecuadas. No se trata de romantizar el dolor, sino de reconocer que, acompañado adecuadamente, puede convertirse en una fuente de aprendizaje profundo. En México, esta posibilidad es particularmente relevante. Somos un país atravesado por pérdidas, -históricas, sociales, personales-, pero también por una enorme capacidad de resiliencia. La pregunta es si seremos capaces de traducir esa resiliencia en una política pública y en una cultura emocional consciente. La forma en que afrontamos las pérdidas no sólo define nuestra vida individual, sino también nuestra calidad como sociedad. Una sociedad que niega el duelo se fragmenta. Una que lo acompaña se fortalece.

La tanatología, en este sentido, no es un lujo ni una especialidad marginal. Es una herramienta esencial para la vida contemporánea. Nos enseña que el duelo no se supera en el sentido de olvidar, sino que se integra. Que la pérdida no desaparece, pero puede resignificarse. Que el dolor no se elimina, pero puede transformarse. Y esa transformación es, en última instancia, una de las expresiones más profundas de la condición humana.


Aprender a perder, entonces, no es resignarse. Es desarrollar la capacidad de reconstruirse. Es entender que la vida está hecha también de ausencias, y que en la manera en que las habitamos se define nuestra fortaleza. En México asumir esta tarea no es opcional, sino una urgencia ética, social y humana. Porque vivir con plenitud, conciencia y dignidad, también implica aprender a despedirse y a perder.


Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.