“NACER EN MÉXICO: LA URGENCIA DE UN SISTEMA DE CUIDADOS DESDE LA CUNA”
“El trabajo reproductivo sostiene toda la economía”
Silvia Federici
En México, cada nacimiento debería ser motivo de esperanza colectiva. Sin embargo, para millones de mujeres el nacimiento de una hija o un hijo también marca el inicio de una preocupación profunda: cómo cuidar al recién nacido/a, mientras se mantiene la posibilidad de trabajar y sostener, -o contribuir a-, el hogar. Lo anterior, se puede ver a través de escenas que nos resultan dolorosamente cotidianas: una madre con licencia de maternidad que se agota demasiado pronto, un empleo informal que no ofrece ninguna protección, una abuela que ayuda cuando y como puede, una persona contratada sin capacitación o una guardería que genera incertidumbre. En medio de esas decisiones se encuentra un ser humano de apenas semanas de vida, absolutamente dependiente del cuidado de otras personas. El debate sobre el sistema de cuidados no es un tema menor; es, en realidad, una de las discusiones centrales sobre igualdad, desarrollo económico y derechos humanos en México.
Durante décadas, el cuidado ha sido tratado como un asunto privado, cuando en realidad constituye uno de los pilares silenciosos de cualquier sociedad. Según estimaciones oficiales, si el trabajo de cuidados no remunerado se contabilizara económicamente, equivaldría a más de una cuarta parte del Producto Interno Bruto del país; es decir, la economía mexicana descansa en gran medida sobre millones de horas de trabajo doméstico y de cuidado, que no reciben salario. El problema se hace más crítico cuando se tiene claro que ese trabajo tiene rostro de mujer. En México, tres de cada cuatro personas que realizan labores de cuidado son mujeres, lo que refleja una profunda desigualdad estructural en la distribución del tiempo y las responsabilidades dentro de los hogares. Como ha señalado la economista feminista Nancy Folbre, una de las principales especialistas en economía del cuidado: “El cuidado es el trabajo que hace posible todos los demás trabajos”. Y sí, sin ese trabajo invisible, simplemente no existiría la economía productiva.
Este problema se vuelve especialmente crítico en los primeros meses de vida de una niña o un niño. Las y los recién nacidos requieren cuidados permanentes: alimentación constante, supervisión médica, higiene rigurosa, estimulación temprana y una atención emocional que es clave para su desarrollo neurológico. No se trata solamente de “vigilar” a un o una bebé, sino de garantizar condiciones adecuadas para el desarrollo físico, cognitivo y emocional. Debemos tener claro que su supervivencia y desarrollo dependen totalmente del entorno de cuidado que le rodea, ese que muchas veces se construye en México en condiciones de precariedad.
En los últimos años, el país ha comenzado a avanzar hacia la construcción de un Sistema Nacional de Cuidados, una política pública que busca articular programas sociales, servicios e infraestructura para apoyar a las personas que requieren cuidados y a quienes los brindan. Para 2026, el presupuesto relacionado con este sistema asciende a 466 mil millones de pesos, lo que equivale aproximadamente al 1.2 % del Producto Interno Bruto. Estos recursos están agrupados en el llamado Anexo Transversal 31 del Presupuesto de Egresos, que integra programas de salud, bienestar y atención social vinculados con los cuidados. Entre los programas específicos destacan los servicios de guarderías del Instituto Mexicano del Seguro Social, que reciben más de 17 mil millones de pesos, además de servicios similares en el ISSSTE y apoyos para hijas e hijos de madres trabajadoras.
Además, el gobierno federal ha anunciado la creación de Centros de Educación y Cuidado Infantil (CECI), con la meta de construir mil centros en distintos municipios del país y generar alrededor de medio millón de espacios para niñas y niños de entre 43 días y cuatro años de edad. Se trata de avances
importantes, pero todavía insuficientes frente a la magnitud del desafío. Uno de los principales retos del sistema de cuidados en México es que la mayor parte de los servicios formales están vinculados al empleo con seguridad social, lo que deja fuera a millones de familias. De acuerdo con análisis del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria, más del 80 % del presupuesto para cuidado infantil se concentra en instituciones de seguridad social, lo que limita el acceso de niñas y niños cuyos padres trabajan en la informalidad… y en México, la informalidad laboral sigue siendo enorme, lo que significa que muchas madres que necesitan trabajar, simplemente no tienen acceso a guarderías públicas confiables. Ante ello, la alternativa suele ser dejar al o a la bebé con familiares, vecinas o personas contratadas sin certificación ni supervisión, y por ende, la seguridad de los recién nacidos depende muchas veces de la improvisación.
El cuidado infantil no es un servicio cualquiera, requiere estándares profesionales rigurosos. La regulación de centros de cuidado infantil debe garantizar al menos cuatro elementos esenciales: a) Personal capacitado en atención infantil; b) Supervisión permanente de las autoridades; c) Protocolos de seguridad y prevención de abusos; y, d) Infraestructura adecuada para bebés. La psicóloga y teórica feminista Carol Gilligan lo explicó con claridad al desarrollar la llamada ética del cuidado: “El cuidado es una responsabilidad humana fundamental”, cuando el Estado reconoce esa responsabilidad, la convierte en política pública, porque cuidar también es una cuestión económica. El debate sobre los cuidados no sólo es social o ético, también es económico. En México, apenas 45 de cada 100 mujeres participan en el mercado laboral, mientras que la cifra entre los hombres alcanza aproximadamente 75 de cada 100. La brecha no se explica únicamente por educación o capacidades. Una parte importante se debe a la distribución desigual del cuidado dentro de los hogares. Diversos estudios han señalado que, si la participación laboral de las mujeres alcanzara niveles similares a la de los hombres, el ingreso per cápita del país podría aumentar hasta 22 %, por lo que invertir en un sistema de cuidados no es sólo una política social, también es una estrategia de crecimiento económico.
Uno de los cambios culturales más urgentes tiene que ver con la corresponsabilidad. Durante generaciones se ha asumido que el cuidado de los hijos/as es responsabilidad casi exclusiva de las mujeres. Esa idea no sólo es injusta, también es insostenible. Las políticas modernas de cuidados deben incluir licencias de paternidad más amplias, horarios laborales flexibles, corresponsabilidad familiar y participación comunitaria, entre muchos otros factores. El cuidado debe ser una responsabilidad compartida entre Estado, familias, iniciativa privada y comunidad, bajo el precepto de que toda vida humana merece protección desde el momento en que comienza y que las y los recién nacidos son, quizá, el sector más vulnerable de la sociedad, ya que su bienestar depende completamente de quienes les rodean. Invertir en cuidados durante la primera infancia no es un lujo ni un gasto superfluo, es una inversión estratégica en el futuro de cualquier país. Una sociedad que aprende a cuidar a sus bebés, está aprendiendo a cuidar su propio futuro. Porque cuidar a un recién nacido no debería ser un acto de heroísmo individual de las madres, sino un compromiso colectivo de la sociedad.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
