El sarampión en México, en 2026

Por: Alejandra Salgado Romero

“Las vacunas no solo protegen a quienes las reciben, protegen a comunidades enteras.”
Tedros Adhanom Ghebreyesus

A pesar de su alta transmisibilidad y sus posibles complicaciones graves, el sarampión había quedado prácticamente como un recuerdo del pasado en México. Décadas de campañas de vacunación sostenidas lo habían convertido en una enfermedad rara en el país. Sin embargo, hoy nos enfrentamos de nuevo a un desafío, con consecuencias tangibles para la salud pública: el resurgimiento del sarampión desde 2025, que ha llevado al país a una situación sanitaria que no se veía desde hace años. El sarampión es una enfermedad viral aguda, causada por un virus, altamente contagiosa. Se transmite fácilmente a través del aire, por gotículas respiratorias que quedan en el ambiente tras una tos o estornudo de una persona infectada. Clínicamente se manifiesta con fiebre alta, tos, congestión nasal, conjuntivitis y un exantema característico que se extiende por todo el cuerpo. Si bien muchos casos son autolimitados, las complicaciones pueden ser severas: neumonía, encefalitis, deshidratación y, en algunos casos, la muerte. La enfermedad es especialmente peligrosa en menores de edad no vacunados y adultos con inmunidad incompleta.

Hasta hace pocos años, México mantenía coberturas de vacunación lo bastante altas como para sostener la llamada “inmunidad de rebaño”: niveles superiores al 95 % con dos dosis de vacuna contra el sarampión, según las recomendaciones internacionales. Esa alta cobertura fue el resultado de décadas de esfuerzo sostenido por parte de las autoridades sanitarias. Sin embargo, esa barrera inmunitaria comenzó a deteriorarse en años recientes. Diversos factores contribuyeron a ello: interrupciones de los servicios de vacunación durante la pandemia de COVID-19, fallas en la logística de aplicación de vacunas, brechas reales en zonas rurales y poblaciones marginadas, así como un aumento de la desinformación y de movimientos antivacunas que sembraron dudas sobre la seguridad y eficacia de las inmunizaciones.
La consecuencia de ese deterioro es dramática y observable en cifras que, a estas alturas de 2026, ya constituyen un evidente retroceso en la lucha contra el sarampión: desde el inicio del brote que tomó fuerza en 2025, México ha reportado más de 9 000 casos confirmados de sarampión y al menos 28 muertes asociadas al virus. En los primeros meses de 2026, la enfermedad continúa expandiéndose, con casos ya reportados en todas las entidades federativas del país, incluidas las que históricamente habían tenido muy bajo riesgo. Frente a este escenario, el Gobierno de México ha decidido implementar acciones concretas de vacunación y expansión de puntos de atención sanitaria en todo el país. El objetivo es lograr contener la circulación del virus antes de que la situación se agrave aún más.
La Secretaría de Salud federal y las autoridades estatales han desplegado una estrategia de vacunación masiva, que contempla: a) Campañas de inmunización intensiva en centros de salud fijos y móviles; b) Instalación de módulos de vacunación en lugares de gran afluencia (terminales, mercados, escuelas); c) Estratificación de riesgo para identificar zonas y grupos con mayor transmisión; y, d) Vacunación de cercos epidemiológicos alrededor de casos confirmados. El objetivo de estas acciones es, ante todo, recuperar la inmunidad colectiva que se ha perdido. La vacunación, en este frente, no es sólo una medida de protección individual, sino la herramienta más eficaz para frenar una epidemia que puede propagarse rápidamente y con efectos devastadores en comunidades vulnerables.
La estrategia gubernamental ha extendido la recomendación de vacunación más allá del grupo tradicionalmente asociado al sarampión (niños/as pequeños/as). La Secretaría de Salud ha llamado a que se vacunen: a) Niños/as desde los seis meses de edad, conforme a los esquemas establecidos; b) Adolescentes y adultos/as jóvenes hasta los 49 años, especialmente si no tienen un esquema completo de dos dosis registrado; c) Personal de salud, docentes y trabajadores/as con alto nivel de exposición social; y, d) Quienes no recuerden haber recibido las dosis recomendadas o no cuenten con documentos que respalden su protección. Esta ampliación de la cobertura es importante: gran parte de los casos y de las muertes recientes se presenta en personas con esquemas incompletos de vacunación o completamente no vacunadas. La evidencia epidemiológica es contundente: la falta de vacunación es el principal factor de riesgo en este brote.
La vacunación no es una medida exclusiva de cuidado personal. En epidemiología se habla de “inmunidad de rebaño” porque una comunidad protegida es capaz de frenar la transmisión de un agente infeccioso antes de que llegue a las personas más vulnerables, como bebés que aún no completan su calendario de vacunas o adultos con condiciones médicas que los ponen en riesgo. Cuando una persona decide no vacunarse sin razones médicas justificadas, no sólo pone en riesgo su propia salud, sino que reduce esa barrera comunitaria que protege a quienes no pueden desarrollar una respuesta inmune robusta. El sarampión, por su alta transmisibilidad, exige coberturas de vacunación extremadamente altas para impedir brotes. Cuando ese umbral se fractura, lo que ocurre es exactamente lo que estamos viendo: un retroceso en la lucha sanitaria que costó décadas de esfuerzo consolidar.
Vacunarse no es únicamente una decisión individual; es un acto de solidaridad. Es reconocer que nuestras decisiones impactan a las personas que nos rodean: a nuestros hijos/as, hermanos/as, vecinos/as y a quienes comparten un aula, una oficina o un transporte público. Hay quienes argumentan desconfianza hacia las vacunas, o prefieren recurrir a remedios alternativos sin base científica. Este brote nos recuerda que no hay sustituto para una vacuna eficaz contra una enfermedad que puede matar o dejar secuelas graves en pacientes sanos. La ciencia ha probado de manera incontestable la seguridad y la eficacia de las vacunas contra el sarampión a lo largo de muchos años. Rechazar esa evidencia en un contexto de brote es no solo peligroso, sino socialmente irresponsable.
Las autoridades han puesto a disposición millones de dosis suficientes para cubrir las necesidades nacionales. La infraestructura de vacunación se ha reforzado. Los puntos de atención están abiertos y la vacuna es gratuita y accesible. Si realmente nos importa el bienestar colectivo, vacunarnos debe ser una prioridad, no por imposición, sino por convicción. El sarampión en México en 2026 no es un hecho aislado ni un episodio menor. Es la manifestación de un desafío fundamental de salud pública: si no mantenemos coberturas de vacunación altas, las enfermedades prevenibles regresan con fuerza. El brote actual nos obliga a reflexionar sobre cómo gestionamos la salud colectiva, cómo valoramos las instituciones sanitarias y cómo cada persona aporta, -o resta-, a la protección de todos y todas. Vacunarse hoy es, más que un acto de salud, una responsabilidad ciudadana elemental.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.