Cultura de paz en el 2026

Por: Cultura de paz en el 2026

“No hay camino para la paz, la paz es el camino”
Mahatma Gandhi

La cultura de paz es un enfoque integral que va más allá de la mera ausencia de violencia. Se trata de la promoción sistemática de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y previenen los conflictos, mediante la educación, la tolerancia, el respeto a los derechos humanos y la cooperación social. Más que una aspiración ética, es una herramienta práctica que permite a las sociedades construir relaciones humanas basadas en el entendimiento mutuo, la justicia y la solidaridad. En esencia, una cultura de paz implica valorar la vida humana y la dignidad de todas las personas, reconocer la diversidad como una fuente de enriquecimiento y fomentar los mecanismos institucionales que faciliten soluciones no violentas a los conflictos. Organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) sostienen que “la violencia es un comportamiento cultural aprendido, y por tanto puede desaprenderse; la paz no es sólo el opuesto pasivo de la violencia, sino una práctica activa que requiere compromiso y transformaciones culturales profundas”. El año 2026 constituye un momento clave para reflexionar sobre cómo hemos transitado desde planteamientos tradicionales de seguridad hacia modelos más integrales de convivencia pacífica, y por qué este cambio de paradigma es indispensable para nuestro futuro cercano.

Históricamente, durante el Siglo XX, los enfoques de paz estaban centrados principalmente en acuerdos entre Estados y la prevención de guerras. Fenómenos globales como el terrorismo, la violencia urbana y el crimen organizado, evidenciaron que la ausencia de conflictos armados no garantizaba la seguridad ni la convivencia pacífica dentro de las sociedades. Para el Siglo XXI, la comunidad internacional comenzó a hablar de paz positiva, no sólo como ausencia de violencia, sino como presencia de justicia, equidad, inclusión social y respeto a los derechos humanos. Construir una cultura de paz se convirtió así en una tarea multisectorial, donde la educación, la justicia, la participación ciudadana, los medios de comunicación y la vida familiar juegan un papel central.

Las estadísticas recientes muestran que, a pesar de décadas de esfuerzos internacionales por reducir la violencia, aún prevalece un nivel alarmante en muchas partes del mundo. Según datos asociados al Índice de Paz Global 2025, el impacto económico de la violencia a nivel global alcanzó casi 20 billones de dólares, lo que equivale a más del 11 % del PIB mundial, reflejando las enormes pérdidas humanas y materiales que generan los conflictos, la criminalidad y las expresiones de violencia social. En este contexto, México enfrenta un panorama complejo. El Mexico Peace Index indica que la paz en el país ha mostrado leves mejoras en algunos indicadores recientes, pero sigue siendo mucho más baja que hace una década. Dicho índice mide aspectos como homicidios, crímenes con armas, desapariciones y percepción de inseguridad.

En la última década, México ha registrado tensiones crónicas por la violencia asociada al crimen organizado y al narcotráfico. Entre 2015 y 2024, el nivel de paz deterioró alrededor de 13 %, y durante ese periodo la tasa de homicidios subió significativamente, de aproximadamente 15 a más de 23 por cada 100 000 habitantes, con más de 300 000 personas asesinadas en esos diez años. Aún cuando el gobierno federal ha reportado una reducción en la tasa de homicidios, llegando en 2025 a 17.5 homicidios por cada 100 000 habitantes, -el nivel más bajo desde 2016-, especialistas advierten que estos datos pueden no reflejar la complejidad real de la violencia, pues cifras de desapariciones y otros delitos continúan siendo elevadas. Además, los desplazamientos internos a causa de la violencia casi se duplicaron en 2024, alcanzando unos 26 000 desplazados forzados dentro del país, lo que sitúa a México entre los países más afectados de América Latina.

En Guerrero, la violencia representa un desafío particularmente fuerte y persistente. Este estado, con una larga historia de disputas territoriales, crimen organizado y contextos de pobreza estructural, ha sido identificado como uno de los más violentos de México. Aunque también se han implementado iniciativas estatales y federales orientadas a la atención de causas estructurales de violencia, -como mesas de paz, jornadas comunitarias y programas sociales en municipios prioritarios-, la realidad sigue siendo compleja y requiere estrategias mucho más amplias y profundas. Ante este desolador y complejo panorama, la promoción de una cultura de paz no es ya una opción sociocultural o filosófica: se vuelve una necesidad urgente para garantizar la convivencia, la seguridad humana y el desarrollo sostenible. Cuando la violencia permea el tejido social, los efectos son múltiples: miedo, inseguridad estructural, debilitamiento del tejido comunitario, fractura de la confianza social, y costos económicos y emocionales incalculables.

Una cultura de paz lucha, precisamente, contra esas consecuencias al promover: a) La resolución pacífica de conflictos, evitando que las divergencias personales o colectivas se traduzcan en agresiones físicas o simbólicas; b) El respeto por los derechos humanos como base de cualquier interacción social legítima; c) La educación emocional y ética que fomente empatía, tolerancia y habilidades para la convivencia pacífica; y, d) La participación responsable de la ciudadanía, construyendo espacios en donde el diálogo y la cooperación sean los mecanismos para la toma de decisiones. Este enfoque implica que todos los sectores de la sociedad, -familias, escuelas, medios de comunicación, instituciones públicas y privadas-, tienen un papel imprescindible. os medios y las instituciones como pilares de paz.

En 2026 resulta evidente que las respuestas puramente represivas o punitivas no han sido suficientes para erradicar la violencia en toda su complejidad. El camino hacia una convivencia más armoniosa pasa por transformar las raíces culturales y sociales del comportamiento humano. No podemos limitarnos a reaccionar ante la violencia: debemos prevenirla desde sus causas profundas. Construir una cultura de paz es un compromiso colectivo que nos interpela a todos y todas. Promover una cultura de paz obligatoriamente debe estar en el centro de las prioridades familiares, educativas, mediáticas e institucionales, si queremos construir una sociedad más humana, justa y armoniosa para las generaciones presentes y futuras.

Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.