26 de enero, Día Mundial de la Educación Ambiental
Por: Alejandra Salgado Romero
“La educación ambiental debe preparar a las personas para comprender la complejidad del medio ambiente y para actuar responsablemente en la búsqueda de soluciones a los problemas ambientales”
María Novo
Cada 26 de enero se conmemora, desde mediados de la década de 1970, el Día Mundial de la Educación Ambiental, una efeméride nacida de la necesidad de vincular el conocimiento con la acción para enfrentar los retos ecológicos que amenazan el equilibrio de la vida en el planeta. La idea de esta celebración se gestó con fuerza en el Seminario Internacional de Educación Ambiental, efectuado en Belgrado en 1975, donde se establecieron los principios que dieron forma a lo que hoy entendemos por educación ambiental y se consolidó la llamada Carta de Belgrado como un marco global para orientar estrategias de sensibilización y participación. La educación ambiental, sin embargo, tiene raíces aún más profundas: ya en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano de Estocolmo de 1972 se reconoció de manera explícita que la educación en materia ambiental es indispensable para que tanto jóvenes como adultos puedan entender y asumir la responsabilidad de proteger su entorno.
La educación ambiental no puede quedar en iniciativas aisladas ni en proyectos secundarios, sino que debe formar parte esencial del sistema educativo formal de cada país, y de manera particular en México, con énfasis en la educación básica, puesto que aún cuando la educación ambiental ha sido reconocida como una pieza importante dentro de las políticas educativas y ambientales, sigue siendo insuficiente su integración real en el currículo escolar. Organismos internacionales como la UNESCO han insistido en que la educación para el desarrollo sostenible, -de la cual forma parte la educación ambiental-, debe estar presente en todos los niveles educativos y ser una herramienta para la formación de una ciudadanía consciente y competente frente a los desafíos climáticos, de biodiversidad y de convivencia con la naturaleza. Además, desde hace años se han impulsado estrategias como la inclusión de temas ambientales en los libros de texto gratuitos, sobre todo en asignaturas como Ciencias Naturales, donde ya se aborda la relación entre la contaminación del aire, el cambio climático y la salud.
Sin embargo, existe una brecha entre lo que está plasmado en documentos oficiales y lo que realmente se vive en las aulas. Investigaciones educativas han señalado que, aunque la política educativa nacional establece la transversalidad de la educación ambiental en el currículo básico, en la práctica su implementación es desigual y depende en gran medida del compromiso, la capacitación y la creatividad de cada docente. Es decir, la educación ambiental sigue siendo un complemento opcional y no una columna vertebral del proceso formativo.
El medio ambiente en México enfrenta riesgos crecientes que no pueden ser ignorados: nuestro país está entre las naciones con retos importantes en materia de cambio climático, donde se prevé que las emisiones de gases de efecto invernadero sigan siendo un punto crítico si no se adoptan acciones colectivas de mitigación y adaptación. A nivel local, ciudades industriales han registrado desafíos severos de contaminación del aire que impactan directamente la salud de millones de personas, especialmente niños y niñas, quienes son más vulnerables a partículas contaminantes y toxinas. Estos ejemplos muestran que los problemas ambientales ya no son una cuestión abstracta o distante: afectan la calidad de vida cotidiana, la salud pública y la economía de comunidades enteras.
En este contexto, la educación básica se convierte en el espacio ideal para sembrar no sólo conocimientos, sino también valores y prácticas que acompañen a las personas a lo largo de toda su vida. Desde preescolar y primaria hasta secundaria, es imprescindible que las y los estudiantes internalicen conceptos como la interdependencia entre sociedad y naturaleza, el impacto de los hábitos de consumo, la importancia de conservar la biodiversidad, o la relación entre el uso del agua y la vida cotidiana. Más allá de los contenidos, lo que se requiere es transformar actitudes y comportamientos. No basta con saber qué es el cambio climático o cómo funciona un ecosistema: es necesario que ese conocimiento se traduzca en acciones concretas, desde la separación de residuos y el uso eficiente de recursos, hasta la participación en proyectos comunitarios de restauración ecológica.
El enfoque de la Nueva Escuela Mexicana (NEM) propone una educación integral, centrada en el respeto a los derechos humanos, la equidad y la inclusión. Dentro de su marco también se contempla el desarrollo de competencias para la vida, con énfasis en el pensamiento crítico, la autogestión del aprendizaje y la responsabilidad social. Si bien la NEM abre la puerta a incluir la educación ambiental como parte de un proyecto educativo holístico, su implementación efectiva sigue siendo un desafío. No se trata sólo de incorporar contenidos ambientales en planes de estudio o actividades puntuales, sino de transformar la cultura escolar para que el cuidado del medio ambiente sea parte natural del proceso educativo. Esto implica, -entre otras cosas-, capacitar a docentes de todos los niveles en pedagogías ambientales que vayan más allá de la transmisión de información y promuevan proyectos de acción real, incorporar prácticas ambientales en la gestión de las escuelas: uso racional de energía y agua, huertos escolares, programas de reciclaje y compostaje, espacios verdes educativos, y monitoreo de indicadores ecológicos, diseñar proyectos transversales que articulen diferentes áreas del conocimiento (ciencias, matemáticas, historia, artes) con problemáticas ambientales reales.
Pero si hay algo que debe quedar claro es que la educación ambiental no se agota dentro de las aulas. Su verdadera fuerza radica en su capacidad de sembrar cambios en estilos de vida. La congruencia entre lo que enseñamos y lo que hacemos es indispensable. La educación ambiental verdaderamente transformadora requiere coherencia: que los gobiernos, las empresas, las escuelas y las familias adopten estilos de vida que respeten, cuiden y protejan el entorno. Esto implica decisiones tan sencillas como reducir el uso de plásticos de un solo uso, optar por transportes no motorizados, consumir de manera responsable, apoyar iniciativas de restauración ecológica y exigir políticas públicas que prioricen la salud ambiental. Estamos hablando de garantizar no sólo nuestra calidad de vida, sino nuestra supervivencia como especie humana. Las generaciones futuras dependen de las decisiones que tomemos hoy: si seguimos relegando la educación ambiental a un rincón del currículo, estaremos condenándolas a enfrentar un planeta más deteriorado, con recursos más escasos y con desigualdades ambientales más profundas. Porque cuidar el planeta no es una opción: es una necesidad impostergable… y la educación es, sin duda, la herramienta más poderosa para lograrlo.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
