CERRAR CICLOS: LA NECESIDAD ANCESTRAL Y CONTEMPORÁNEA DE DESPEDIR PARA RENACER

Por: Alejandra Salgado Romero

“Los nuevos comienzos suelen estar disfrazados de finales dolorosos”
Lao Tsé

A lo largo de la historia, el ser humano ha sentido la necesidad de marcar transiciones vitales: la eliminación de lo viejo, para abrir paso a lo nuevo. Esta conciencia de “cerrar ciclos”, está arraigada en rituales ancestrales y persiste en nuestras prácticas cotidianas, especialmente en la manera en que vivimos el final y el comienzo de un año. Más que una tradición festiva, cerrar ciclos es un proceso emocional, social y hasta biológico con impacto profundo en nuestro bienestar individual y colectivo.

En las culturas antiguas, despedir el año no era simplemente contar días. Los pueblos mesoamericanos, por ejemplo, concebían el tiempo como un flujo cíclico, en donde cada ciclo concluido era una oportunidad de renovación espiritual. Los mexicas celebraban el “Xiuhmolpilli” o “atado del año”, un ritual para liberar cargas del pasado y reafirmar la conexión con la fertilidad, el cosmos y la comunidad. Similarmente, en China el Año Nuevo Lunar se vive como una limpieza simbólica: se barre el polvo del año viejo para recibir fortuna y renovación. En Mesoamérica, los pueblos originarios concebían la existencia como una sucesión de ciclos que debían cerrarse adecuadamente para garantizar el equilibrio entre la naturaleza, la comunidad y lo sagrado. El fin de un periodo implicaba rituales de purificación, agradecimiento y renovación. Nada se cerraba sin antes reconocer lo vivido. Esta visión no era exclusiva de nuestra región. En la antigua Roma, el mes de enero, -dedicado a Jano, Dios de las puertas y los comienzos-, representaba simultáneamente el mirar hacia atrás y hacia adelante. En Oriente, celebraciones como el Año Nuevo Lunar enfatizan la limpieza del hogar, la reconciliación familiar y el deseo consciente de prosperidad y armonía. En todas estas prácticas subyace una certeza compartida: el ser humano necesita marcar cierres para poder avanzar con mayor claridad.

Este arraigo ritual responde a una necesidad humana fundamental: “la gestión emocional de la transición”. Diversos estudios en psicología sugieren que los rituales de cierre ayudan a organizar la mente ante el cambio, reducen la ansiedad y permiten proyectarnos hacia el futuro con mayor claridad. La investigadora Natasha Schüll, en “Addiction by Design”, aborda cómo los rituales estructuran comportamientos y expectativas, ayudando a procesar pérdidas y establecer nuevos propósitos.

Hoy, en sociedades hiperveloces y globalizadas, la transición entre un año y otro puede sentirse superficial, reducida a celebraciones, tradiciones cargadas de simbolismos, pero muchas veces carentes de espiritualidad y una escandalosa cantidad de fuegos artificiales. Sin embargo, las implicaciones psicológicas persisten. Investigaciones recientes en ciencias del comportamiento demuestran que períodos como diciembre y enero involucran un aumento en la introspección, la evaluación de metas y la fijación de nuevos objetivos. Puede haber efectos negativos si este proceso se vive con excesiva presión o comparaciones sociales, -por ejemplo, al confrontar metas no alcanzadas con ideales inalcanzables en redes sociales-, lo que puede generar frustración o autocrítica excesiva. Aun así, si se aborda con conciencia y realismo, este lapso anual puede convertirse en un espacio de cierre emocional, reorganización de prioridades y planificación con propósito.

El cierre de ciclos no es un mero símbolo; tiene efecto sobre nuestra salud mental y social. Estudios en neurociencia emocional señalan que dar significado a nuestras experiencias facilita la regulación del estrés y refuerza el sentido de identidad. Desde este punto de vista, despedir conscientemente lo que ya no nos sirve, -patrones, relaciones tóxicas, creencias limitantes-, se convierte en una práctica vital para cultivar una vida más saludable y comprometida.

Cerrar ciclos nos invita a recapitular aprendizajes, a agradecer lo vivido y a trazar rutas más alineadas con nuestros valores. Si se evade este ejercicio, cargamos frustraciones y repetimos patrones que nos mantienen en un estancamiento emocional o social. En México, la despedida de un año y la llegada del siguiente no sólo es una celebración familiar y comunitaria, sino un momento de esperanza compartida. Las costumbres populares, -como comer las doce uvas a medianoche, barrer la casa, o encender velas de colores según nuestros deseos-, son rituales cotidianos que expresan una misma aspiración ancestral: dejar atrás lo que pesa y abrirnos a lo que puede construirnos… o reconstruirnos.


Más allá de las tradiciones, en México este tiempo también es una ocasión para pensar en colectivo. Vivimos en un país con desafíos estructurales evidentes, -desde desigualdades económicas hasta tensiones sociales-; sin embargo, la capacidad de mantener una actitud esperanzada y resiliente ha sido una constante cultural. Cerrar ciclos, en este contexto, adquiere un sentido ampliado: no sólo transformarnos como individuos, sino comprometernos con la construcción de un México más justo, solidario y próspero.

Al concluir el 2025 y abrazar el 2026, nos encontramos en un umbral simbólico que puede impulsarnos a actuar. La invitación es clara: despedir con agradecimiento lo que nos ha formado, renunciar a aquello que nos limita, y recibir el nuevo año con fe y determinación. Esto implica honestidad con nosotros/as mismos/as, disciplina para trazar metas alcanzables y la voluntad de sostener compromisos que trasciendan lo individual para impactar positivamente nuestras familias y comunidades.


Cerrar ciclos como país implica también revisar prácticas que nos han dañado, discursos que nos han dividido y omisiones que han perpetuado desigualdades. Significa atrevernos a soltar lo que normalizamos, pero no nos hace mejores. Porque cerrar ciclos no es olvidar; es integrar, agradecer y partir con una actitud congruente con lo que deseamos que ocurra en nuestras vidas y en la sociedad. Y no es esperar a que el calendario cambie nuestras circunstancias, sino asumir, con responsabilidad y esperanza, que cada inicio es tan valioso como el compromiso que ponemos en hacerlo realidad. Desde este gran espacio les deseo con sinceridad y vehemencia que el inicio de 2026 sea, para cada mexicana y mexicano, una oportunidad renovada de sembrar cambios significativos desde el hogar, desde cada uno de nuestros ámbitos de vida, hacia la sociedad entera.

Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.