EL CUIDADO DE LAS PERSONAS ADULTAS MAYORES EN MÉXICO, UN TEMA QUE REQUIERE ATENCIÓN PRIORITARIA

Por: Alejandra Salgado Romero

“Una sociedad que no cuida de sus ancianos y no los respeta no tiene futuro, porque pierde la memoria”
Papa Francisco

México está envejeciendo a un ritmo acelerado y, sin embargo, seguimos actuando como si el cuidado de las personas adultas mayores fuera un asunto privado, doméstico y casi invisible. Hoy, más de 17 millones de personas en el país tienen 60 años o más, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) y el Consejo Nacional de Población (CONAPO), y las proyecciones indican que para el año 2050 esta población se duplicará. Este fenómeno demográfico, lejos de ser una estadística fría, está transformando silenciosamente la vida cotidiana de millones de familias y evidenciando una profunda deuda social: la ausencia de un sistema integral de cuidados.

Las personas adultas mayores requieren cuidados diversos y crecientes: atención médica, acompañamiento emocional, apoyo para actividades básicas de la vida diaria, supervisión permanente y, en muchos casos, cuidados especializados por enfermedades crónicas o discapacidades. Estudios de instituciones gubernamentales y organizaciones sociales coinciden en que una proporción significativa de esta población vive con al menos una condición que limita su autonomía. No obstante, la respuesta del Estado continúa resultando insuficiente y para las familias que enfrentan esta condición, se percibe como fragmentada, insuficiente y, en muchos casos, reactiva.

La gran paradoja es que, aunque el cuidado sostiene la vida y el bienestar social, se mantiene como un trabajo no reconocido, no remunerado y profundamente feminizado. Las encuestas nacionales sobre uso del tiempo muestran que alrededor del 75% de las personas cuidadoras en México son mujeres: hijas, esposas, nueras o nietas que dedican jornadas equivalentes a un empleo de tiempo completo —o más— a atender a personas adultas mayores. Este trabajo, realizado mayoritariamente en el hogar, tiene un alto costo: abandono del mercado laboral, pérdida de ingresos, afectaciones a la salud física y mental y reproducción de desigualdades de género que se arrastran durante generaciones.

La problemática no es menor ni aislada. Impacta la economía, porque reduce la participación laboral femenina; afecta los sistemas de salud, que reciben a cuidadoras agotadas y sin apoyos; incide en la pobreza, ya que muchas familias asumen gastos elevados en medicamentos, tratamientos o cuidados privados; y tensiona el tejido social, al normalizar que el cuidado recaiga en pocas personas sin respaldo institucional. Pensar que se trata únicamente de un “asunto de familia” es ignorar que estamos frente a un reto estructural que ya atraviesa a la sociedad mexicana en su conjunto.

Otros países han comprendido esta realidad y han avanzado en soluciones concretas. Uruguay, por ejemplo, implementó un Sistema Nacional Integrado de Cuidados que reconoce el cuidado como un derecho y una responsabilidad compartida entre “Estado, mercado, comunidad y familias”. España ha desarrollado servicios públicos de atención a la dependencia, con marcos legales claros y financiamiento específico. En los países nórdicos, el cuidado de personas mayores se apoya en servicios profesionales, licencias laborales, transferencias económicas y una fuerte inversión pública. Estos casos de éxito tienen un punto en común: el cuidado dejó de ser invisible y se convirtió en política pública.

México no parte de cero, pero sí necesita dar un salto cualitativo. Se requiere diseñar e implementar políticas públicas integrales de cuidados que incluyan normativa clara, coordinación interinstitucional y, sobre todo, presupuesto suficiente. Esto implica ampliar servicios de atención domiciliaria y comunitaria, profesionalizar el trabajo de cuidados, generar apoyos económicos y de descanso para personas cuidadoras, garantizar licencias laborales y asegurar el acceso universal a servicios de salud y rehabilitación para las personas adultas mayores.


Sin embargo, antes de todo ello, es indispensable visibilizar el problema. Nombrarlo, medirlo y discutirlo en la agenda pública. Entender que el envejecimiento no es un problema individual, sino un proceso social que nos alcanzará a todas y todos. Hoy cuidamos a nuestros padres, madres o abuelos/as; mañana, seremos nosotros/as quienes necesitemos cuidados. Ignorar esta realidad es apostar por un futuro de precariedad, desigualdad y abandono.


El llamado es claro y urgente. A los gobiernos en todos los niveles, para que asuman el cuidado como una prioridad nacional. A las organizaciones sociales, para que sigan empujando el debate y la incidencia. A los medios de comunicación, para que visibilicen historias, datos y propuestas. Y a la sociedad en general, para que comprendamos que el cuidado de las personas adultas mayores no es un favor ni una carga privada, sino una responsabilidad colectiva que define el tipo de país que queremos ser. Porque cuidar no sólo es un acto de amor: es también un asunto de justicia social y de futuro compartido.

Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.