Por: Alejandra Salgado Romero
“El verdadero espíritu de la Navidad y el Año Nuevo no está en las celebraciones, sino en la oportunidad de renacer: agradecer lo vivido, sanar lo pendiente y abrir el corazón a un futuro más humano y solidario”
Mariana Solórzano, ensayista y pedagoga mexicana
La temporada navideña y de Año Nuevo se ha convertido, en muchos aspectos, en una de las épocas del año más esperadas y celebradas. Para una gran parte de la humanidad, se trata de un tiempo para compartir con la familia, disfrutar de las tradiciones y renovar la esperanza para el año venidero. Sin embargo, a medida que los días se llenan de luces, fiestas y regalos, tanto la Navidad como el Año Nuevo, son momentos que deberían invitarnos a reflexionar sobre los valores que realmente importan, más allá del consumismo que amenaza con desvirtuar su esencia.
La Navidad tiene un significado profundamente religioso. En sus orígenes, celebra el nacimiento de Jesucristo, un acontecimiento que, según la tradición cristiana, marcó la llegada de la esperanza a la humanidad. La vida y las enseñanzas de Jesús invitan a la paz, la generosidad, el perdón y la solidaridad. Lamentablemente, estos principios, que son el verdadero corazón de la Navidad, han sido opacados por una cultura del consumo que se ha adueñado de las festividades. En lugar de buscar un reencuentro con lo más profundo de nuestra espiritualidad, nos presionamos para adquirir el último adelanto tecnológico o lograr organizar la fiesta más deslumbrante. El espíritu de la Navidad debería ser un llamado a la reflexión sobre cómo podemos ser mejores personas, cómo podemos mejorar nuestras relaciones con las y los demás, ser más conscientes de la situación de quienes nos rodean y dar lo mejor de nosotros/as mismos/as para contribuir a una sociedad más justa.
El Año Nuevo, por su parte, representa el cierre de un ciclo y la apertura de un nuevo capítulo. Es un momento ideal para evaluar lo aprendido en el año que termina y para fijarse nuevos objetivos, pero también para reflexionar sobre cómo nuestra vida puede alinearse con una visión más trascendente. Aunque los propósitos de Año Nuevo son a menudo vistos como una tradición superficial, pueden ser una oportunidad valiosa, si se abordan con seriedad y reflexión. El Año Nuevo no significa fiestas y celebraciones, sino plantea cerrar un ciclo de nuestra vida, hacer un balance de lo vivido y proyectar un futuro lleno de fe, esperanza y crecimiento. Aquí también el consumismo se ha infiltrado con celebraciones que se han convertido más en un desfile de productos y excesos, que en una verdadera reflexión de lo que queremos para el futuro. En lugar de ver el Año Nuevo únicamente como una fiesta, deberíamos considerarlo como un rito de renovación interior.
La Navidad y el Año Nuevo se han convertido en momentos de alto consumo, no sólo en términos de compras de regalos, sino también en viajes y celebraciones. De acuerdo con un informe de la consultora “Deloitte”, el gasto promedio de las y los consumidores en América Latina durante las festividades navideñas en 2023 fue de aproximadamente 420 dólares por persona, un aumento del 12% respecto al año anterior. En México, los gastos relacionados con la Navidad y el Año Nuevo alcanzan cifras que superan los 140 mil millones de pesos, según la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (CONCANACO). Estos datos reflejan un aumento en los viajes, las compras de regalos y las celebraciones en casa y fuera de ella.
A nivel mundial, el turismo experimenta un auge significativo durante estas fechas. La Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA) estima que en diciembre de 2023 se realizaron más de 4,5 millones de vuelos diarios, con un aumento del 6% en comparación con el año anterior… lo que conlleva aumento en los accidentes. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las festividades de fin de año son una de las épocas con mayores índices de accidentes de tránsito, con un aumento de hasta de 30% en los siniestros, debido al consumo de alcohol y las condiciones adversas del clima.
El exceso de celebraciones, la búsqueda incesante del regalo perfecto, la presión social por cumplir con expectativas externas y la sobrecarga emocional que algunas personas experimentan en esta época, también se traducen en consecuencias mucho más graves. Lamentablemente, el incremento de los gastos y las festividades no se limita a un aumento de las compras. En muchos casos, la ansiedad y la depresión son factores que afectan especialmente a aquellos que viven la Navidad y el Año Nuevo con una carga emocional profunda. De acuerdo con un estudio de la Sociedad Mexicana de Psiquiatría, los suicidios en México aumentan en un 15% durante la temporada navideña, y el consumo de alcohol y drogas también se eleva considerablemente. La presión por cumplir con las expectativas sociales, la tristeza por la ausencia de seres queridos y la soledad emocional son factores que afectan a muchas personas en este tiempo de «felicidad». La Navidad y el Año Nuevo, en lugar de ser un refugio de esperanza, pueden convertirse en una carga psicológica insostenible.
Por último, los festejos de fin de año también son un terreno fértil para los conflictos. La violencia intrafamiliar y los altercados sociales suelen aumentar durante estas fechas. Las tensiones acumuladas a lo largo del año, el consumo de alcohol y la sobrecarga de actividades sociales y familiares, provocan en muchas ocasiones que lo que debería ser una celebración se convierta en un espacio de confrontación. En 2022, la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México registró un aumento del 27% en las denuncias por violencia doméstica durante las fiestas de fin de año, en comparación con el resto del año. El exceso, tanto en el consumo material como en el emocional, puede tener efectos devastadores. En muchos casos, lo que comenzó como una celebración con intenciones de unidad y alegría, termina siendo una ocasión para el desbordamiento y la violencia.
A pesar de estos desafíos, el verdadero espíritu de la Navidad y el Año Nuevo no ha desaparecido. Existen muchas formas de recuperar su esencia, más allá de las luces y los regalos. En lugar de dejarnos llevar por la corriente del consumismo y el exceso, podemos elegir enfocarnos en lo que realmente importa: las relaciones humanas, el compartir y la solidaridad. Las festividades pueden ser un momento para practicar la generosidad genuina, no sólo en términos materiales, sino también en cuanto a tiempo y atención. Debería ser una oportunidad para acercarnos a las y los demás, para sanar relaciones rotas, para perdonar y para agradecer por lo que hemos vivido. Debe ser una ocasión para renovarnos, para buscar y lograr un cambio interior, para reevaluar nuestras prioridades y comprometernos con ser mejores seres humanos. Si adoptáramos este enfoque más consciente, más humano, podríamos contribuir a una sociedad más equitativa y compasiva.
Si lográsemos hacer de la Navidad y el Año Nuevo un tiempo de reflexión profunda, de cuidado de las y los demás y de introspección sincera, estaríamos dando un paso importante hacia una sociedad más justa, pacífica y solidaria. Lo que verdaderamente importa es cómo nos transformamos a nosotros/as mismos/as durante estas festividades y cómo eso repercute en el mundo que nos rodea. No se trata sólo de cambiar el año en el calendario, sino de transformar nuestra forma de ser, para contribuir al bienestar colectivo. Es momento de recordar que el verdadero espíritu de estas fechas no se encuentra en lo que compramos ni en lo que consumimos, sino en cómo compartimos como seres humanos, cómo nos cuidamos unos/as a otros/as y cómo damos paso a un futuro lleno de esperanza. En ese sentido, la Navidad y el Año Nuevo pueden ser verdaderamente transformadores.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
