Por: Ernesto Cordero

La Junta de Gobierno del Banco de México (Banxico) decidió en su más reciente reunión de política monetaria bajar la tasa de interés de referencia del 7% al 6.75%. Más allá de bajar 25 puntos base, esta decisión tiene implicaciones profundas: recortó la tasa de referencia en un entorno en el que la inflación no solo sigue por encima de la meta, sino que además muestra señales de repunte y persistencia en un escenario global de altísima incertidumbre. Más preocupante aún, lo hizo a contrapelo de su mandato prioritario que es procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda.

El mandato de Banxico es claro: preservar el poder adquisitivo de la moneda. No es promover el crecimiento económico. El banco cumple con su mandato estableciendo un objetivo de inflación que, hasta donde se sabe, es de 3%. El que las decisiones del Banxico sean consecuentes con este objetivo en fundamental para la formación de expectativas sobre el comportamiento de los precios. Y es aquí donde está el problema con la decisión del banco, pues la inflación general se ubica por encima de 4%, la subyacente sigue en 4.5% y las expectativas han comenzado a ajustarse al alza. El mercado, las empresas y los consumidores comienzan a internalizar que 3% ya no es la meta real, ahora el nuevo objetivo, latente y no comunicado parece ser 4%.

Este ajuste en las expectativas, aparentemente menor, tiene consecuencias importantes. Para el consumidor, una inflación esperada de 4% en lugar de 3% representa una pérdida de poder adquisitivo. En términos simples: si los precios crecen sistemáticamente más rápido, el salario real se erosiona con mayor velocidad. El ahorro pierde valor, especialmente en instrumentos tradicionales. El crédito se encarece en términos reales, porque los intermediarios financieros incorporan mayores primas por inflación esperada. Las empresas, anticipando una inflación más alta, ajustan precios con mayor frecuencia. Los trabajadores demandan incrementos salariales más elevados para proteger su ingreso. Los contratos —desde rentas hasta servicios— comienzan a indexarse de manera explícita. Es decir, la inflación deja de ser un fenómeno que se combate y se convierte en uno que se administra.

En un entorno internacional de gran incertidumbre, con presiones en los precios de la energía y una inflación que no sólo no cede, sino que repunta, es difícil entender la decisión de bajar la tasa de interés. Solamente asumiendo que para el Banxico la tasa objetivo pasó de 3% a 4% se puede entender esta decisión.


Ojalá en la minuta de la sesión donde se tomó la decisión, que está próxima a hacerse pública, podamos encontrar las justificaciones técnicas. De no encontrarlas, no queda más que especular en cuáles fueron las razones para disminuir la tasa: un relajamiento en las expectativas de inflación y/o intentar ayudar al gobierno federal en un esfuerzo pírrico por reactivar a la economía. Cualquiera de las dos razones debilita la credibilidad del Banco de México… lo que nos faltaba.