“Sin el pensamiento, Homero no pensó mejor alegóricamente en un animal para representar al hombre que en el voluptuoso cerdo”.

Por: Carlos Martínez Loza


Iguala, Guerrero, Agosto 8.- En estos días en que Homero se ha convertido “nuevamente” en un clásico, se ha dibujado dentro de mí la perfidia y engaño de Circe. Esa mujer mitológica de muchos fármacos, que arroja venenos salvajes y malogra los cuerpos de los hombres: fingese hospitalariamente dulce para atraerlos y después de un goloso banquete los convierte en cerdos. Si el polvo vuelve al polvo, el Hombre-engañable debe volver al cerdo.


Desde que aprendí algunas lecciones de Jung no puedo mirar una película sin pensar en los arquetipos: en el hombre y sus símbolos, sus ideas eternas y comunes; eso que quizá un griego llamaría “topos” y un latino “locus communis”. El Hombre- Cerdo puede ser un símbolo mayor: puede significar el ejemplo bíblico del joven falto de entendimiento que se dirige a su propia muerte por el hechizo de las palabras aparentes, puede significar el hombre-masa de José Ingenieros: el hombre liquido de Bauman: el hombre-light de Enrique Rojas; o más argumentativamente, el escuchador de un discurso político divorciado de la lógica y la verdad y recasado con la falacidad para votar por Barrabás en contra de Cristo.

Ante la desnudez de esa condición humana, lo heroico se encarna en Odiseo, ese varón de multiforme ingenio. Hacerse amarrar al mástil de su navío es como crucificar la propia voluntad que se dirige a un abismo sin fondo para salvar la vida suya y de sus marineros de oídos encerados. Es sacarse un ojo para preferir entrar tuerto al reino de los cielos que con la anatomía completa al hades diabólico. La lección es magistral y por cada uno conocida: todo lo digno de valor y gloria tiene una antesala de desgarrador sufrimiento.


En la vida pasada y futura valoramos lo que se ha conseguido con tenacidad, esfuerzo, pasión, paciencia, fe, coraje, valentía; sacrificando las pasiones porcinescas por un fin más glorioso y duradero: renunciando al plato de lentejas saciante por unos minutos en pos de una herencia incorruptible. El mesías de Jerusalén nos dejó una sentencia sacra: “El que pierde su vida por causa de mí, la hallará”.


Del otro lado de la orilla, la atrayente Circe acecha a los hombres en su voluntad e inteligencia para doblegarlos y privarlos de la memoria. Sin la memoria se pierde el tesoro del logos, sin el logos el ser humano pierde su pensamiento, sin el pensamiento Homero no pensó mejor alegóricamente en un animal para representar al hombre que en el voluptuoso cerdo.


Una última confesión. Al asistir a una proyección cinematográfica soy en la sala el más incapaz hermeneuta del séptimo arte. Mi brevísimo círculo hermenéutico se compone de un café negro, mis prejuicios y una desmesurada intentio lectoris, como podría objetarme un intérprete profesional del cine.