Por: José I. Delgado Bahena

Mario creció a la deriva. Primero, bajo la tutela de su tía Mele; después, de plano se salió de su casa y se fue a vivir con dos amigos, por el sur de la ciudad.

Cuando vivía con su tía, después de que su madre lo dejó a su cuidado por irse a vivir con Moisés, el del sonido que andaba de fiesta en fiesta amenizando las pachangas para las que lo contrataban, se dedicó a construir su destino relacionándose con jóvenes de su edad que no tenían otro oficio que el pasarse las tardes en el zócalo, recostados en las jardineras que había antes de que empezara la remodelación del Centro Histórico, fumando y distrayéndose con las ardillas que bajaban de las ramas a tomar agua en los medios botes que alguien les amarró en los troncos de los árboles.

Fue ahí donde conoció a Luis, un día que, para variar, sus bolsillos estaban más vacíos que la cabeza de un político en campaña.

“Estás pobre porque quieres, mi rey”, le dijo Luis dejando caer su mirada sobre las piernas de Mario, quien veía pasar dos pequeñas nubes que intentaban tapar el sol de la tarde, “con ese cuerpo yo ya sería millonario.”

“No manches”, dijo él tirando la colilla del cigarro sobre las desgastadas piedras de cantera del zócalo, “¿quieres que me prostituya?”

“¿Por qué no? Aquí puedes agarrar lo que quieras; si te dan un buen billete por dos horas de placer, hasta para las chelas sacas.”
“¿Y cuánto crees que me darían? Digo: nomás por saber…”

“Así se empieza, eh”, le dijo Luis: preguntando. “Pues eso depende de ti”, agregó. “Si es hombre o mujer, si es de edad o joven, si te gusta o no… ah, ten cuidado, porque si te gusta, a lo mejor hasta le pagas.”

Después de esa plática que tuvo con Luis, Mario iba solo al zócalo y se pasaba las tardes, sentado sobre una banca, regalando miradas provocativas a todo el que volteaba a verlo, pero nadie se le acercaba por ningún motivo.

Un domingo, casi estaba por desanimarse cuando un señor maduro, alto y bien vestido, se le acercó para preguntarle la hora.

“No tengo reloj”, le contestó Mario.

El hombre ignoró su respuesta y se sentó junto a él.
“¡Qué calor hace! ¿Cómo te llamas?”

“Mario.” Respondió, viendo que en la muñeca del desconocido brillaba un lujoso reloj.

“Yo soy Salvador, pero puedes decirme Chava. Se me antoja una cerveza. ¿Me acompañas al billar?, te invito una michelada.”

Mario aceptó y se tomó media docena de cervezas con el desconocido, en el billar que está cerca del Museo de la bandera. De ahí, Salvador lo invitó a su departamento, “para ver una película”, le dijo.

A partir de entonces, a Mario nunca le faltaba un billete en los bolsillos y hasta invitaba las cervezas en la cantina que estaba en una esquina del zócalo.

Fue por esa época que él decidió salirse de la casa de su tía Mele e irse a vivir con otros dos amigos: Paúl y Héctor, dos años mayores que él, que se dedicaban a lo mismo.

“Nunca te enamores”, le dijo un día Paúl, “porque si lo haces, en vez de cobrar vas a terminar pagando.”

Para no correr ese riesgo, Mario aceptaba las invitaciones de personas ya grandes, casi siempre hombres, que lo llevaban a pasear, a cenar y a tener relaciones sexuales.

Sus amigos le envidiaban la suerte que tenía, ya que hasta un celular había podido comprarse con las propinas que sus clientes le daban.

“¿Cómo le haces para que te den buenas cantidades?”, le preguntó Héctor un día que Mario llegó con dos mil pesos.

“Pues, no es por presumir, eh, pero al parecer el tamaño sí importa”, respondió sonriendo con una mirada plena de vanidad por el tamaño de su miembro.

La vida seguía su curso; pero para Mario cambió completamente cuando Salvador, su primer cliente, le exigió exclusividad y lo presionó para que dejara de “atender” a otras personas, porque se había enamorado de él.

Mario lo rechazó con brusquedad y le pidió que lo dejara de buscar. Chava fingió que aceptaba la petición de Mario y le pidió que se vieran por última vez.

Cuando Mario se quedó dormido, por las bebidas que habían tomado toda la tarde, Salvador tomó una filosa navaja que guardaba en un cajón y cortó por la mitad el pene de su acompañante.

El dolor hizo que Mario despertara y saliera gritando en busca de auxilio.

Desde entonces dejó de presumir el tamaño de su miembro y sus amigos le obsequiaron el curioso mote de “El chicapís”, por la “chica pistolita” que le había quedado.

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