Por: José I. Delgado Bahena

El mezcal es místico

“Pinche china”, me dijo Aldo, “ahora sí te embriagaste.”

“Cállate, no grites…”

“No estoy gritando. Mira dónde te quedaste… ¡hasta dormiste con el perro!”

“¡El perro!”, exclamé, arrojando de mis brazos al perrito que había dormido conmigo, en el piso, afuera de mi cuarto. En ese momento comencé a recordar todo.

En aquel tiempo me decían “la china”, porque no había tomado la costumbre de alaciarme el cabello y tampoco me lo pintaba de rojo, como ahora hago. Era apenas una chavita de diecinueve años a la que le gustaba pintar y leer poesía.

Por esa época, cuando fue el cumple de la abuela, comencé a probar las delicias del mezcal. Incluso fue ella quien me incitó a tomarlo, con motivo de su festejo:

“Tómale mija”, me decía, “…nomás ten cuidado de cuál tomas. No se te olvide que hay mezcales buenos y mezcales malos. Los malos emborrachan, pero apendejan; en cambio, los buenos se paladean y te ponen bien contenta. No tengas miedo: el mezcal es místico. Y es mejor que cualquier whisky o tequila.”

“¿Y por qué dices que es místico, abuela?”

“Ah, porque no es como las otras bebidas que te enturbian la mente, el mezcal te alegra el alma, te aligera el cuerpo y te ayuda a llevar el costal de la vida sin tantos remordimientos. Nomás ten cuidado de no pasar por un arroyo, o un apantli; porque entonces sí, hasta el nombre se te olvida.”

En realidad, en casa, todos eran bien mezcaleros. Ahora lo siguen siendo, pero ya menos. Mi papá tenía unos amigos igual que él de parranderos; pero había uno, Germán, que me caía muy mal. Siempre que él llegaba, mi papá mandaba a Aldo, mi hermano, a comprar un litro de mezcal y se ponían a tomar y a contar sus anécdotas.

“¿Por qué no te cae bien mi compadre?”, me preguntó un día mi papá.

“Porque has de ser igual que él de mujeriego; cada vez trae a una vieja distinta”, le contesté con desdén.

“No, china, es que no lo has tratado…”, insistió mi papá, “…él anda buscando otra, para olvidarse de mi comadre; desde que ella lo dejó, ha estado muy triste, por eso anda con una y con otra.”

“Pues no quiero tratarlo”, le dije cerrando la conversación.

Cuando llegó la Semana Santa nos visitaron mi tío Fede y su esposa Nancy, que vivían en los Estados Unidos. Yo me ofrecí a atenderlos. Como era Viernes Santo, después de presenciar la dramatización del último día con vida de Jesús y de escuchar las palabras del cura invitándonos a reflexionar sobre el Evangelio de San Juan y a contemplar el misterio de la cruz de Cristo con solemnidad y respeto, mis tíos, Aldo y yo, fuimos a cenar tamales con atole en el puesto de doña Carmela.

Ahí estábamos cuando advertí que un perrito peludito estaba echado junto a mis pies, lo levanté del piso y lo coloqué sobre mis rodillas.

“Déjalo, china”, me dijo Aldo, “¿qué tal si está lleno de pulgas?”
Para no correr ese riesgo, lo deposité nuevamente en el suelo.

Íbamos de regreso a casa cuando encontramos a mi papá con su compadre Germán quienes traían una garrafa de vidrio con cuatro litros de mezcal que recién habían comprado en la tienda de Nicanor, que, según él, era del bueno, porque lo traía de Mezcala.

“Mira, cuñada”, le dijo mi papá a mi tía Nancy, “prueba este mezcal, para que no te haga daño la cena.”

Mi tía aceptó y se tomó de un tiro el “caballito” que le ofreció mi papá. La misma copa sirvió para que todos nos tomáramos un trago, “para que no nos hiciera daño la cena”. Algunas personas que pasaron por ahí aceptaron también el trago que les ofreció mi papá y se fue haciendo grande la rueda. Entonces, como viendo que el mezcal se terminaba, Germán le pidió a Aldo que fuera a comprar otra garrafa. Todos seguimos tomando e invitamos a casi todo el pueblo, y muy cerca de la iglesia se hizo la fiesta con todos los vecinos tomando mezcal.

De pronto, descubrí que junto a mis pies se encontraba el perrito del puesto de tamales; ya con seis tragos en mi estómago, me olvidé de las pulgas y lo cargué. En ese momento, Germán comenzaba a contar su acostumbrado repertorio de malos chistes que, por el ambiente festivo, me parecieron buenos; me reí hasta las lágrimas y le aplaudí.

Al poco rato (los dos mezcaleados), se me acercó y comenzó a hablarme bonito en el oído.

“Me duele”, le dije.

“¿Qué te duele?”, me preguntó él.

“No sé, pero me duele”, le contesté.

Con esa frase nos llevamos toda la noche, incluso cuando nos besamos, detrás de un árbol que está cerca del arroyo que cruza el camino, rumbo a la casa.

Es lo único que recuerdo. No supe cómo llegué a mi cuarto, ni por qué dormí en el piso, ¡y con el perro!

“El mezcal es místico, cuídate de no pasar por donde haya agua”, me dijo la abuela. Creo que tenía razón, porque, desde entonces espero la llegada de Germán con la encendida pasión que despierta el buen mezcal de Guerrero.

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