Falso poder sexual

Por: José I. Delgado Bahena

Desde que llegó de Estados Unidos, donde había estado viviendo por una larga temporada con los hijos que tiene allá, mi tío comenzó con sus presunciones.


Honestamente, nunca creí que a sus ochenta y cuatro años fuera capaz de hacer, con las mujeres, todo lo que me decía.

“No, mijo…”, me dijo una tarde que acababa de bajar de un tamarindo que tiene en el centro del patio de su casa, “allá, en el Norte, me metí con cuanta muchacha quise: viudas, solteras, casadas, divorciadas… pero las que me gustaban más eran las jovencitas, porque esas sí aguantan los recargones, no como las de mi edad, que nomás sienten lo duro y ya no quieren lo tupido.”


“¿Y cómo le hace, tío?”, le pregunté, francamente más por incredulidad que por interés.


“¡Ay, re carajo!”, me respondió, “has de querer que te cuente mi secreto. ¿Qué tú ya no puedes?”, me preguntó con una sonrisa pícara.


“No, tío, no es eso. Le voy a traer una amiguita que tengo, nomás para que me compruebe lo que dice.”


“¿A poco vas a querer ver?”


“¡No, cómo cree! Le preguntaré a ella.”


Así fue. A la siguiente semana llegué con (una chica) a la casa de mi tío, y con un six de cervezas para que se entonara y aceptara la propuesta que le haría. Cuando nos terminamos las cervezas, salió la plática sobre su poder sexual con las mujeres.

“¿Aceptarías entrar con mi tío a su cuarto?”, le pregunté con un poco de pena a la chica, por no saber cómo iba a responder, ya que ella recién se había separado de su marido.


“Pues si me das trescientos pesos…”, me dijo, recorriendo con la mirada a mi tío, que se encontraba frente a él.


“¡Cómo crees!”, le respondí un poco entre enojado y confundido, “¿Qué tal si ni te hace nada?”


“¿Qué pasó, mijo?”, protestó él, “dáselos y, si no le hago nada… pues, yo te los pago.”


“Bueno, te doy doscientos”, le dije a mi amiga.


Ella aceptó y le di un billete. Se terminó la cerveza que tenía en su mano, se puso de pie, le hizo señas a mi tío y se metieron al cuarto.


Como a los veinte minutos ella salió, acomodándose su falda y muy enojada.


“Ten tu dinero”, me dijo tirándome en la cara los doscientos pesos, “tu abuelo está loco; quería hacerlo de no sé cuántas posiciones, me voy y, por favor, no vuelvas a invitarme a esta casa.”


“¡No es mi abuelo…!”, le grité mientras ella cerraba la puerta con un fuerte golpe.


“Ya ves, mijo”, me dijo mi tío saliendo con una sonrisa plena, “es lo mismo: no aguantan nada. Mejor tráeme una de veinte, que tenga energía y ganas de disfrutar.”


La verdad, no supe qué decirle. Mis dudas seguían igual. Hasta llegué a pensar que mi tío le dio los trescientos pesos a mi amiga para que hiciera el tango y me devolviera el dinero, pero no habían hecho nada.


Además, yo quería comprobarlo, porque, si era cuestión de la genética, tal vez yo tuviera esa suerte de que, a su edad, siguiera teniendo esas respuestas en la cama con las mujeres.


De lo que no tenía dudas era de que mi tío tenía muchas fuerzas, a pesar de sus casi ochenta y cinco años, ya que se subía al tamarindo a cortar el fruto y se reía cuando le advertía que se iba a caer y se lastimaría.


“Es más fácil que a ti te tumbe tu bicicleta, a que yo me caiga del árbol, mijo, no te preocupes.”


Mi tío vivía solo; desde hacía varios años había muerto mi tía, su mujer, y sus hijos se habían ido a los Estados Unidos.


De joven había sido peluquero. Cuando enviudó quiso volver a trabajar en ese oficio, mis primos no lo dejaron y se lo llevaron a Chicago; pero, según se supo, se regresó a México porque allá andaba en líos de faldas con la esposa del patrón del mayor de sus hijos.


Como yo seguía con mi inquietud para confirmar las historias que me contaba mi tío, le conseguí una muchacha de una casa de citas que, por cuatrocientos pesos, lo haría con él y me dejaría estar en la habitación, para que no me quedara ninguna duda.


Mi tío estuvo de acuerdo. Cuando llegamos, nos pidió que fuéramos a la tienda a comprar unos refrescos para platicar un rato. Yo quería que ya entraran al cuarto para que no se fuera a arrepentir y me dejara verlo en acción; pero no, durante una hora estuvimos comentando sobre su viaje a los Estados Unidos y de otras cosas; entonces, vio su reloj que traía en la muñeca y me dijo:


“Ahora sí, re carajo, se te va a hacer verme.”

Entramos al cuarto y ellos se desnudaron. Yo me senté en una silla que estaba junto a su ropero. La verdad, mi tío era un verdadero gallo; pero, cuando estaban por iniciar la quinta posición, dio un grito tremendo y se llevó las manos al pecho. Allí quedó. Llamé a la Cruz Roja, pero fue inútil: el médico que le hizo la autopsia nos informó que la causa de su muerte había sido una sobredosis de sildenafil, mejor conocido como viagra, que le había causado un infarto cardiaco fulminante.

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