Como los alacranes

Por: José I. Delgado Bahena

Todavía me acuerdo de la tía Susana, “Susi”, como le decían en la familia. Era alta, soberbia, pechugona, hablantina, ojos claros, coqueta, nariz de codorniz, presumida, caderona, generosa, boca fogosa y con un “defecto”: estaba casada con el tío Federico.

Ella había llegado a la familia de rebote; era muy amiga del primo Carlos y cada que teníamos una fiesta la invitaba. Incluso participaba en nuestros convivios de fin de año como si fuera de casa y cuando el tío Fede se separó de la tía Norma, inmediatamente le echó los perros y la invitó a vivir con él; por eso se convirtió en la tía Susi.

Con el paso de los meses, mientras el tío Fede se encargaba de su negocio de ortopedia que tenía por el centro, Susi se permitía la compañía de los primos, ya sea para jugar dominó en el corredor de la casa o para ir al zócalo a dar vueltas y vueltas, como si fueran novios. Con las primas no congenió mucho porque las únicas de su edad le habían dado la espalda, por solidaridad con la tía Norma; se limitaban a saludarla y, sin disimulo, rechazaban las invitaciones de Susi para compartirles algunas de las revistas que compraba en el puesto de la terminal de autobuses.

De cualquier manera, a la tía Susi le interesaba más estar cerca de los primos que de ellas; yo supe el porqué de pura casualidad.

Una tarde, en que todos estaban fuera, unos por la escuela y otros por el trabajo, yo había regresado temprano de mis clases en la Normal cuando vi la puerta de la casa del tío Fede abierta y, sin pensarlo, entré.

Lo que vi me confirmó lo que sospechaba: cerca del baño, a un lado del corredor, estaban el primo Elías y la tía Susi, abrazados y besándose apasionadamente. Con sigilo regresé sobre mis pasos y me dirigí a mi casa, que estaba justo frente a la del tío Fede; desde ahí, por una rendija de mi ventana, pude ver cómo, a los pocos minutos, el primo Elías salía y se iba. No lo quería creer; por eso me quedé unos minutos más viendo hacia la casa del tío Fede y vi que Pancho, otro de los primos, hermano de Carlos, entraba a la casa. Entonces, con las manos sudorosas, salí de mi habitación y entré detrás de Pancho. Por supuesto, la tía Susi lo esperaba, pero no en el corredor: ¡en su cuarto!

La verdad, en ese momento sentí mucha indignación; a mi juicio, esas chingaderas no se las merecía el tío Fede, él era buena onda, a los primos siempre nos consentía, y pensé: “no se vale hacerle eso, al menos con los primos no. Si ella quiere andar de caliente, pues que lo haga con otros, y en otro lado, no que ¡hasta en su cama!”

Desde esa tarde, solo buscaba la forma de cómo decirle al tío Fede lo que pasaba en su casa, y en su cama, mientras él se iba a trabajar; pero siempre que estaba a punto de hacerlo, me detenía, porque me daba lástima decirle: “tío: tu vieja te pone los cuernos ¡y con los primos!” Ya imaginaba su cara de tristeza, o su rabia, y temía que le diera el patatús y luego yo no pudiera vivir tranquilo por el resto de mis días.

Entonces, se me ocurrió reclamarle a Susana, la “tía Susi”, pues, y trataba de agarrarla solita para decirle sus verdades; aunque también pensé que no me iba a hacer caso y seguiría haciendo lo mismo.

Por estarla vigilando, me di cuenta de que Elías y Pancho entraban juntos a verla, como alacranes, y después de un rato salían, entre risas y con caras de satisfechos.

Fue entonces que ya no me aguanté; nomás esperé que mis primos desaparecieran, entré a la casa del tío Fede para reclamarle a Susana sobre su comportamiento.

Al entrar, alcancé a escuchar en el modular una de las canciones de Rocío Dúrcal, que siempre ponía mientras estaba en casa, y a ella entonándola en el baño.

Para no arrepentirme de decirle sus cosas, decidí esperar a que saliera de bañarse. Me senté, con impaciencia, por recuperar la dignidad ultrajada de mi tío, en una silla del corredor, mientras seguía escuchando a la Rocío con: “Quédate conmigo esta noche…”

Cuando salió del baño, y entró al corredor, se sorprendió tanto de verme ahí, sentado, que pegó un grito y la toalla con la que enredaba su cuerpo húmedo se fue al piso.

“¡Pinche Alberto!”, me reclamó, “¿cómo te apareces sin avisar? ¡Qué susto me has dado, cabrón! Ahora a ver cómo le haces para quitármelo, porque por poco me da un infarto…

Yo me había quedado mudo de tanta admiración que sentí al ver su formidable cuerpo sin una prenda que le cubriera. Su cintura, sus pechos, sus piernas, su pubis… todo era perfecto, ¡con razón traía como locos a mis primos!

“Disculpa…”, balbuceé. La verdad, la sangre me hervía y me estaba muriendo de excitación y deseo por abrazarla y tocar su maravilloso cuerpo.

Mientras ella se envolvía otra vez en la toalla, se acercó a la silla y, cantando el tema que se oía en toda la casa, me dijo al oído: “¿Quieres pasar a mi cuarto?”

No contesté. Me tomó de la mano y me dejé conducir con docilidad por ella hacia su recámara.

Desde entonces, cuando regreso de la escuela, me asomo por la rendija de mi ventana y, si veo la puerta del tío Fede entreabierta, me dirijo hacia allá, donde ella me espera, trémula, sobre su espaciosa cama.

En ocasiones, llega alguno de mis primos, e igual: nos acomodamos; al fin, como dicen los que saben: los alacranes nunca andan solos.

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