Por: Carlos Martínez Loza

Ciudad de México, Julio 9.- Desde su iniciación muchos han mirado con desagrado el horario de verano, ese que adelanta una hora el alba, la tarde y el ocaso. El presidente Andrés Manuel López Obrador propone eliminarlo mediante la iniciativa enviada el martes al Congreso de la Unión. Quiero ensayar algunas elementales reflexiones filosóficas sobre el tiempo para ensanchar aquel desagrado y celebrar la rumorosa eliminación.

Adelantar una hora el reloj puede perturbar lo físico: el sueño y la salud, creo poder justificarlo no desde la medicina, sino desde un esquema metafísico, desde las llamadas teoría A (presentismo) y B (eternalismo) del tiempo. Intentaré explicarlo con sencillez, la teoría A del tiempo afirma que solo el presente es real, el pasado ya no existe y el futuro aún no existe, de ahí que se le denomine ‘presentismo’.

Adelantar una hora el reloj natural perturba el fluir armónico en la teoría A del tiempo, pues es tanto como forzar el presente para que más rápido se haga pasado y más pronto llegue el futuro, o es como acelerar una canción hasta ser incomprensible. Esa alteración genera un desajuste entre el tiempo biológico y el tiempo metafísico.

Por su parte, la teoría B del tiempo afirma que no existe una diferencia entre el pasado, el presente y el futuro, todo sucede simultáneamente. Pero solo Dios en su Omnisciencia podría ver, como un estudiante que mira una línea del tiempo en un libro de historia, tanto el pasado, el presente y el futuro en un solo acto. En cambio al hombre le es dada la sucesión, pues no toleraría ver en un instante todo el Universo y su historia, lo aniquilaría hasta la muerte. Por eso, como dice Borges en su muy linda conferencia sobre el tiempo, tenemos días y noches, horas y minutos, la memoria y las sensaciones actuales que nos permiten vivir sucesivamente, paso a paso.

Ya Salomón escribía (Eclesiastés, III) muchos siglos atrás una idea semejante: todo tiene su tiempo, tiempo para nacer y tiempo para morir, tiempo para abrazar y tiempo para dejar de abrazar, tiempo para hablar y tiempo para el silencio. Jehová sabe que al hombre no le es dada la simultaneidad de la eternidad, tiene que vivir día a día y momento a momento, sin afanarse. Nadie podría vivir dos minutos en uno solo por mucho que se esfuerce.

Adelantar una hora es bordear los contornos de la teoría B del tiempo. Con la hora adelantada da la sensación que se vive en la simultaneidad o conjunción del pasado, presente y futuro. Eso es lo que le acontece al personaje central del cuento El aleph de Jorge Luis Borges: simultáneamente ve en un instante todos los sucesos del mundo y la historia, y al final llora y siente vértigo por haber mirado el “inconcebible universo”. La escritura de lo que vio es hermosamente inolvidable:

“Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América…vi a un tiempo cada letra de cada página. Vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala…vi caballos de crin arremolinada…vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos.”

La literatura nos puede gratificar con momentos sublimes para el goce estético de la imaginación pero su existencia sería abrumadora en la vida cotidiana. Pienso en la semejanza del profeta bíblico Daniel:

espués de tener una visión sobre el futuro de la Babilonia del rey Belsasar declara que está quebrantado y enfermo. En él se hospedó alguna premisa de la teoría B del tiempo: pudo ver el futuro y el presente en una sola escena y esa visión lo llevó a la enfermedad.

Parece que desaparecerá el horario de verano, felizmente así sea.

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