Por: Eduardo Cruz Carbajal

“…El dolor es válido y digno de una respuesta compasiva”.
Philip Yancey


Ciudad de México, Agosto 13.- El dolor, tan temido por todos nosotros, pero al mismo tiempo tan inevitable, no podemos huir de él. Ciertamente el dolor es devastador, consume nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestro espíritu, todo lo que somos se ve afectado cuando transitamos por el oscuro y retorcido valle del dolor. Si éste es físico puede paliarse con el medicamento adecuado para en un futuro recuperar la salud, o para ir haciendo menos agresivos los estragos de una enfermedad crónica, sin embargo, ¿Qué pasa cuando el dolor no es físico? ¿Qué pasa cuando nuestra alma y nuestro corazón han sido quebrantados?

En esos momentos un sinfín de preguntas inundan nuestra mente: ¿Por qué a mí?, ¿Qué hice mal?, ¿Qué fue lo que dejé de hacer?, ¿Este dolor acabará algún día? Preguntas que si somos honestos no tienen respuesta, y si la tienen lo más seguro es que no queramos escucharla, aun no tengo una respuesta del por qué atravesamos el camino del dolor, la más lógica que se me ocurre es que el dolor es parte de la vida, así como el frío y el calor, la juventud y la vejez, la edad productiva y la edad de la jubilación.

Durante el dolor comúnmente obtenemos juicio y no consuelo, todos los que están a nuestro alrededor se convierten en jueces, cuestionando nuestras decisiones, nuestro estilo de vida, haciéndonos dudar de nuestro propio criterio, poniendo culpa donde no tendría por qué existir alguna, diciéndonos cómo actuarían ellos si se encontraran en nuestra situación, cuando honestamente nadie se prepara para el dolor, aprendemos a lidiar con él una vez que se presenta como el invitado no deseado.

La certeza del dolor es que duele, es que cambia nuestra vida, nunca más seremos los mismos, si bien el dolor jamás será considerado algo placentero, lo que cada uno de nosotros debería encontrar a lo largo de su recorrido es una presencia de consuelo, esa presencia que escucha en lugar de hablar, esa presencia que acompaña en silencio, esa presencia que brinda ayuda en una manera práctica, esa presencia que abraza, que besa, que llora al vernos llorar, esa presencia que no juzga, que quizá no siente lo que nosotros sentimos, pero que no invalida nuestro dolor, esa presencia que cuida, que permanece cuando todos los demás se han ido, esa presencia capaz de tomar fuertemente nuestra mano y promete no soltarnos. Esa presencia es el regalo oculto que todos deberíamos encontrar en nuestras temporadas de desolación, un legado que se quedará como un valioso tesoro en nuestro corazón y que seguramente dará como fruto una relación que será una bendición inquebrantable.

Referencias:

Yancey, P. (2016). Dónde está Dios cuando duele. Argentina: Editorial Peniel.

*José Eduardo Cruz Carbajal (Iguala, Guerrero) es psicólogo con estudios en tanatología. Contacto: psiceduardo15@gmail.com

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