-Se salvó o ¿salvaron al Gobernador?
Por: Rafael Domínguez Rueda
Así se escribe la historia o los recuerdos del porvenir. El domingo 17 de abril de 1971 falleció Caritino Maldonado Pérez en un accidente aéreo, siendo Gobernador del estado de Guerrero. El maestro Caritino, el 24 de febrero anterior, acá en Iguala, me había comentado que acababa de recibir su sentencia de muerte, al negarse a entregar su renuncia al cargo. Nunca imaginé que 52 días después se cumpliría la amenaza.
Con el maestro Maldonado habíamos quedado de vernos el lunes 18, a las 8 de la mañana, en Acapulco, con motivo de la entrega recepción de la Oficina Federal de Hacienda del Puerto, en cuyo acto el Gobernador iba a dar posesión al Lic. Alfonso Bello, como titular de la Oficina, y yo, en mi carácter de interventor. El Gobernador no llegó por lo ocurrido la tarde anterior, por lo quec, a las once de la mañana, tuve que darle posesión al Lic. Bello y proceder a la entrega.
Cuatro años después, el domingo 20 de julio de 1975 -dentro de 3 días se cumplen 49 años del suceso-, en un vuelo también aéreo, de Chilpancingo a Acapulco, la nave se estrelló y perdieron la vida sus cuatro ocupantes, entre ellos el presidente municipal de Acapulco y salvándose el gobernador Figueroa. De este accidente escribí lo siguiente hace 49 años:
SE SALVÓ EL GOBERNADOR FIGUEROA.
Otra lamentable tragedia se ha escenificado en los parajes del estado de Guerrero, que de esta manera no acaba su tradición de violencias, de hechos dramáticos, de cuestiones cruentas.
El alcalde de Acapulco, Ismael Andraca Navarrete, y tres personas más, perecieron al caer en tierra la avioneta en que viajaban. Por quedar carbonizados y fragmentados los restos humanos y del aparato aéreo, imposible resulta la identificación de las víctimas y el saber por ahora cuál fue el origen del mortal accidente.
Hubo una circunstancia: el gobernador Rubén Figueroa, en los últimos momentos, decidió no abordar la nave, como estaba programado, porque don Rubén tenía su sitio apartado en el vehículo fatídico, pero como la cabina carecía de presurización, optó por no subir y hacer el viaje por tierra. Eso le salvó la vida.
En unos cuantos meses, en dos ocasiones el gobernador de Guerrero ha superado a un destino que le ha puesto circunstancias tremendas: primero pudo evadir las huestes de Lucio Cabañas que lo tenía secuestrado, y ahora el avionetazo.
Y a la mente de los guerrerenses viene el recuerdo de lo sucedido con el profesor Caritino Maldonado, quien pereció cuando volaba en un helicóptero, en los cielos de la agitada Entidad, que no puede encontrar la paz ni la tranquilidad, bien sea por la presencia de accidentes imprevistos, bien sea por una situación social y económica que no ha encontrado el camino directo de la prosperidad y de la superación para todos.
El sino de Guerrero es trágico de suyo. Y se ha escrito un capítulo más.
La muerte del señor Maldondo al fin y al cabo quedó en incógnitas, pues auténticamente no hubo un peritaje que determinara certeramente el desplome del helicóptero. Y por esa falta de información técnica y oficial, se dejó correr a la imaginación popular que habló de un atentado de raíces políticas y tejió más de un versión de las conveniencias que para unos había por la desaparición del gobernador.
Naturalmente que hoy sucede lo mismo. Vuela la fantasía del pueblo y aún de los mismos políticos interesados en las cuestiones guerrerenses, aunque las fuentes oficiales del Estado se han apresurado a explicar que de ninguna manera se trató de un atentado y que todo se debió a cuestiones del mal tiempo, o a fallas de pilotaje, o a una descompostura del aparato. Se añade que de inmediato se harán las investigaciones necesarias para determinar con toda precisión que fue lo que pasó.
Pero no es posible quitar de la mente de los que analizan este drama, esa fortuita determinación del señor Figueroa de no abordar la nave. Corazonada, quizá. Suerte, a lo mejor. Pero el hecho es que en esa avioneta él iba a viajar y esto lo sabían sus amigos y quienes no lo son.
Y el precedente de Caritino Maldonado complementa las elucubraciones, que sólo podrán terminar cuando efectivamente, de verdad, se dé una explicación satisfactoria a la opinión pública y no se deje todo al olvido, al correr del tiempo que según las consejas populares todo lo cura.
Hora es que en México se superen los tabúes y se hable con toda sinceridad. Si fue un accidente, que así se diga y se demuestre. Si se trató de un acto criminal, que también se refiera y que además se castigue a los responsables.
Porque la conciencia nacional está más que fatigada de promesas de investigaciones que a final de cuentas se quedan pendientes, sin que nadie llegue a saber nada de nada.
Por eso surgen los rumores que tanto se trata de combatir.
Mientras no haya historia, tendrán que existir las leyendas.
Mientras no se produzcan verdades, habrá lugar para las falsedades. Y corresponde a las autoridades la responsabilidad de aclarar situaciones de esta índole, ya que solamente de esta manera se epilogará el chismerío a media voz que tanta fertilidad encuentra en los medios políticos y en las zonas del civismo.
Tantos años han pasado y aún poco se sabe de octubre de 1968. Y del 10 de junio del 71. Y de tantos otros acontecimientos que han conmovido a los mexicanos y que oficialmente se ha prometido, con solemnidad, esclarecer para castigar a los que resulten responsables, caiga quien caiga.
Pero en Guerrero, en México no cae nadie.
Y las Procuradurías y oficinas conexas en materia de justicia y de ley, trabajan con demasiada, desesperante, lentitud.
Este error del sistema es el que hay que abolir, porque ya no es soportable para los partidarios de conocer la realidad de México sin ocultamientos, sin soslayamientos.
Mientras no se haga así, proliferarán los rumores y hasta los casos más evidentes de auténticos accidentes se verán rodeados de versiones tendenciosas, de suyo falsas. Pero que no hacen más que suplir a la verdad que se oculta.