La vieja escuela
Por: José I. Delgado Bahena
A un mes de iniciar otro ciclo escolar en los diferentes niveles educativos, de pronto me encuentro con información que, para mí, por obvias razones, es complicado de procesar, analizar y entender; más que nada por los términos y conceptos que en la filosofía educativa están manejando quienes son los responsables de guiar el proceso, tanto en oficinas como en las aulas.
La Nueva Escuela Mexicana, escucho decir que se denomina la propuesta que el gobierno está tratando de implementar. Quizá se trata de un intento por transformar y, por supuesto, mejorar la manera en cómo los alumnos adquieren los contenidos educativos que están contemplados en los planes y programas de estudio.
Repito: me cuesta trabajo entender, simplemente porque desde hace quince años que estoy alejado de la planeación y/o la lectura de la literatura pedagógica que sustenta las propuestas que en los últimos tiempos se han tratado de imponer, por parte de los diferentes gobiernos federales; pero, ¿sabe qué es lo peor?, los responsables de activar las líneas educativas están enredados, confundidos y poco motivados.
Ahora bien. No es mi intención hacer un discurso para explicar, mucho menos criticar, los nuevos programas, como ya dije: porque no los conozco; pero conozco a maestros, directores y gente que está en el banco de un responsabilidad, y tampoco saben qué onda. Advierto, como ocurría en los años en que dejé el magisterio, que solo tratan de cumplir con las indicaciones “de arriba” para llevar a cabo sus consejos técnicos, sus “capacitaciones” y la elaboración de los proyectos que echarán a andar para el siguiente ciclo escolar.
Pero, ¿sabe qué?, el oír quejas, reclamos, inconformidades y frases que dicen: “se ha politizado la Nueva Escuela Mexicana, ha fracasado”, antes de, siquiera, redactar las actividades de cada día, me hace creer que la escuela, en México, ha fracasado desde hace varios años.
Es que mire: en mi época, aplicábamos un examen de diagnóstico para saber cuáles eran las condiciones en las que nos llegaban los alumnos y, con base en los resultados, planeábamos acciones que nos llevaran a tratar de recuperarlos al nivel en el que se esperaba estuvieran. Entonces, hacíamos una jerarquización y dosificación de contenidos que iban acordes a las necesidades del grupo que atendíamos y, ante todo, no buscábamos culpables, hallábamos soluciones. Si nos llegaban, en sexto grado, alumnos que no sabían dividir, por ejemplo, les enseñábamos a dividir, en ocasiones correlacionando contenidos, para no detener el avance del programa del grado.
Por eso me extraña escuchar que ya están planeando sobre los supuestos 190 días de clases, cuando no conocen aun a sus alumnos, sus necesidades, sus carencias. Además, claro, de considerar la reuniones académicas, las suspensiones por festejos y la sobrecarga administrativa de principio y de fin del ciclo escolar.
Por otra parte, le he titulado a esta columna como “La vieja escuela”, la verdad, por la nostalgia que he sentido al oír un debate sobre las ofertas que habrá para que los alumnos adquieran los conocimientos, desarrollen habilidades y destrezas, se vuelvan críticos y analíticos y sean empáticos con su medio: el ambiente y la sociedad.
Recuerdo que hace muchos años nos hablaron de las Técnicas Freinet, que implementó el pedagogo francés Celestine Freinet, y me sentí maravillado al aceptar sus estrategias como vivenciales y significativas para los alumnos. En esa época aún teníamos libertad para organizar nuestro trabajo y traté, con base en esas técnicas, que mis alumnos fueran participativos, democráticos, receptivos y constructores de sus aprendizajes; pero, además, involucrábamos a los padres de familia en el proceso.
Creo, pues, que ahí está el detalle, como diría Cantinflas. Hace falta que los padres intervengan más en la formación de sus hijos. Que no dejen toda la tarea a la escuela. Que apoyen, participen, aporten su responsabilidad en el hogar, al menos imponiendo valores y responsabilidades en los niños y adolescentes. La escuela no necesita el trabajo de los padres, como padres; los necesitan sus hijos. No olvidemos que la escuela principia en el hogar. Muy poco puede hacer el maestro, y nada lograrán miles de proyectos para educar al niño, si no lleva las bases que la familia debe inculcar.