Por: Antonio León
Se extinguieron los sueños de la infancia, esos que nos hacían querer alcanzar las estrellas, hoy con lo que se sueña es con el celular de moda.
Se extinguieron los juegos infantiles de los parques, como los columpios y los sube y baja, sustituidos por toboganes y túneles en forma de gusanos de aros metálicos.
Se extinguieron los riachuelos que estaban cerca de la ciudad a los se podía llegar caminando, para dar paso a desperdicios en corrientes de contaminación.
Se extinguieron las calles empedradas y recién regadas, sustituidas por pavimentaciones de mala calidad que en unos cuantos meses se llenan de hoyos. Se extinguieron los juegos de niños, en los cuales se quería ser policías, bomberos o luchadores, las niñas maestras o doctoras, porque hoy nadie juega con nadie, en lugar de eso están absortos con sus dispositivos electrónicos.
Se extinguieron los terrenos baldíos en donde jugábamos futbol imaginado que era el más grande estadio del mundo y nosotros las estrellas futbolísticas del momento, hoy esos terrenos son basureros clandestinos, o ya han sido ocupados ilegalmente por invasores del algún partido político.
Se extinguieron las fuentes de los parques donde nuestros soplidos, hacían navegar viento en popa los barquitos de papel que nosotros mismos elaborábamos, para dar paso a construcciones modernas al margen de cualquier sensibilidad humanista.
Se extinguieron las tienditas de la esquina, en donde comprábamos un bolillo, un pedazo de queso seco, un chile en vinagre y nuestra agua de sabor bien fría, sustituidas por mini supermercados que no venden lo que antes consumíamos, sólo comida chatarra.
Se extinguieron los lecheros que repartían la leche a las seis de la mañana, y que nuestras madres recibían en una olla para después hervirla, en lugar de eso hay que ir al súper por una leche en envase de cartón que sabe más a agua que a leche.
Se extinguieron las señoras que por las tardes regaban y barrían enfrente de su casa, para dar paso a la desconfianza y al temor que nos mantiene a todos agazapados adentro de nuestras viviendas.
Se extinguieron los médicos que conocían a nuestros padres y los regañaban si habían acudido un poco tarde a la consulta, ya cuando la enfermedad estaba un poco avanzada, ahora hay que ir a una clínica, sacar ficha y asistir a consulta en la madrugada, y ser atendido a toda prisa porque hay un montón de gente como nosotros esperando ser atendida.
Se extinguieron los tés curativos de la abuela, sustituidos por los productos milagrosos que anuncian en la televisión o en las redes sociales.
Se extinguieron los sueños proletariamente inmaculados, para dar paso a una subterránea pasión apóstata por la inmediatez de lo mundano, que me arrojó lejos, muy lejos de lo que quería ser.
Hasta el próximo martes estimado lector.
