Esc. Ignacio M. Altamirano

Por: José I. Delgado Bahena

Permítame que le platique que en mi pueblo, El Tomatal, estaremos de fiesta este lunes 9 de noviembre, por conmemorarse 96 años de la fundación de la escuela primaria Ignacio Manuel Altamirano que, para gloria de quien haya elegido el nombre, es de lo más acertado que pudo haber sido posible, al tratarse de un político, novelista y poeta mexicano, guerrerense, que dio lustre a las letras de su época.

Pero le cuento esto porque se ha preparado ya una gran celebración que culminará con un programa cívico y cultural en la cancha municipal. Y pareciera que es un sitio ajeno al tema de esta celebración, pero por supuesto que no lo es, ya que ahí, precisamente, estuvo ubicada, en su origen, la escuela primaria. Además, me siento muy contento porque una composición mía, en cuanto a la letra, ha sido recibida para ser el himno de la institución, y lo cantarán los alumnos todos los lunes.


Por eso, ahora le comparto un poco de historia sobre la fundación de la escuela. Corrían los años del gobierno del presidente de México, Emilio Portes Gil, y después de Pascual Ortiz Rubio, cuando, en todo el país floreció la inquietud de incrementar, en las poblaciones rurales, la pasión por el estudio, la instrucción pública, con los ideales del político José Vasconcelos quien, siendo secretario de Educación de 1921 a 1924, impulsó la alfabetización en el campo, creando escuelas rurales y las misiones culturales, porque estaba convencido de que la educación no era solo para las ciudades y las élites, sino para todo el país, sobre todo para el campo.


Entonces, como un perfume que se expande sobre los pantanos del analfabetismo, nació el interés de algunas personas de nuestra comunidad, de gestionar la creación de una escuela para atender la demanda y las necesidades educativas de la población existente en ese entonces en El Tomatal.

Según conversaciones con algunos oriundos de nuestro pueblo, por la inercia de la iniciativa federal, se concedió, de manera provisional, la atención educativa de algunos maestros que, por aquel entonces, bastaba con que tuvieran el nivel de secundaria estudiada para que se les diera la oportunidad de acceder a una plaza y compartir los saberes que los planes de la Secretaría de Educación Pública implantaba.


Fue así que, aproximadamente, se dice, que en el año de 1930, llegaron algunos maestros con esa misión, y los pobladores de esos años tuvieron que hacer una casa, en el centro del pueblo, como las que predominaban en aquella época: con paredes de adobe y techo de teja, con un corredor y un colgadizo hacia la calle, donde acudirían los niños y jóvenes a recibir los primeros conocimientos para que, al menos supieran leer, escribir y hacer cuentas. Se desconocen los nombres de aquellos primero maestros; pero, de esos tiempos, se tiene información que la maestra Emelia Camarillo Reyes, siendo originaria de El Tomatal, consiguió el empleo y laboró, aquí, por los años de 1953, a 1955; después la cambiarían y llegarían los maestros Leovano Mejía y su esposa, la maestra Juanita N. quienes atendían de 1° a 4° grado. De manera que, si los alumnos querían continuar con el estudio de los siguientes grados, tenían que trasladarse a la ciudad de Iguala, donde ya existían escuelas con los grados completos.

Muchos de estos logros, en materia educativa, fueron gracias a las gestiones realizadas por el maestro Jesús Piedragil Gil, quien, aprovechando las relaciones que tenía en el gobierno estatal y federal logró importantes beneficios para atender la educación de la población tomateca.


Luego, gracias a la donación del terreno que, en 1973, hiciera el C. Fidel Méndez Bahena, se logró la construcción de un edificio con mejores condiciones y más maestros que han aportado su esfuerzo y dedicación por el crecimiento intelectual de los alumnos.


De las generaciones de alumnos que han estudiado en esta institución, se tienen noticias de grandes profesionistas que, con orgullo, mencionan haber egresado esta escuela.


Por el honor, el orgullo y el porvenir de nuestro pueblo, ¡qué viva la escuela Ignacio Manuel Altamirano!