IRZA
Chilpancingo, Gro., En una casa del tradicional barrio de San Mateo, doña Mardonia González Cervantes mantiene viva una costumbre familiar de más de 100 años: colocar una ofrenda para recibir a sus fieles difuntos, como lo hicieron sus abuelos y sus padres.


Un camino de flores de cempasúchil conduce desde la entrada de su vivienda hasta el altar, donde se encuentran los alimentos, las flores y otros elementos que prepara cada año para recibir a las almas de sus familiares.


Ahí estaba doña Mardonia, con sus 85 años recién cumplidos, preparando tamales de frijol envueltos en hojas de milpa, uno de los alimentos tradicionales que coloca en su ofrenda.


Originaria de La Pera, hoy El Peral, municipio de Chilapa, en la región Centro de Guerrero, cuenta que dedica su altar a sus padres, abuelos, hermanos y a un nieto fallecido.


Entre los recuerdos que conserva está una historia que su abuela le contó sobre su abuelo Marcos, quien en su juventud se resistía a colocar la ofrenda porque la familia no tenía dinero.


Relata que, en una ocasión, su abuelo salió al campo a recoger leña, mientras su esposa consiguió con otras personas los ingredientes necesarios para preparar la comida de los difuntos.


Sin embargo, al caer la noche, Marcos no regresaba. Según la historia familiar, había quedado atrapado entre unos bejucos y, mientras intentaba liberarse, comenzó a escuchar risas y voces de personas que caminaban por un sendero que conducía a Chilacachapa.


Su abuela le explicó que aquellas voces pertenecían a las almas de los difuntos, que regresaban contentas a sus hogares para disfrutar de los alimentos que sus familiares les habían preparado.


Después de aquella experiencia, cuenta doña Mardonia, su abuelo cambió de actitud y comenzó a colocar su ofrenda con gusto, incluso desde muy temprano.


La historia ocurrió antes de que ella naciera y ha pasado de una generación a otra como parte de las creencias familiares sobre el regreso de los muertos.


Doña Mardonia recuerda también que, cuando era pequeña, su familia caminaba hasta el paraje conocido como Mohoneras para recoger calabazas destinadas a las ofrendas.


Ahora, en su casa de San Mateo, continúa preparando los alimentos y colocando las flores para recibir a sus seres queridos, convencida de que las almas regresan cada año y encuentran en la ofrenda una muestra de cariño de quienes no las han olvidado.