Por: Rafael Domínguez Rueda
Aunque no me considero un asiduo parroquiano, pero lo digo con franqueza, las cantinas a mí me gustan mucho. Las cantinas cantinas, es decir, las auténticas, porque ahora las cosas se han desvirtuado tanto que es necesaria repetir el nombre de un objeto para significar que se habla de lo auténtico y verdadero, no de lo que es ficticio o falso.
Pero, me gustan las cantinas de antes, no esos híbridos establecimientos que hoy se presentan con el nombre de bar, a los que pueden entrar también mujeres. Yo respeto a la mujer, por eso no me gusta que se vulgarice. Pienso que vulgarizar lo bello es desmaquillar el arte.
Así como hay reductos femeninos —las despedidas de soltera, por ejemplo— donde el varón no puede entrar, es menester también que existan bastiones masculinos. Masculinos, entiéndaseme bien, no machistas. Quedan pocos ya, y están en peligro de extinción por el progreso de las conquistas femeniles.
Uno de esos sitios fuertes de la varonía es la cantina tradicional. En ella hay también presencia de la mujer no en cuerpo, pero si en espíritu —el espíritu de la mujer, como el de Dios, está en el aire, en la tierra y en todo lugar—, porque en las cantinas los hombres hablan sobre todo de mujeres.
Decía mi suegro, don Manuel Velasco, que los grandes negocios se hacen en las cantinas. Y es que en esos templos sociales se hacen a un lado inhibiciones
Me gustan, digo, porque ahí cada grupo o mesa está en su onda, en su mundo henchido de alegría, sin importarles quien o quienes esté en la mesa de al lado o la de atrás; mucho menos se interesan por saber lo que otros hablan.
En la ciudad de México acudía a una que está en Izaga casi esquina con Isabel la Católica; a «los Espejos», situada en Pino Suárez y desde luego, a “EL NIVEL” la cantina más antigua de la ciudad de México, templo a Tezcatlipoca y universidad del maguey, ubicada en la esquina de Moneda y Seminario. La bebida de la casa era el «nibelungo”, este trago tradicional contenía: vodka, Pernod (licor francés con sabor a anís) y refresco de limón o agua mineral. En Mazatlán, en el gallito, un lugar de buen ambiente para pasar el rato agradable. Ahí iba con los compañeros a jugar dominó. Se rifaban pollos. Preguntábamos a qué hora nos tocaba y con la compra de un boleto salíamos premiados. En Monterrey iba a una que está cerca del Palacio Federal. Ahí, por cada ronda le dan una botana diferente y existe un anuncio que dice: «Si le repetimos la botana, la cuenta es gratis». Una vez llegaron unos chavos dispuestos a ganar. Cuando llegaron a 50, se rindieron.
En «La Tertulia» de Cuernavaca, por cada cerveza o copa, le ofrecían a uno un plato de comida. En Las Coronitas de Chilpancingo pasé gratísimas tardes con la compañía de grandes amigos. Me sorprendía el multifacético exhibidor de licores. En Acapulco, iba a disfrutar en las Gaviotas las ricas langostas recién salidas del mar y en La Arcelense me atendían a cuerpo de rey y pasaba desapercibido.
En Zihuatanejo: Mariscos Leo que se encuentra en el cerro del almacén, don Leo que era pescador, se desvivía por atenderme.
Sin duda, una cantina era un santuario de la cultura popular, muy alejada de los actuales antros. La mística de esos lugares es que huelen a botana casera, puertas de vaivén y meseros o cantineros que conocían la vida, milagros y remedios de sus clientes habituales. También eran confesionarios laicos, espacios de comunión fraterna, donde, además de “hacerse los grandes negocios» se arreglaba al país, se lloraban las penas y desamores y se celebraba la vida con música de rockola
En Iguala se acabaron las cantinas tradicionales. Ahora lo que proliferan son tugurios de mala muerte. De aquellos ni rastro queda.
Cómo olvidar cantinas como «la Moctezuma» del hotel Royalti donde acudían preferentemente profesionistas. Llegué a ir invitado por Julián Santana, Jorge Román y Rodolfo «el Chino» «Soto. Atendido por Palemón Ramírez, un hombre de baja estatura, pero muy amable y activo. Los billares Arrieta, concurridos. El Salón modelo de Víctor Figueroa, más conocido como el bidón, donde Bochicho y su camarilla eran asiduos clientes.
El bar Pepe, atendido por Elías, donde todos los sábados por la noche se abarrotaba para ver las peleas de box. Ahí acudía un joven con discapacidad motriz, y como muchos le gustaba apostar, pero cuando perdía, no pagaba. Así que frecuentemente le cobraban y él se limitaba a decir: «nada más que me enderece”
No era muy conocida por el nombre «La Poblanita», pues todos decían vamos con Mastache. La Bohemia, más conocida como la B grande, porque tenía la B a la entrada. Sorprendía ver, atrás del cantinero, hileras de botes de Tecate que llegaban al techo, Ahí daban de botana trozos de pichones en caldo.
Un cantinero muy reconocido fue don Isidro Román, popularmente le decían «el chivo», regenteaba los billares «Los amigos» que estaban frente al Ayuntamiento (hoy Museo) y el bar «Los Pepes», frente a la gasolinera Alameda. Don Isidro era tan hábil en ese negocio que después le encargaron los billares «El Profe» en el barrio de San Juan. Cuando se iba a cambiar el mercado del Centro a la Noria, el Chivo puso otros billares en Obregón de nombre «Los Jorges». ¿Cómo le hacía? pues se apoyaba en su hijo Nicolás.
La Muertoa, el Casino de la Selva, el León de Oro en sus dos versiones: Pinzón y Berriozábal, por cierto, aquí se filmó una escena de una película, eran otros. Cada uno tiene historias que contar. En aquellos años: 50, 60 y 70, Iguala tenía mucha vida: agrícola, comercial y venta de alhajas. Del extranjero venían por estropajo, plantas medicinales y alhajas. Funcionaba el ferrocarril, la aceitera, subestación de Pemex, la Comisión del Rio Balsas… Pero, todo pasa. Por una parte, los lugareños se durmieron en sus laureles y por otra, arribaron personas infaustas que transformaron la vida decorosa y pujante de los igualtecos.
La cantina era, sin duda, el refugio de la buena conversación, el brindis sincero y la catarsis colectiva. En ese espacio donde las penas se ahogaban, las alegrías se multiplicaban y la música de fondo unía a los desconocidos como si fueran amigos de toda la vida.
En fin, la cantina no era solo un lugar para beber, era una mesa “de negociaciones», «arreglos» desfogues con botana y música.
