Por: Rafael Domínguez Rueda

Con frecuencia viene a mi mente la frase de T. S. Eliot que dice: «La mayor parte de los problemas del mundo se deben a la gente que quiere ser importante:”


En estos primeros días del mes, escuché a un individuo que al llegar a una reunión, pidió que lo anunciaran como «licenciado”. Eso me hizo recordar a un maestro muy querido y rodeado por los alumnos. Un día, pasó junto al maestro otro profesor que sarcásticamente le dijo: «Adiós, maestro sin título:” a lo que el otro le respondió sin inmutarse: «Adiós, titulo sin maestro». Alguien me comentó, por otro lado, que un amigo le había dicho que estaba por recibir un reconocimiento que lo convertía en el ciudadano más premiado. Asimismo, un promotor cultural me dijo que él no participa, porque no le pagan.

Consideramos que hay que diferenciar entre lo real y lo superficial, pues bien lo dice el dicho: «El hábito no hace al monje”. La importancia no se adquiere por el título, no se mide por la fama, el poder pasajero, el dinero o la cantidad de personas que te conocen. Confundir ser conocido (en tierra de ciegos el tuesto es rey) con ser importante arrastra a la vanidad o a la frustración, por eso andan urgidos de notoriedad.


Una persona importante y de gran valor no se define por sus posesiones materiales o su riqueza o sus títulos, sino por su honradez, su calidad humana, sus acciones positivas y la forma en que trata a los demás.


Un ser humano de carácter sabe que el principal objetivo en la vida no es creer que uno es importante, pues hay que tener cuidado con las ambiciones del ego, porque esas actitudes no son bien vistas; además, llevan a conflicto con los demás incluso con las personas que queremos.

Hay mucha razón en la frase de Eliot que nos hace sentir inmediatamente que nos encontramos ante una gran verdad. Una verdad simple, pero que nos enfrenta al extraño síndrome del «querer ser alguien importante”, sin serlo. O, no «hacer algo importante», sino «serlo» como sea.


Detrás de muchos conflictos, representar lo que no se es, discusiones, apariencias y malentendidos cotidianos se esconde esa ambición del ego frustrado. Eliot lo advierte con una claridad que resulta incómoda para muchos, en esa frase de su obra de teatro: La fiesta del coctel, estrenada en 1949.

Querer sentirse importante no es, en sí mismo, algo negativo, El deseo de ser reconocido forma parte de la naturaleza humana El problema resulta cuando ese deseo de sentirse importante no se ha logrado y tratan de llamar la atención para cubrir su frustración. Por eso querer sentirse importante se convierte en un problema.


Su cortedad de miras no les permite ver que es mejor ser valioso que importante. Ser valioso es una cualidad intrínseca basada en la esencia, los principios y los valores de la persona que, en donde se pare es reconocida, mientras que ser importante es un rol que alguien ocupa pasajeramente.


En la sociedad actual, la búsqueda frenética de notoriedad y llamar la atención se ha convertido en un fenómeno visible pero negativo, falso, pues, aunque se ha intensificado en gran medida por las redes sociales, éstas sólo confirmen el dicho de que «entre los bueyes el cornudo manda”.

Esta urgencia por destacar suele manifestarse de varias formas: llamar la atención a cualquier precio; validación sólo digital; apariencia sobre sustancia; creer que los reflectores van a agrandar su pequeñez.


Detrás de este comportamiento hay una mezcla de inseguridad, necesidad de pertenencia, miedo al anonimato o ansiedad de personalidad, potenciados por plataformas que premian lo inmediato y lo llamativo por encima de lo valioso, lo auténtico.


Cuando el ego se convierte en el problema, es ahí donde nacen los conflictos, desde discusiones familiares hasta tensiones laborales pasando por reconocimientos chantajeados, todos alimentados por la necesidad de ocupar el centro de la escena.


El profesor de filosofía Rafael Narbona hace una profunda reflexión al afirmar que, cuando dejamos que el ego dirija nuestras decisiones, terminamos esclavizados por cosas que en realidad no son esenciales, olvidando que lo verdaderamente importante suele estar en los vínculos afectivos y no en el reconocimiento externo, sobre todo cuando es falaz. Perseguir la aprobación constante aleja, paradójicamente, de lo que realmente aporta bienestar.


Ahora bien, esto no significa que el ego sea siempre un enemigo a combatir. El filósofo Gabriel García Aro explica que un ego positivo ayuda a cumplir metas y deseos, mientras que uno desbocado termina hundiendo o mostrando la miseria de la persona. La clave, por tanto, no está en eliminar el deseo de destacar, sino en promocionarse y aprender a equilibrarlo con humildad y convicción.


La frase de Eliot invita a hacer una pausa antes de reaccionar desde el orgullo. Preguntarse en cada decisión, si lo que realmente está en juego es la razón o simplemente la necesidad de sentirse importante. Cultivar un poco más de humildad, escuchar antes de imponer y recordar que la verdadera importancia no se mide en aplausos, no la alcanzan los que se cuelgan mil medallas sino en la calidad de los vínculos que construimos a lo largo de la vida.