Por: José I. Delgado Bahena
En el pueblo le decían “la tamalera”, solo porque los fines de semana los dedicaba a elaborar los sabrosos tamales oaxaqueños que su abuela, originaria de aquel estado, le había obligado a aprender a hacer para ayudarle en los cuantiosos pedidos que tenía para cualquier fiesta: cumpleaños, bautizos, bodas, clausuras, o por el simple gusto de probar las recetas secretas de la abuela.
Por eso, Araceli aprendió las cantidades exactas de los ingredientes, a cortar las hojas de plátano en secciones de 20 por 10 cm, aproximadamente, a hacer los rollos de doce hojas, y a amarrarlos para meterlos en una olla con agua, sobre la estufa, hasta que hervían (para quitarles el sabor amargo, y ablandarlas para poder usarlas); ya blandas las sacaba y las escurría.
Ese habría sido su destino: el de su apodo; si no es porque Felipe, el tendero del pueblo, le marcó la vida y le abrió una herida de resentimiento al poner los ojos en ella una tarde en que le llevó un pedido de doscientos tamales, para la comida por el bautizo de su primogénito, a quien logró ver porque el padrino lo cargaba en brazos y lo mostraba a todos los invitados. También por eso se dio cuenta de la mancha en forma de pescado que le nacía desde la oreja izquierda hasta la comisura de la boca adornándole la cara al pequeño.
Después de aquella tarde, Felipe pasaba los domingos por la casa de la abuela de Araceli preguntando por “Chely”, como le decía, y compraba dos o tres tamales como pretexto para apretarle los dedos a la muchacha al momento de pagar y recibir el cambio.
Desde luego, Araceli evadía los malintencionados acercamientos de Felipe; primero, porque el hombre era casado y, además, porque mantenía una relación seria con Miguel, un muchacho del pueblo que estudiaba en la normal de Ayotzinapa y a quien veía solo los fines de semana.
El rechazo exacerbó al hombre y lo indujo a esperarla por el rumbo del puente que ella tenía que pasar para regresar, ya noche, a la casa materna.
“¿Qué pasó, mi alma?”, le dijo Felipe, saliéndole al paso mientras ella se acercaba por una vereda.
“¿Qué quiere?”, preguntó Araceli, deteniéndose y apretando los puños para no mostrar su desconcierto.
“Ya lo sabes, ¿para qué preguntas?”
“¡Lárguese! Debería darle vergüenza… casado, con un hijo, y haciendo estos desfiguros…
“Claro que me iré, mi Chely. Solo que primero tomaré lo que desde hace mucho se me antojó”.
Araceli no supo ni cómo; pero, cuando se dio cuenta, Felipe la abrazó y la jaló hacia la parte más oscura, debajo del puente, y ahí mismo, sin consideración alguna, abusó de ella dejándole sembradas las cobardes semillas del deshonor, el recelo, la desconfianza y el rencor, que le orillaron a irse a vivir a la ciudad en casa de su tía Leonor, quien la aceptó al saber el motivo de su huida del pueblo.
Pero su resentimiento aumentó cuando descubrió que se le había interrumpido la menstruación y quedaba destinada a vivir una maternidad no deseada, al tener un hijo del hombre que le había desgraciado la vida.
Cuando nació Luis, el fruto del ultraje de Felipe, Araceli se dio cuenta de que la sangre de ese abusador la vería por siempre, porque una mancha con forma de pescado le salió también a su hijo, pero en la espalda.
Los años pasaron. Araceli estudió un curso de cultura de belleza en el Seguro, mientras la tía la apoyaba cuidando a Luis. El rencor seguía en ella a flor de piel y solo deseaba la oportunidad para consumar su venganza en contra del padre de su hijo.
La tía Leonor invirtió sus ahorros para poner una estética por el rumbo de la terminal de autobuses en la que Araceli se encargaba de cortar el cabello y de peinar a los clientes que se arriesgaban a poner en sus manos la mejoría de su apariencia.
Luis creció y entró a una escuela del nivel medio superior que está por la Avenida del Estudiante; ahí logró hacer varios amigos a quienes les invitaba a que fueran a cortarse el cabello en la estética “Chely”.
Fue así como llegó Darío, el hijo de Felipe, a quien Araceli conoció cuando lo bautizaron. Lo reconoció desde que entró y tomó una revista para sentarse a esperar a que ella terminara de atender a un señor que le hacía un reclamo, asegurándole que le había pedido que le respetara el largo de su cabello en la parte trasera, y Araceli se lo había cortado.
No tuvo duda: la mancha en forma de pescado, sobre su rostro, delató al muchacho.
Con sangre fría y el corazón hirviéndole, después de hacer el corte que Darío le había pedido, tomó una navaja de doble filo y, con la excusa de rasurar la patilla y el exceso de vello, localizó una de las arterias en el cuello de Darío, y cortó…
