CÁNCER DE MAMA: LOS MITOS Y REALIDADES-DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
CÁNCER DE MAMA: LOS MITOS Y REALIDADES.–– Octubre se pinta de rosa para recordarnos una enfermedad que puede tocar la puerta de cualquier familia: el cáncer de mama. Vemos moños rosas en hospitales, comercios y redes sociales, pero de poco servirán si al terminar el mes guardamos el moño y también olvidamos revisarnos. La verdadera sensibilización consiste en convertir la información en acción, porque descubrir un cáncer de mama a tiempo puede cambiar la historia de una mujer y de toda su familia. Y algo particularmente importante: puede comenzar sin dolor y sin causar molestias. Alrededor del cáncer de mama existen muchos mitos que pasan de generación en generación y, aunque algunos parecen inocentes, pueden provocar miedo, falsa tranquilidad o retrasar una consulta. Por ejemplo: “Como nadie de mi familia ha tenido cáncer de mama, a mí no me va a dar”. Falso. La mayoría de los casos no tienen una causa determinada; no tener antecedentes familiares no significa estar libre de riesgo. Otro mito: “Las mujeres con senos grandes tienen mayor riesgo”. Tampoco. El tamaño de las mamas no determina el riesgo; una cosa distinta es la densidad mamaria, que se valora mediante estudios de imagen.También se dice que usar sostén con varilla provoca cáncer, que los desodorantes o antitranspirantes lo producen o que un golpe en el pecho puede ocasionarlo. No existe evidencia que relacione el cáncer con el tipo de ropa interior ni con el uso de desodorantes, y los golpes tampoco provocan cáncer. ¿Y si duele? El dolor mamario puede tener diferentes causas y no significa automáticamente cáncer. Pero aquí está precisamente una de las trampas: esperar a que duela para revisarse. El cáncer puede estar presente sin dolor. Por eso debemos conocer nuestras mamas y observar cambios: una bolita nueva, endurecimiento, hundimiento o retracción del pezón, alteraciones de la piel, secreción anormal, enrojecimiento persistente o cambios recientes en la forma o tamaño merecen valoración médica. Otro mito peligroso dice que la mastografía provoca cáncer o que, si ya existe, “lo riega” o lo disemina. Falso. La mastografía es una herramienta fundamental para la detección y puede encontrar alteraciones tan pequeñas que todavía no se sienten al tocar la mama. Y encontrar un nódulo en un ultrasonido tampoco significa automáticamente cáncer: un gran porcentaje de los nódulos encontrados mediante estudios de imagen corresponde a enfermedades benignas. Tampoco la edad concede inmunidad. Puede presentarse en mujeres jóvenes y también después de los 70 años. Y aunque es muchísimo más frecuente en mujeres, los hombres también pueden padecer cáncer de mama. Conocer nuestro cuerpo, acudir a exploración clínica y realizar la mastografía cuando corresponda no significa vivir con miedo. Significa cuidarnos. Y si aparece algo sospechoso, no debemos esperar a que duela, crezca o “se quite solo”: hay que acudir a valoración. Este octubre, que el moño rosa no sea solamente un adorno. Preguntémosle a mamá, a la abuela, a la hermana, a la esposa, a una amiga: ¿ya te revisaste?, ¿ya te toca tu mastografía? Porque frente al cáncer de mama, los mitos pueden robarnos tiempo. Y el tiempo importa. Informarse ayuda, revisarse protege y descubrirlo a tiempo puede salvar una vida.
DON CHIMINO.- Cuando terminó la clausura de ballet, salimos del auditorio entre aplauzos, abrazos, felicitaciones y hartas fotos. Elisamar taba feliz. Sus papases más. Mi Púchun ni se diga y yo agún traiba atravesado en el gañote eso que siente uno cuando mira hacer algo bonito a una chamaquita que quiere. El plan era irnos todos juntos en mi Forcito a la casa de los compadres Eulalia y Eleuterio pa´seguir celebrando la clausura de ballet de Elisamar. Le di la llave del coche a mi Púchun y les dije: “perenmen tantito, orita los alcanzo”. Y es que, los tacos de carnitas que me ´bía zampado antes de llegar, con aquella salsa roja de la suegra, aceitosa, sabrosa y más brava que perro que tienen amarrado, ya me taban dando lata de nuez. Dende hacía rato las tripas me gruñían, pero durante el baile de Elisamar como que se me olvidó lo de mi panza. Nomás acabó todo y se me volvió a prender el croblema. Primero sentí un retortijón. Luego otro. Y de pronto sentí y alcancé a oyir: —“¡Grrrrruuuuuu… glu, glu, glu… grrrrrr!” ¡En la madre! Dije quedamente sin que nadien me oyera. Pregunté onde taban los sanitarios y p´allá me jui. Caminé los primeros pasos como si nada pa que no chospecharan que me urgía, pero en cuanto me alejé un poco y ya no me miraron, apreté las tepalcuana y aceleré el paso porque sentía que, si estornudaba, tosía o daba un paso en falso, áhi mesmo iba a quedar bautizado el auditorio. Llegué a los sanitarios pidiéndole permiso al de alelante pa´que se quitara, entré a uno de los escusados y… ¡Santo remedio! No voy a entrar en detalles porque si lo lee mi Puchunga va a decir que soy ocsceno, vulgar o corriente, pero se me bajó un poco al abotigamiento panzal, anque agún todavía con las tripas haciendo ruidos como si tuviera atrapado un león en mi panza. Me lavé las manos, me eché agua en la cara, me acomodé la guayabera y, cuando iba saliendo del baño, escuché: —“Disculpe… ¿usted es el padrino de Elisamar?” Arriendé a ver. ¡Ave María Purísima! Era una de las maestras de ballet que la miré arriba en el escenario. Joven, alta, delgada, muy guapa ella, con el pelo recogido y una sonrisa de esas que hacen que uno en l´horita meta la panza, saque el pecho y se enderece más. —“¿Yo?… Sí… bueno, sí. Soy su padrino”. Le dije medio apentontado por la sospresa. Ella siguió: —¡Qué gusto conocerlo! Elisamar nos habló mucho de usted. Estaba muy contenta porque decía que su padrino iba a venir a verla bailar. —“¿A poco habló de mí? Pregunté sosprendido. —“Sí. Y además lo estuve observando durante la presentación. Se emocionó usted muchísimo cuando bailó”. Y le dije: —“¿Yo? ¡Qué va! Se me metió una basurita en el ojo”. La maestra sonrió y dijo: —“No tiene nada de malo. Eso también hace el ballet: transmitir emociones”. Ya con más confianza le dije —“Pos de eso sí me di cuenta. La mera verdá, maestra, yo de ballet no sé ni máiz. Nomás conozco eso del Lago de los Cisnes, que se ponen una ropita especial, bailan de puntitas y dan hartas vueltas sin caerse. Se rio. —“Pues detrás de esas “vueltas sin caerse” hay varios siglos de historia y muchísimo trabajo”. Me dijo muy orgullosa. Yo, con los ojos de sospresa le dije: —“¿Siglos?” Y se soltó: —“Sí. El ballet comenzó a desarrollarse en las cortes italianas durante el Renacimiento y después se consolidó en Francia. Por eso muchas palabras que seguimos utilizando en ballet están en francés. Con los años dejó de ser solamente un entretenimiento de las cortes y se convirtió en una disciplina artística con una técnica muy rigurosa. —“¡Mire nomás! Y yo pensando que nomás era aprenderse los pasitos”. Le dije. Y siguió: —“No. Se trabaja postura, equilibrio, coordinación, fuerza, flexibilidad, musicalidad, memoria y expresión corporal. Pero hay algo todavía más importante: disciplina y constancia”. Eso sí me interesó y pregunté: —“¿Y Elisamar cómo la mira usté?” La maestra dejó de sonreír tantito y me contestó ya más en serio: —“Tiene cualidades muy bonitas. Es flexible, tiene coordinación y buena plasticidad”. —“¿Plasticidá? ¿Pos qué no eso tiene que ver con el plástico?” Dije. Se rio de nuez y me etsplicó: —“No. En la danza hablamos de plasticidad cuando el cuerpo puede expresar los movimientos con armonía, fluidez y belleza. Pero le voy a decir algo: ésas no son las cualidades de Elisamar que más me gustan”. Ladié la cabeza, torcí tantito el pescuezo y, mirándola direptito a los ojos, le pregunté con cara de no entender ni máiz: —“¿Tonces cuáles?” —“Sus ganas de aprender. Es muy atenta, escucha las indicaciones, observa, trata de corregirse y quiere hacer las cosas bien. Eso vale muchísimo. Porque una niña puede tener condiciones físicas extraordinarias, pero sin disciplina, atención y perseverancia difícilmente progresa”. Aquello sí me dejó pensando y le dije: —“O sea que anque después no sea bailarina, ¿todo esto le sirve?” Ipso facto respondió: —“Por supuesto. No todas las niñas que estudian ballet van a ser bailarinas profesionales, ni ése tiene que ser el propósito. Aprenden a conocer y controlar su cuerpo, desarrollan coordinación, concentración, memoria, perseverancia y seguridad. Y aprenden algo que les sirve para toda la vida: que para hacer bien una cosa hay que practicarla muchas veces” .¡Ah caray! Eso ya no era nomás ballet. Y… ¡zócalo perico! Ya me la crolongué un buen, áhi nos pa l´otra, graciotas.
