Salud mental: una deuda que no podemos seguir normalizando

Por: Alejandra Salgado Romero

“La experiencia vivida
es experiencia”
Organización Mundial de la Salud, campaña 2026

En la vida de todo ser humano, hay dolores que no dejan heridas visibles. En la cotidianidad, hay batallas que se libran en silencio, detrás de una sonrisa, en el salón de clases, en el centro de trabajo, en una casa donde aparentemente todo está bien… o en el corazón de una niña, un adolescente, una mujer o un hombre que aprendió a callar porque alguien le hizo creer que pedir ayuda era una muestra de debilidad. Por ello, hablar sobre salud mental es hablar de vida, de dignidad y de derechos humanos.

Cada 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, una fecha impulsada para colocar en la agenda pública una realidad que durante demasiado tiempo permaneció escondida detrás del estigma, la discriminación y los prejuicios. Con el paso de los años, esta conmemoración ha dejado de ser solamente una jornada de sensibilización, para convertirse en un llamado a transformar la manera en que las sociedades comprenden, previenen y atienden las condiciones relacionadas con la salud mental.


En 2026, la Organización Mundial de la Salud (OMS) propone un mensaje particularmente poderoso: “Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real”. La invitación no consiste simplemente en escuchar testimonios, sino en reconocer que quienes han vivido directamente una condición de salud mental, poseen conocimientos indispensables para diseñar políticas, servicios y estrategias que realmente respondan a las necesidades de las personas. La frase tiene una enorme dimensión ética: nada sobre las personas debe decidirse sin las personas.


La OMS señala que en 2021 casi 1,100 millones de personas, -aproximadamente una de cada siete en el mundo-, vivían con algún trastorno mental; los trastornos de ansiedad y depresivos se encuentran entre los más frecuentes. La propia organización advierte que la mayoría de quienes viven con estas condiciones no tiene acceso a una atención eficaz y que el estigma, la discriminación y las violaciones de derechos humanos continúan siendo obstáculos importantes.

La dimensión del problema también puede observarse a través del suicidio. En 2026, la OMS estima que más de 720 mil personas mueren cada año por suicidio y recuerda que constituye la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años. No estamos, por tanto, frente a un fenómeno exclusivamente sanitario: estamos frente a un desafío social que involucra a las familias, escuelas, espacios laborales, comunidades y las instituciones públicas.

La salud mental tampoco puede analizarse ignorando las desigualdades de género. Las mujeres y las niñas enfrentan factores específicos que pueden afectar su bienestar emocional: violencia de género, violencia sexual, discriminación, sobrecarga de cuidados, desigualdad económica, maternidades no deseadas, acoso, exclusión y distintas formas de violencia psicológica. La OMS señala, por ejemplo, que la depresión es aproximadamente 1.5 veces más frecuente entre las mujeres que entre los hombres y que más de 10% de las mujeres embarazadas o que acaban de dar a luz, experimentan depresión. Esto significa que hablar de salud mental con perspectiva de género no es una concesión discursiva: es una necesidad para comprender las causas sociales que producen o profundizan el sufrimiento.

Pero tampoco debemos reproducir estereotipos. Los hombres enfrentan, a su vez, mandatos culturales asociados a masculinidades que les enseñan a ocultar emociones, resistirse a solicitar ayuda o interpretar la vulnerabilidad como debilidad. Las cifras mexicanas muestran una expresión dramática de esta desigualdad: en 2025 se registraron 8,709 suicidios en México; 79.9% correspondió a hombres y 20.1% a mujeres. La tasa fue de 10.9 por cada 100 mil hombres, frente a 2.6 por cada 100 mil mujeres.


México enfrenta, además, una realidad que no siempre aparece cuando hablamos de diagnósticos clínicos. El Módulo de Bienestar Autorreportado (BIARE) 2025 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) encontró que 22.5% de la población presentó indicios de ansiedad y 12.6% indicios de depresión. La brecha de género vuelve a ser significativa: 26.7% de las mujeres presentó indicios de ansiedad, frente a 17.6% de los hombres; en depresión, los porcentajes fueron de 16.0 y 8.7%, respectivamente.


La salud mental no es un lujo. No es un privilegio para quienes pueden pagar atención privada. No es un asunto exclusivo de quienes tienen un diagnóstico. Es una dimensión esencial del bienestar humano y, por tanto, un componente inseparable del derecho a la salud y de una vida digna. En Guerrero, en México y en el mundo, necesitamos construir comunidades donde pedir ayuda sea tan natural como solicitar atención cuando duele el cuerpo. Hemos normalizado demasiado frases como “así es la vida”, “échale ganas”, “no pienses en eso”, “tú puedes sola”, “los hombres no lloran” o “hay personas que están peor”. A veces, detrás de esas expresiones aparentemente inofensivas, se esconde una cultura que desautoriza el dolor y convierte la solicitud de ayuda en motivo de vergüenza.


La OMS insiste en avanzar de modelos institucionales hacia una atención comunitaria, centrada en la persona y basada en derechos. La transformación implica que quienes necesitan apoyo puedan vivir dignamente, conservar sus vínculos familiares y comunitarios y ejercer sus derechos a la educación, al trabajo, a la vivienda y a la participación social. Por ello, el desafío de la salud mental no corresponde únicamente a las instituciones sanitarias. Corresponde a las familias que necesitan aprender a escuchar sin juzgar; a las escuelas que deben construir ambientes seguros y libres de violencia; a los centros laborales que tienen que reconocer el bienestar como parte de la dignidad de las personas trabajadoras; a los medios de comunicación que deben informar responsablemente; a las autoridades que deben garantizar servicios accesibles, suficientes y de calidad; y a toda la sociedad que debe combatir el estigma. Necesitamos instituciones que no solamente atiendan las crisis, sino que prevengan sus causas; políticas públicas que incorporen la perspectiva de género y de derechos humanos; escuelas que enseñen habilidades para la vida; familias que sustituyan el juicio por la empatía; y una sociedad capaz de comprender que cuidar nuestra salud mental es también cuidar nuestros vínculos y nuestro futuro colectivo.

La verdadera transformación comenzará cuando dejemos de preguntar por qué una persona no pudo soportar más y empecemos a preguntarnos qué pudimos hacer, como sociedad, para que no tuviera que soportarlo sola. El Día Mundial de la Salud Mental 2026 nos convoca a escuchar voces reales para producir cambios reales. Escuchar, entonces, no es un acto pasivo. Es reconocer, incluir, prevenir, defender derechos, acompañar y, en muchas ocasiones, también es una forma de salvar vidas.


Una sociedad que cuida la salud mental de sus niñas, niños, adolescentes, mujeres, hombres y personas adultas mayores no solamente atiende una enfermedad: construye una sociedad más humana, más justa y más digna. Una extraordinaria forma de participar este 10 de octubre es entender y difundir que cuidar la mente, las emociones y la dignidad de cada ser humano no es solamente una responsabilidad individual, sino una responsabilidad colectiva y una condición indispensable para construir el mundo que merecemos.


Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.