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Ciudad de México, Octubre 9.- El Nobel de Física de este año tiene una historia enterrada a más de un kilómetro bajo el hielo de la Antártida: el observatorio IceCube. Allí, miles de sensores rastrean unas partículas capaces de atravesar planetas enteros casi sin dejar huella: los neutrinos.
El físico mexicano Juan Carlos Díaz Vélez trabaja en la Universidad de Wisconsin como parte de esta colaboración internacional, y revive el instante en que dos señales inesperadas abrieron una nueva ventana para observar el universo.


“Fue algo sorpresivo, porque se trató de dos sucesos de IceCube hallados en un análisis que en realidad buscaba otra cosa”, relata en entrevista con Excélsior desde Wisconsin.


Lo que habían detectado eran neutrinos de altísima energía provenientes del cosmos profundo.
Se trata de mensajeros especialmente codiciados por la ciencia: al carecer de carga eléctrica, cruzan distancias colosales en línea recta sin desviarse por campos magnéticos —como sí lo hacen los rayos cósmicos—, convirtiéndose en brújulas directas hacia los eventos más violentos y extremos del universo.


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Aquellos dos eventos habían aparecido en los datos de IceCube mientras se realizaba una búsqueda diferente. La sorpresa llevó a los científicos a plantearse otra pregunta: ¿y si utilizaban el propio exterior del detector para eliminar el enorme ruido de fondo y buscar más señales semejantes?


Parte de ese trabajo se desarrolló en Madison, Wisconsin, donde Juan Carlos recuerda las discusiones que llenaron el quinto piso ocupado por la colaboración. Allí trabajaban, entre otros, el entonces estudiante Nathan Whitehorn y el investigador posdoctoral Claudio Kopper.

“Hubo muchísimas discusiones en el piso. Todo el mundo empezó a intercambiar ideas y a trabajar en simulaciones para entender qué estábamos viendo”, cuenta el físico mexicano.

Para confirmarlo, el equipo desarrolló una estrategia de análisis basada en un “veto”: usar las capas exteriores del detector en la Antártida para descartar partículas locales y aislar solo aquellas señales nacidas en el corazón del hielo.


Al ampliar la búsqueda, comenzaron a aparecer más eventos incompatibles con lo esperado de los neutrinos y muones producidos en la atmósfera: IceCube estaba viendo una nueva población de neutrinos procedentes del cosmos.


“Fue muy emocionante, la primera vez que dijimos: ahora sí tenemos algo verdaderamente importante aquí”.


Una trampa de luz congelada


Atrapar una partícula conocida popularmente como “fantasma” requiere una escala titánica. Como casi nunca interactúan con nada, el observatorio IceCube utiliza un kilómetro cúbico de hielo antártico —un material denso y extraordinariamente transparente— como si fuera un gigantesco blanco de tiro.


Cuando un neutrino choca de frente contra el núcleo de un átomo en el hielo, genera partículas cargadas como muones que viajan casi a la velocidad de la luz. En el hielo, esa velocidad supera a la de la propia luz en ese medio, detonando el llamado efecto Cherenkov.


“Es como cuando un avión supersónico rompe la barrera del sonido y genera un estruendo sónico, pero en luz”, menciona el científico mexicano.


Esa luz produce un cono azulado que es captado por más de mil sensores enterrados en las profundidades, capaces de registrar destellos cada fracción de nanosegundo. A partir de esos microsegundos de luz congelada, los científicos reconstruyen de qué dirección del cosmos llegó el neutrino y cuánta energía cargaba.


Del ballet clásico a los misterios del cosmos


La trayectoria de Juan Carlos para llegar a decodificar las partículas más esquivas del universo no siguió una órbita tradicional. Originario de Guadalajara, Jalisco, su primera mudanza a Estados Unidos no estuvo impulsada por la astrofísica, sino por los escenarios: llegó al país trabajando como bailarín de ballet clásico.


“Llegando a cierta edad, decidí que quería regresar a otro tipo de estudios. Hice mi licenciatura en física y una maestría en ciencias computacionales”, relata el investigador.


Su puerta de entrada al observatorio IceCube fue en el área de software, trabajando como programador científico. Sin embargo, la inmersión diaria en los misterios del hielo antártico lo empujó a adentrarse de lleno en la física y perseguir un doctorado, decisión que lo llevó de vuelta a la Universidad de Guadalajara.


Ese retorno a México le permitió conectar las profundidades del Polo Sur con las cumbres nacionales. Díaz Vélez comenzó a trabajar simultáneamente con el observatorio HAWC (High Altitude Water Cherenkov), un detector de rayos gamma de altas energías situado en la Sierra Negra, justo a un costado del Pico de Orizaba, entre los límites de Puebla y Veracruz.

Hoy, desde la Universidad de Wisconsin —el centro administrativo más grande de la colaboración IceCube—, su labor traza un puente entre ambos proyectos. Además de correr complejas simulaciones en supercomputadoras para interpretar los datos que llegan vía satélite desde la Antártida, realiza estudios conjuntos cruzando la información de rayos cósmicos captada tanto por el IceCube como por el observatorio mexicano HAWC.


Los cazadores de neutrinos


Históricamente, la humanidad ha estudiado el cosmos a través de la luz y el espectro electromagnético. Sin embargo, la luz tiene un límite: a energías extremas, como los rayos gamma, los fotones interactúan con la radiación de fondo del espacio y se absorben, lo que les impide viajar desde las profundidades más lejanas del universo hasta la Tierra.

Al carecer de este obstáculo, los neutrinos se vuelven mensajeros invaluables. El físico mexicano explica que la astrofísica actual ha entrado en la «era de multimensajeros», una etapa donde comprender el universo exige observar de manera complementaria combinando fotones, ondas gravitacionales y neutrinos.
Uno de los santos griales de esta nueva etapa es resolver un misterio con más de un siglo de antigüedad: el origen de los rayos cósmicos. Al tener carga eléctrica, los rayos cósmicos son desviados constantemente por los campos magnéticos del espacio, por lo que su trayectoria final no revela de dónde salieron.

«Pero esos mismos procesos de aceleración e interacción producen neutrinos», detalla el físico mexicano.
Como los neutrinos sí viajan en línea recta sin inmutarse, actúan como flechas que apuntan directamente a las fuentes más extremas del cosmos.

¿Y a qué lugares apuntan estas partículas? A los motores más violentos de la naturaleza, sitios con campos magnéticos inimaginables. Entre los principales candidatos están los frentes de choque producidos por las supernovas tras la muerte de una estrella, o los agujeros negros que aceleran partículas mientras devoran materia. A una escala aún más titánica, los sensores del IceCube rastrean los agujeros negros supermasivos en los centros activos de galaxias lejanas (como los blazares y cuásares).

Un trabajo que nunca termina
La culminación de años de esfuerzo llegó con un galardón histórico, aunque la noticia tomó al físico mexicano por sorpresa en la madrugada.

“Me di cuenta tempranísimo en la mañana, me desperté a las 5:30 y vi las noticias en el New York Times», relata el investigador mexicano. «Contactando a todos los compañeros, llegué aquí al trabajo y ya habían organizado porque la universidad ya había hecho una conferencia de prensa. La vimos aquí desde la sala de conferencias en la Universidad de Wisconsin”.
Francis Halzen, líder y fundador del observatorio, se encontraba de viaje en Italia, por lo que el primer festejo tuvo que ser a la distancia.

“Se conectó por Zoom y todos estuvimos viendo con mucho orgullo el anuncio del premio. Después de la reunión nos conectamos con Francis, nos felicitó a todos. Obvio esto no hubiera sucedido sin lo que hizo él; él estuvo apelando con las agencias del gobierno para que patrocinaran el experimento”, añade.
Sin embargo, como advierte el propio Díaz Vélez, al tratarse de un experimento «súper complejo», Halzen es el rostro de una maquinaria humana colosal.

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La colaboración IceCube suma alrededor de 450 miembros repartidos en instituciones de Estados Unidos, Canadá, Europa, Asia y Oceanía. En sus inicios, este equipo global tuvo la titánica tarea de inventar desde cero mucha de la tecnología y los circuitos necesarios para construir el detector, ya que los componentes no existían en el mercado.

Y el trabajo en el hielo está lejos de concluir. El observatorio antártico tiene la mira puesta en nuevos horizontes astrofísicos. © 2026 Imagen – Excélsior. Todos los derechos reservados. El contenido de este sitio y de la edición impresa está protegido por la Ley Federal del Derecho de Autor. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización previa y por escrito. El material de terceros conserva sus propios derechos.