Carlos Martínez Loza
Iguala, Guerrero, Septiembre 26.-El cielo impone en sus manecillas octubre de 1911; un recién abogado y poeta es hospedado como juez en el enternecido pueblo de Venado, en San Luis Potosí. Pronunciar su nombre es acompañar a una música serena y definitiva: Ramón López Velarde.
“Acabado de salir de las aulas, fui a aquella cabecera a ejercer una salomónica justicia de primera instancia”, escribió bíblicamente en 1916 en el periódico El nacional bisemanal. Ciento diez tenaces años después el poeta municipal “de todos los municipios de México”, como lo exaltó Juan José Arreola, nos arrebata del silencio y la contemplación dispersa para recordarnos que las andanzas burocráticas de la justicia y su vida cotidiana son más deleitables cuando se saborean desde el arte literario. En su breve paso por Venado, relata el asombro por el cielo estrellado, el derecho humano a mirar las estrellas, y su conflicto con el derecho escrito:
“El Cura, tolerante y socarrón como el Jefe Político, me invitaba todas las noches a mirar las estrellas con un mal telescopio de su propiedad. Y mirábamos las estrellas desde el empedrado de la calle real, frente a la tienda de don Asunción Jayme; el Cura en sotana y sin capa, en una cínica violación a las Leyes de Reforma; yo sin sombrero y faltando vergonzosamente a mi protesta de cumplir y hacer cumplir los códigos fundamentales.”
Pero también la vida judicial entre expedientes, fojas, sátiras, pagarés y enamoramientos:
“Yo, en realidad, era adicto a María Jayme (que poseía una cabellera tenebrosa, como para ahorcarse en ella); a Teresa Toranzo (cuyos ojos, como esmeraldas expansionistas, cintilaban, para mi ruina, entre los renglones de los autos de formal prisión); a Josefina Gordoa (que se me aparecía en las demandas ejecutivas mercantiles) y a Lupe Najera (carilla anémica, voz de pésame y de canción gemebunda, y uno de los más graves riesgos de mi celibato)”.
Pero también ensaya el silogismo hipotético según el cual las finanzas de la municipalidad son determinadas por la aparición de los astros: “Si hay luna, el ahorro municipal apagará sus faroles”.
Enceguecidos de sentimiento poético, generalmente no se nos ocurriría pensar que la luz u oscuridad de la luna afecta el curso de la administración política, o que la violenta lluvia empapa de responsabilidades a los gobernantes que no previeron las vanidades del asfalto y las erupciones de los acueductos subterráneos.
El 21 de junio de 1921 murió Ramón López Velarde. En sus últimos momentos, acostado en su cama por neumonía, se volvió a su madre y le dijo: “¡Préstame tus manos para llorar!”
