EL NIÑO QUE SE MAREA EN EL AUTOMOVIL––DON CHIMINO

Por: J. David Flores Botello

EL NIÑO QUE SE MAREA EN EL AUTOMÓVIL.- ¿Su hijo se sube al automóvil y, a los pocos minutos, comienza con el clásico: “me duele la panza”, “me siento mareado”, “tengo ganas de vomitar”? Algunos padres piensan que es maña, que el niño no quiere viajar o que seguramente algo le cayó mal. Pero cuando esto se repite cada vez que salen a carretera, sobre todo en caminos con muchas curvas, probablemente se trate de cinetosis, conocida simplemente como mareo por movimiento. Para entender por qué sucede, imaginemos que nuestro cerebro necesita saber en todo momento dónde estamos y hacia dónde nos movemos. Para conseguirlo recibe información de nuestros ojos, de músculos y articulaciones y, muy especialmente, de una pequeña y maravillosa estructura localizada en el oído interno: el aparato vestibular, nuestro principal sistema del equilibrio. El problema aparece cuando esos mensajeros no se ponen de acuerdo. El niño va sentado dentro de un automóvil que avanza, frena, acelera, sube, baja y toma curvas. Su oído interno detecta perfectamente esos movimientos. Pero, al mismo tiempo, el niño va mirando hacia abajo, concentrado en un teléfono, una tableta, un videojuego o un libro. Sus ojos le informan al cerebro que aquello que está mirando permanece prácticamente quieto. Uno le dice: “nos estamos moviendo”; el otro: “estamos quietos”. El cerebro recibe dos historias diferentes y comienza el problema. Generalmente no empieza con el vómito. Antes aparecen pequeñas señales que conviene aprender a reconocer: el niño se pone pálido, bosteza, deja de platicar, comienza a sudar frío, se muestra inquieto, refiere dolor de cabeza o dice que siente “algo raro” en la panza. Después llegan las náuseas y, si continuamos el camino como si nada estuviera pasando, aparece el vómito. ¿Podemos prevenirlo? Muchas veces sí. Antes de viajar no conviene darle una comida abundante, grasosa o muy condimentada, pero tampoco es recomendable llevarlo completamente en ayuno. Una comida ligera suele ser suficiente. Ya en el automóvil, procure que mire hacia afuera, preferentemente al frente y hacia algún punto lejano del camino. Y aquí viene algo que quizá no les guste escuchar a muchos niños —ni a algunos padres—: si su hijo se marea, guarde el celular y la tableta. Leer, dibujar o jugar videojuegos mirando hacia abajo puede aumentar precisamente ese conflicto entre lo que ven los ojos y lo que percibe el oído. Mantenga el automóvil ventilado y evite perfumes, aromatizantes u olores intensos. En trayectos largos haga paradas periódicas. Que el niño baje, camine un poco, respire aire fresco y descanse. Si comienza con palidez, sudor frío o náusea, detenerse oportunamente, cuando sea seguro hacerlo, puede evitar que termine vomitando. Pero nunca, tratando de resolver el mareo, cambie al niño a un lugar inseguro. No debe viajar adelante simplemente porque “ahí se marea menos”. La silla infantil, el cinturón y el sistema de retención correspondiente a su edad, talla y peso continúan siendo indispensables. Existen medicamentos que pueden ayudar en algunos casos, pero no deben darse por costumbre ni automedicarse. Si los episodios son muy frecuentes o intensos, si aparecen también cuando el niño no está viajando, o se acompañan de otros síntomas, deberá ser valorado por su pediatra. Así que, la próxima vez que escuche desde el asiento trasero: “¡Mamá, me estoy mareando!”, antes de pensar que es maña, recuerde que probablemente su cerebro está tratando de entender dos mensajes contradictorios.

A veces la solución puede comenzar con algo tan sencillo como menos pantalla y más mirar por la ventana. El problema no siempre está en el camino: a veces ocurre porque los ojos y el oído le están contando al cerebro dos historias diferentes.


DON CHIMINO.–– En lo que hacían la talacha con la llanta nos echamos unos tacuches de carnitas. Dicen que l´hambre es cabrona. Nada que ver los tacos que comimos áhi con los de Porky. Pedí dos órdenes de nana, buche y cuertito -no muy gordo- le dije. ¿Con todo? Me preguntó el taquero y que les avienta cilantro con cebolla finamente picada y tiritas de rábano. ––“¿Salsa verde o roja?” –– preguntó y le dije: una orden de cada una por favor. La salsa verde era como la de acá, de tomate con cilantro y cebolla. La roja dijo que era salsa brava y que en la mesa que estaba a un lado había de otras. Antes de que nos despachara ´tuve mirando que los que pasaron primero iban y le echaban salsas. Y sí, tenían salsa macha, salsa de la suegra, salsa de chiles tatemados, chilitos toriados con cebolla en tiras y chiles en vinagre. A cada taco le puse de cada uno de los picores pa´testiar, como dicen los chavos. Me tocó un chile toriado que yo creo que lo hicieron encabronar porque me he dado una pinchi enchilada que no se me va a olvidar, lo enchilado lo sentía en la boca, la luenga y hasta en los oyidos y, con la salsa de la abuela que se mira mansa por el aceite de oliva con que le preparan, casi no pinta como la de guajillo pero, esa pica más en la boca, pero en la boca del estógamo. Quedé tan enchilado que pedí otra orden pero sin salsa. Solo le puse limón y sal, claro, harto pasto, como le dicen a la verdura que les echan. Pedí una agua de Tasco bien fría y, error. Como que me regó más el picor. Agarré unos cachos de limón, les puse sal y me los iba chupando. Por más muecas que hacía yo, seguía con el picor. ––“Chíngate un yugur o un vaso de leche compadre, con eso se te corta”, me dijo Eleuterio. Era tanto el pinchi picor que me taba incendiando por dentro, yo creo que hasta las orejas se me pusieron rojas. Y no me lo van a crer pero, con un yugur de durazno que me zampé en un santiamén, se me quitó lo enchilado como en unos cinco minutos. A dos locales taba una tienda de abarrotes y mi como seguro me vio muy enchilado mi compa que en un dos por tres llegó con uno de fresa y uno de durazno que es el que más me gusta. ¡Qué alivio sentí! Y es que me quise hacer el valiente, agarré por su tronquito un chile jalapeño, grande y gordo, y le di una mordida después de morderle a mi taco. El chile tronó al morderlo y ¡ssshúpp! Que le brinca a su blusa de mi Puchunga. Este no picó tanto como los otros que les digo pero, la mirada de ella cuando le brincó el jugo del chile que mordí, esa mirada suya jue como dos disparazos. Tan siquiera ´bía hartas gentes y seguro le dio pena decirme mis chingaderas por no tener cuidado. La verdá, nada como los tacos de carnitas de mi tierra. El cuerito que le pusieron taba re gordo de tanta grasa, la nana y el buche con mucho aceite y las tortillas, de máiz medio amarillentoso, pero, como dije, l´hambre es cabrona, asina me los tragué. Y con las dos tortilla que le pusieron, normalmente les quito la tortilla de abajo y se las doy a la Chisquistrisquis en mi casa pero, andábamos en Acapulco, ni a quien dárselas y me las comí yo merodio. Tábamos terminando de comer cuando sonó su telefono de mi compadre, era Eulalia, que en altavoz, le dijo que a ver a qué hora, que ella y la niña tenían que llegar antes, que se iban a adelantar. En eso se oyó su vocesita de Elisamar: ––“Madrina Fer y Padrino Chimi, ¡no se taaardeeeen!”. Casi al mismo tiempo gritamos yo y mi Púchun: “¡Ya vamooooosss! Regresamos con el talachero, nos dijo que le ´bía hecho el balanceo, que no lo iba a cobrar y, como buen vendedor, me ofreció que, si le compraba las otras tres, me las dejaba a dos mil varos. Cuando garramos camino pa su cantón de Eleuterio, ya faltaban quince minutos pa las 4 de la tarde. El evento era a las cinco. Durante el camino, iba yo sintiendo mi boca media pagagosa de tanta grasa que tragué. No sé si por el agua de tasco que me tomé pero iba yo erute y erute a cebolla, cilantro y rábano. En la boca del estógamo empecé a sentir como quemazón. Cada que erutaba, descansaba. Mero cuando llegamos a la casa de los compadres, comencé a sentir retortijones abajo del ombligo, era como un gas acompañado de un retorcijón con sonido de: “¡Grrrrruuulll… glu-glu-glu… brrrrruuup… grrrrrooooc!” y… híjoles, ya me volví a colgar, áhi nos pa l´otra, graciotas.