Por: Sheila Flores
Septiembre enciende luces el día 15, desfila la oficialidad el 16 y el 19 devuelve la memoria del terremoto que nos marcó. Es un mes de símbolos. También es el mes que deja ver lo poco que esos símbolos alcanzan cuando el país que se celebra no cabe en la celebración. Las calles se visten de verde, blanco y rojo, y por unos días parece que el nombre de México bastara para sostenerlo, pero no es así.
Gritar “Viva México” no borra lo que duele. A veces solo lo cubre con papel picado. Hay música en las plazas, pero no hay medicinas en los hospitales. Hay fiesta, pero no hay respuesta ante las muertes y desapariciones. Hay municipios que en años recientes ni siquiera han podido dar el Grito porque la seguridad no se garantiza.
Mientras tanto, se invierte más energía en la cartelera de los festejos que en lo que el país necesita el resto del año. El espectáculo ocupa el centro; la vida ordinaria, el margen. Se confunde el tamaño de la fiesta con el tamaño del país.
No basta el orgullo de septiembre. La patria se hace en lo cotidiano: en el aula que el maestro no abandona, en la casa donde el honor no es discurso, en el minuto en que decidimos hacer lo correcto cuando nadie aplaude. Se hace cuando un mexicano deja de ponerle el pie a otro y entiende que este país no se agranda en la descalificación.
Hacer patria no es un acto de balcón. Es una conducta que se sostiene cuando ya no hay himno ni cámaras. Es el trabajo callado de quienes no convierten el patriotismo en disfraz de un solo mes.
Hoy tenemos otra vez la oportunidad de soltar las marcas que nos han impedido avanzar: la violencia convertida en paisaje, el abuso, la impunidad, el rencor que se hereda como si fuera identidad. Si no lo entendemos ahora, y seguimos creyendo que unos cuantos vendrán a resolver lo que no hemos resuelto nosotros, condenamos a esta generación y a las que siguen a repetir la misma historia.
El calendario no emancipa a nadie. La costumbre de esperar sí nos ata.
Ya vimos de lo que somos capaces cuando el desastre es innegable, y también cuando un balón nos hizo soñar con la victoria. México se organiza sin permiso, aparece una fraternidad tosca y eficaz, una patria de hechos que no cabe en un minuto de balcón. Esa fuerza existe. Lo que se ha ido perdiendo no es esa capacidad de unirnos, sino la empatía en la vida ordinaria.
Un pueblo cansado deja de mirar al de enfrente. Se acostumbra al agravio y a la sospecha. La política aprendió a vivir de esa grieta, y nosotros, a habitarla. Y mientras esa sea la constante, cualquier grito se pierde en el vacío. El problema no es reconocer las sombras, sino encajar toda la realidad en el daño, como si no cupiera otra cosa.
Septiembre puede ser adorno o puede ser examen. Puede quedarse en el ritual o preguntarnos qué sostenemos cuando se apagan las luces, cuando se recogen las banderas y vuelve el país de todos los días. México no necesita un grito más alto ni un concierto más caro. Necesita una patria que quepa en la calle el resto del año.
